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OPINIÓN. ¿Vacuna contra el COVID-19 obligatoria o no?

Manifestación anti-COVID19 en Berlín (Agosto 2020)

Autor: José I. Ibarra
19/08/2020

Además de contagios y personas fallecidas, el COVID-19 está desenmascarando lo que hay en lo más profundo del ser humano; miseria, egoísmo y uso interesado de lo más personal. Es decir, nada nuevo. Lo que siempre ha dominado en la historia de la humanidad.

Seis meses después de declarada oficialmente la pandemia, resulta evidente que prima el interés personal al colectivo, tanto en el ámbito personal como empresarial.

“Selección natural o sentimentalismo farisaico, esa es la cuestión”

La comunidad científica, a falta de vacuna eficaz, nos dice que usar mascarilla en lugares públicos disminuye el riesgo de contagio del COVID-19. Unos no se ponen la mascarilla porque no les afecta tanto el virus y les importa “un pito” contagiar a terceros o que las personas mayores “pasen a mejor vida”. Otros no lo hacen por irresponsabilidad o “cortez mental”.

Sea como fuere, la protección frente al virus se está convirtiendo en algo estrictamente personal y no en una cuestión colectiva (sanitaria) de estado, como desea el Gobierno.

No podemos censurar a los jóvenes que no usen la mascarilla cuando son el colectivo menos perjudicado y muchos de ellos son asintomáticos. Si desean protegerse, que se protejan los demás, es lo que pensarán.

Y tampoco podemos censurar a las personas que no desean hacerse pruebas PCR cuando se encuentran bien de salud, no saben si son portadores o no del virus, y temen perder su puesto de trabajo y disponer libremente de su persona (como el colectivo LGTBI, por ejemplo) y su tiempo libre. Como tampoco podemos censurar a los empresarios turísticos, de restauración o del ocio nocturno por cuanto estamos hablando de unos servicios utilizados en su mayoría por personas jóvenes y que son actividades que representan más del 20% de nuestro PIB.

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A aquellos que se quejan de la atención a los mayores en las Residencias, habría que recordarles que si no está garantizada la “cura” en un hospital, menos en un “centro de aparcamiento”. Porque eso son las residencias de ancianos, lugares donde “aparcamos” a nuestros mayores, la mayoría dependientes. La hipocresía va por barrios, pero aquellos que tienen a sus mayores en una residencia bien podrían haberlos sacado y llevarlos a sus casas y con la pensión de sus mayores haber contratado a una persona que les atendiese y cuidase en casa, caso de que ellos no quieran o puedan hacerlo.

La vuelta al confinamiento generalizado no es una opción. Ya hemos superado y aguantado esa etapa en aras a la “salud” pero ese tiempo ya está amortizado y ahora toca velar por el “trabajo”. 

Con el tiempo, las manifestaciones “espontáneas” de personas que se niegan a “seguir las reglas anti-COVID” irán a más. Y es razonable esperarlas por cuanto las nuevas generaciones, ante la posibilidad de perder su trabajo y expectativas de futuro, exigirán al gobierno de turno sacrificar las pensiones y salud públicas en beneficio del trabajo y, en su defecto, de subsidios de desempleo y ERTEs. Es decir, la atención a los mayores pasa a un segundo plano, está amortizada y hay que centrarse en el futuro de las nuevas generaciones, aunque en el proceso haya víctimas (como en cualquier lucha por la supervivencia). 


El estado del bienestar ha nublado nuestra concepción de la existencia y, así como en el pasado han caído imperios, ahora y en el futuro seguirá ocurriendo. Las pandemias seguirán presentándose y no podemos confinar a la población mundial en aras a la salud de una minoría dependiente. Nada es eterno, nada es sostenible sin esfuerzo y sacrificio.

Sabiendo que una vacuna efectiva contra el COVID-19 no estará disponible antes de 2021, sabiendo que hay negacionistas del coronavirus y colectivos anti-vacunas, no queda otra salida que, al estilo sueco, dejar que la gente se contagie, se inmunice y la teoría darwiniana se cumpla. No habrá Gobierno que pueda sobrevivir sin atender las demandas laborales y empresariales, por más que se empeñe en que lo importante sigue siendo la “salud”. Lo importante es la supervivencia y la salud es un concepto abstracto y muy personal.

Al margen de cambios climáticos, catástrofes climáticas, amenazas nucleares y extraterrestres, las especie humana no podrá sobrevivir si cada vez que surge una adversidad se encierra en una cueva y se convierte en "neardentales" del siglo XXI y posteriores. 


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