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OPINIÓN. Saldremos adelante, pero cómo y hacia dónde

 

Muerte en tiempos de COVID-19

Autor: José I. Ibarra - 15/12/2020

Para la mayoría de nosotros, antes de 2020, la palabra “pandemia” pertenecía a la historia, la ficción distópica o los libros de advertencia de periodistas científicos. El esfuerzo por comprender, por captar el nuevo coronavirus como el evento global real en el que se ha convertido, es agotador. Tratar de seguir la ciencia por sí solo puede abrumar incluso al observador experimentado.

Seguiremos adelante porque debemos hacerlo, pero ¿cómo? ¿hacia dónde?¿Y qué nos ha cambiado durante este 2020? Estas son algunas de las preguntas que muchos nos hacemos. Nuestras ganas por desafiar al virus, incluso haciendo oídos sordos a las recomendaciones de los gobiernos, son un síntoma evidente de “seguir adelante”. Pero, ¿esto significa volver a la “vieja normalidad” o algo ha cambiado? ¿el COVID-19 no trastornará y transformará algunas de nuestras viejas pautas sociales y económicas?.

La “sangría” económica y laboral va ser tan intensa que o nos preparamos para “aguantar” futuras pandemias o estamos “fundidos”. Es decir, algo va a cambiar y no necesariamente para el bienestar de algunos grupos de población. Algo que habrá que saber cómo gestionar y cómo neutralizar sus “efectos secundarios”.

Tal vez. Somos una especie impaciente, obsesionada por nosotros mismos, los seres humanos, capaces de un heroísmo magnífico y una estupidez increíble. ¿Seremos capaces de aprender de una manera sostenible a través de esta calamidad? ¿Cambiará la experiencia de COVID-19 de alguna manera duradera la forma en que tratamos a este planeta, ya que casi ocho mil millones de humanos luchan por ganarse la vida en él?.¿Cómo sería si las economías del mundo fueran administradas dentro de los límites establecidos por la naturaleza?

¿Seremos capaces de reemplazar los aplausos a los trabajadores, que de repente se etiquetaron como “esenciales”, por salarios más altos, mejores protecciones y beneficios de salud garantizados?. ¿Y si nos obligáramos a leer los números de infección, no para seguir reevaluando nuestros riesgos personales, sino para asimilar la desproporcionada miseria que la pandemia está trayendo a las familias, cuando es más cómodo desviar la mirada?. Y si viendo que la contaminación del aire ha bajado consecuencia del COVID-19, ¿adoptaremos medidas y hábitos para evitar los viejos usos y costumbres pre-pandémicos?.

El COVID-19 solo ha confirmado que nos encontramos en una era pandémica agravada por la crisis climática que está sacudiendo el mundo natural y reescribiendo los algoritmos de enfermedades en el planeta. El deshielo del permafrost en el Ártico está liberando patógenos que no han visto la luz del día durante decenas de miles de años. Y proliferan las bacterias como la Vibrio que causa el cólera, una enfermedad diarreica que acechaba a las grandes ciudades como Londres y Nueva York en el siglo XIX y todavía mata a decenas de miles cada año, prospera en aguas más cálidas y si la bacteria entra en un corte o herida, se convierte en un horror devorador de carne y mata a una de cada cinco personas que entran en contacto con ella.

A través de la agricultura intensiva, la destrucción del hábitat y el aumento de las temperaturas, estamos obligando a las criaturas a vivir según la regla cardinal de la crisis climática: adaptarse o morir. Para muchos animales, eso significa migrar a entornos más hospitalarios donde se encuentran con otros animales y humanos con los que nunca antes se habían cruzado. Encuentros aleatorios donde los virus saltan de especies y a menudo nacen nuevas enfermedades. La forma en que ahora estamos interactuando en nuestro planeta con el medio ambiente ... tendrá un gran efecto sobre las enfermedades transmitidas por vectores [las transmitidas por animales como mosquitos y garrapatas].

La perspectiva de una recuperación ecológica mundial de la pandemia del coronavirus está en juego, a medida que los países invierten dinero en la economía de los combustibles fósiles para evitar una recesión devastadora. Solo un puñado de los principales países están inyectando fondos de rescate en esfuerzos con bajas emisiones de carbono. La recuperación verde se ha retrasado porque todavía estamos lidiando con el virus, excepto en países como China que probablemente salga reforzada en la era post-covid.

Políticos y economistas coinciden en que la “recuperación” de España no se logrará antes de 2024 en que se supone volveremos a los niveles de 2019 en materia de PIB. Con una deuda galopante, la pandemia nos va a dejar una herencia que no solo retrasará el desarrollo de nuestro país sino que impedirá que salarios y pensiones evolucionen de forma sostenida. La mayor parte de los $ 12 mil millones iniciales en paquetes de rescate en todo el mundo se han destinado a aumentar la liquidez, apuntalar los salarios y evitar que las empresas quiebren, lo que ofrece pocas oportunidades de ecologización.

Cinco años de recuperación implican que muchas medidas de control de la contaminación, como la masiva implantación de energías renovables y de vehículos eléctricos, vean demorada su “entrada en servicio” por la grave situación económica y laboral de millones de españoles que no podrán acceder a tales “privilegios”.

Sin mencionar el turismo y todo lo que éste conlleva en materia de hostelería y restauración. El actual modelo de turismo en España está “tocado” si no “hundido”. No es sostenible y tendrá que ser “reformado” si no se quiere perder una parte significativa de nuestro PIB. Y, en esto, las nuevas tecnologías y el “streaming” han llegado para quedarse, aunque a algunos no nos guste. Pero la realidad digital se impone y, con ella, las nuevas maneras de desarrollar los proyectos futuros, incluso dentro del ámbito cultural.

Deberíamos preguntarnos si es sostenible un modelo de turismo y de restauración que se sustenta en la masificación para ser rentable. O un modelo cultural que para sobrevivir, en buena medida, depende de ayudas y subvenciones directas. Porque no todo lo que se “vende” como cultura realmente lo es. Como tampoco es razonable promover y atraer trabajos de baja cualificación que luego dependen de un uso masivo de sus servicios para poder ampararlos socialmente.

Renovarse o morir. Este es el dilema al que nos enfrentamos tras la pandemia del COVID-19. Y aquellos países que opten por volver a las “viejas costumbres” pagarán las consecuencias (sociales y económicas). Porque el coronavirus trae bajo el brazo un pan, pero uno de nueva hornada y el único que probablemente se producirá en el futuro. Agotar las “viejas existencias” solo conduce a la miseria y al retraso como comunidad de ciudadanos habitantes de este mundo.

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