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OPINIÓN. Efectos secundarios de un teletrabajo forzado

 


Autor: José I. Ibarra (14/04/2021)

La experiencia nos dice que no es buena idea empezar la casa por el tejado y que no se asedia una fortaleza bien defendida sin disponer previamente de las herramientas e infraestructura logística de apoyo. Sin embargo, da la sensación que la actual promoción del teletrabajo está siendo forzada por una pandemia que, nos aseguran, desaparecerá pronto, volviendo a la “vieja normalidad”. 

En paralelo, sugerimos que la gente se “deslocalice” a los pueblos para teletrabajar sin disponer previamente de los atractivos básicos suficientes para motivarlo. Y no solo me refiero a la “fibra”, sino a colegios, hospitales, comercios, lugares de ocio, etc., en base a los que la cultura de lo social se podría mantener lejos de las grandes urbes. Y no compramos coches eléctricos porque el precio es alto y no existen infraestructuras de carga rápida. Es la pescadilla que se muerde la cola. Es decir, primero las infraestructuras y luego la deslocalización y eventual “repoblación” de la España vaciada. No al revés.

En época de pandemia, es posible que el teletrabajo ayude a mitigar sus consecuencias sanitarias y que se deja de contaminar tanto el medio ambiente. Pero son ventajas puntuales y limitadas en el tiempo mientras la sociedad, en su conjunto, no esté implicada en un sistema laboral que no necesite de lo presencial. Ese modelo no existe, y es el que habría que diseñar e implantar primero antes que subvencionar o pedir a la población y empresas que opten por un teletrabajo que puede no ser sostenible.

No obstante, en un mundo en el que el trabajo a distancia fuera el estándar laboral más común, es posible que sean más los inconvenientes que las ventajas. Me explico.

1. Se generaría una ruptura social que ahondaría en el individualismo y en una visión muy próxima de nuestra existencia. Un marco en el que el intercambio de ideas se limitaría a un mundo digital al que solo unos pocos tendrían acceso y podrían compartir

2. Un entorno laboral en el que el empresario tendría la llave para asignar tareas individuales y medir rendimientos. Algo que ahora, con el trabajo en grupo se diluye al compartir entre varios un objetivo común. Ese objetivo podría ser compartimentado por el empresario y asignado en forma de bloques a trabajadores concretos. Esto dejaría el curriculum del trabajador en manos del empresario, aspecto éste que podría dificultar el futuro laboral de las personas.

3. El teletrabajo no garantiza la viabilidad de las empresas para las que se trabaja. Si en un momento dado, nuestra empresa cierra o es “comprada” por otra más poderosa, nuestro trabajo a distancia también puede quedar en tela de juicio después de habernos ido a trabajar a un pueblo.

4. Al deslocalizarnos a los pueblos, nos plantearemos si comprar o alquilar vivienda ya que si nos quedamos sin trabajo, nos podemos encontrar con una hipoteca impagable. Si los precios son más bajos que en la gran ciudad, las empresas pueden estar tentadas a bajarnos el sueldo ya que nuestros gastos serían menores.

5. Con el teletrabajo, las empresas tendrían un control directo sobre nuestro trabajo. La formación en la empresa desaparecería y quedaría en manos de cada trabajador estar al día. ¿podremos formarnos online? ¿A qué coste? ¿Será nuestro trabajo automatizable y, por ende, prescindible? Si pierdo el trabajo, ¿podré encontrar trabajo online que me permita seguir deslocalizado?

6. ¿Deslocalizarse para teletrabajar implica necesariamente volver a los pueblos vacíos o esto queda para algunos nostálgicos del campo y de la naturaleza? Incluso si decido trabajar en “cosas del campo” seré perjudicado por la logística, por cuanto no es lo mismo enviar y recibir bienes a través de autovías que por carreteras secundarias muchas veces intransitables. Es más, con el teletrabajo podría deslocalizarme a otro país o paraíso fiscal ya que la fibra es cosa de hoy pero el satélite será el mañana.

7. Con el teletrabajo, los trabajadores mejor formados y con más recursos económicos podrán “montarse” por su cuenta y dar servicios online al margen de las empresas, y podrán vender sus desarrollos al mejor postor. Las desigualdades laborales serían inmediatas. Es más, las empresas no tendrían necesidad de tener una sede social física y la propia empresa podría deslocalizarse a otros territorios o países más atractivos desde un punto de vista fiscal y logístico.

8. Es probable que el teletrabajo traiga consigo problemas de salud hasta ahora poco conocidos, de naturaleza neurológica principalmente. El aislamiento social asociado al teletrabajo puede convertirnos en “lobos” para con nuestros semejantes. El imperio del “yo primero” sería el dominante y la competitividad empresarial se trasladaría al ámbito personal.

9. Hay quienes aseguran que el teletrabajo favorece la conciliación laboral y la igualdad de oportunidades en materia de género. No tiene por qué ser así. Puede depender de los mismos factores que ahora afectan a la conciliación laboral y familiar. Tal vez nos ahorremos tiempo en nuestros desplazamientos diarios pero ello no significa que, en lo familiar, las cosas vayan a ir mejor. No solo porque puedo perder también mi trabajo o estén controlando mejor mi rendimiento, sino porque la conciliación familiar es un asunto a resolver entre dos, y en esto el teletrabajo no tiene nada que aportar.

10. Si el modelo laboral estándar no es el teletrabajo, ¿puede un gobierno imponerlo a determinados sectores productivos o esta debe ser una libre decisión de las empresas? En un modelo actual de libre mercado, ¿no debería ser el propio mercado el que dictase las normas en cuanto a la organización del trabajo en sí? Tal vez en un sistema de gobierno autárquico y proteccionista tuviera algún sentido, pero en un mundo globalizado las opciones para decidir sobre la organización del trabajo quedan más en manos de las empresas que de los gobiernos. De ahí, que la implantación de un modelo de teletrabajo vendrá de manos de las grandes corporaciones cuando lo consideren viable y rentable, y ese día, la organización sindical del trabajo también se desvanecerá.


Así como quienes invierten cantidades ingentes de dinero para viajar a Marte parecen dar por amortizada la vida en la Tierra, los que invierten en el desarrollo de vehículos autónomos dan por sentado que circular por las ciudades y carreteras del mañana dejará de ser una experiencia personal. Nos están diciendo que la movilidad estará regulada y controlada por la tecnología y, con ella, el futuro mundo laboral. En esta ecuación, el teletrabajo parece ser un factor o variable a incluir. Lo que no sabemos es en qué tipo de “homo tecnologicus” nos vamos a convertir. Tal vez seamos más parecidos a autómatas en nuestra forma de proceder que en el ser humano social de la actualidad. Al tiempo.


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