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INFORME. Pensiones: la "mochila" austríaca


La mochila austriaca lleva casi una década en la agenda política, después de que José Luis Rodríguez Zapatero la estudiara en 2010, para desecharla posteriormente. Más adelante, Mariano Rajoy la incluyó en su programa electoral de 2011 aunque no llegó a introducirla con la mayoría absoluta, quizá debido a que había otros problemas más graves. Y también apostaron por ella los populares en 2015 y 2016, viéndose respaldados además por Ciudadanos en este tema.


En un principio, la mochila austriaca no es una mala idea y trataría de dar respuesta a cinco graves problemas del mercado laboral español: la dualidad, la poca flexibilidad para las empresas, la escasa movilidad entre empleos, la reticencia a contratar y la tentación de muchos desempleados de alargar su estancia en el paro para estirar los subsidios.

Esta propuesta consiste en que las indemnizaciones por despido se conviertan en un fondo que acompañe al trabajador a lo largo de su vida laboral. La empresa donde esté ocupado tendría que aportar cierto dinero cada mes a esta cuenta individual, y el fondo quedaría liberado en el momento del despido.

 “A grandes rasgos el sistema consiste en descontar un 1,53% del salario bruto del empleado y aportarlo a un fondo privado. No se sabe muy bien por qué se decidió ese porcentaje de aportación. El capital más los intereses será siempre propiedad del empleado. Es un fondo capitalizado.

Ese dinero se invertirá a través de unos fondos privados en el mercado para conseguir la mayor rentabilidad pero siempre con la garantía de que nunca se registrarán pérdidas. Y aquí radica uno de los problemas del mecanismo, puesto que se pensó que se podría obtener una rentabilidad anual del 6% y la realidad muestra que ha sido inferior: un 3,72%. Esa baja rentabilidad se produce porque se debe ser prudente con las inversiones (hay varios fondos para escoger) ya que debe garantizarse siempre el capital.


Si el trabajador decide cambiar de empresa, se llevaría este dinero consigo, de forma que podría obtener una indemnización relativamente cuantiosa aunque fuera despedido pocos meses después de conseguir su nuevo empleo. Por eso en Austria no es necesaria una indemnización por despido, lo que elimina la incertidumbre a la hora de contratar y permite adecuar más fácilmente el tamaño de las plantillas a la carga de trabajo. Además, en el caso de que esta persona no sufra desempleo durante mucho tiempo, la parte que le quede se puede aprovechar para complementar su pensión o incluso dejarla en herencia.

“Consiste en eliminar la indemnización por despido que tiene que pagar el empleador cuando despide a algún trabajador. En román paladino: despido gratis. A cambio de dicha supresión, el empleador debería aportar poco a poco dinero en un fondo a nombre del trabajador, el cual, sin embargo, no lo puede usar hasta que abandone su trabajo”.

FRENOS  A SU IMPLANTACIÓN
Todos los intentos de aplicar la medida se han chocado con un trilema: o bien se elevan los costes laborales, o bien se reduce la protección a los trabajadores, o bien se aumenta considerablemente el déficit público.

- Por un lado, se podría introducir la aportación a este fondo a cambio de eliminar los costes de despido, pero esto supondría la pérdida de los derechos de millones de trabajadores. 
- Por otro, se puede introducir este fondo con aportaciones de los empresarios y mantener la generosidad en los despidos actuales, pero eso supondría un colosal aumento de los costes laborales que frenaría la contratación.
- Y por último, está la posibilidad de que el Estado empiece a realizar las aportaciones a los fondos privados de los trabajadores para facilitar la transición al modelo austriaco, pero esto supondría un alto coste para las Arcas públicas en un momento en el que sigue siendo necesario reducir el déficit. Si la aportación es la misma que en Austria (el 1,53% del sueldo), el coste sería de 8.700 millones de euros, y esta cifra, a su vez, apenas serviría para financiar el equivalente a una indemnización de 5,6 días por año trabajado (actualmente, la empresa paga hasta 33 días, según el tipo de contrato y despido).

“Todo ello ha provocado que la medida no guste a los empresarios, que temen un incremento de sus costes, pero tampoco a los sindicatos, por la rebaja de indemnizaciones.

Quizá por ello, el modelo austriaco ha sido imposible de exportar a otros países en su totalidad. Pero, además, hay dos diferencias sustanciales entre Austria y España: la tasa de paro y las actividades estacionales. En primer lugar, el país centro-europeo ha tenido una tasa de paro cercana al 7% a lo largo de los últimos 20 años, mientras que en España se ha situado más de diez puntos por encima. Esto significa que en Austria hace falta una menor aportación para asegurar una protección adecuada para los parados, porque éstos tienen una mayor facilidad para volver a encontrar un empleo.

La aplicación de la “mochila” austríaca en España reabre numerosos interrogantes para los expertos y los agentes sociales. La clave reside, destacan, en qué diseño del paradigma austriaco se pretende aplicar y cómo se va a financiar.
En segundo lugar, el problema es la temporalidad, que en España se sitúa en el 26,7%, el triple que la austriaca. Es cierto que buena parte de esta temporalidad se resolvería con la introducción de la mochila, pero no sería así en los casos en los que la actividad depende estrictamente de la época del año, como es el caso de la agricultura, la hostelería o el comercio.


Los trabajadores vinculados a estos sectores recibirían una indemnización mucho menor por el fin de su contrato, lo que les llevaría a una menor protección. De hecho, sólo 13 millones de ciudadanos llevan al menos tres años en la misma empresa, mientras que otros 8,2 millones tienen contratos más breves o entran y salen del mercado laboral.

OTROS MODELOS DE “MOCHILA”
Existen al menos, otros tres. El chileno, impuesto en la dictadura de Pinochet, es un plan de pensiones puro y duro: la capitalización va a una cuenta personal durante la vida laboral y de ella sale el subsidio tras el retiro. El sueco contempla que la cotización mensual del trabajador vaya a la caja que paga las pensiones y que esa aportación se anote en otra con un valor actualizado que, al retirarse, se divide por los años (o meses) que le quedan para alcanzar la esperanza de vida para irla recibiendo del Estado a ese ritmo. Si la agota, queda en manos del sistema asistencial. Por último, en el italiano se van apuntando las aportaciones de la empresa, pero sin ingresarlas en la cuenta, para recibirlas en los despidos y, de no haberlas consumido antes, en el momento de jubilarse. Un fondo estatal cubre al menos parcialmente la deuda en caso de impago.

PROYECTO  DE “MOCHILA” ESPAÑOL
La propuesta más definida se encuentra en el frustrado acuerdo de Gobierno entre PSOE y Ciudadanos de 2016, que recogía la creación de “un nuevo fondo” que “se hará cargo del pago de 8 días por año” en las indemnizaciones por despido, contemplaba que “cuando la empresa convierta contratos estables en indefinidos, se tomará en consideración la totalidad de la antigüedad del trabajador” y preveía, sin mayores detalles, que quienes “no hayan dispuesto del fondo a lo largo de su carrera laboral, acumularán dicho fondo a la pensión de jubilación”.

Lo más cercano, para buscar ingresos en esta materia, fue la propuesta de una recarga en las cuotas a la Seguridad Social para aquellas empresas que abusan del empleo temporal y un alivio para aquellas con las plantillas más fijas, aunque ambas medidas no están vinculadas.

“Para convertir el conjunto de la indemnización en España, la empresa debería aportar entre un 3 o 4% del salario bruto al mes. La “mochila” la paga la empresa, pero es una detracción en la nómina, como cualquier cotización del trabajador.

Los firmantes comentaban que su proyecto incluía matices como la garantía estatal para “el cien por cien de las aportaciones netas”, la posibilidad de que “la caja que gestiona el fondo invierte el dinero para conseguir un rendimiento del capital”, la reserva del dinero a los herederos en caso de fallecimiento y la obligación de tributar si, una vez jubilado, el dinero se saca de una vez en lugar de recibirlo en pagos mensuales.


Habría una fórmula híbrida a la «mochila austriaca». Se trataría de un sistema mixto en el que la empresa hace una provisión de una parte de la indemnización por despido. Un esquema que iría aumento a lo largo de los años. Si se produce el despido al cabo de los años, tendrá aprovisionados 8 días y la empresa solo tendría que abonar en el momento del despido 12 días hasta los 20 del despido objetivo.

La propuesta consiste, básicamente, en una fórmula de capitalización de las indemnizaciones por despido que ha provocado ciertas dudas en el terreno político argumentando que en el fondo la indemnización por despido desaparece y que la “mochila” se convierte en un sistema encubierto del futuro pago de las pensiones, en lugar de ser un sistema solidario como es hasta ahora.

“El fondo se puede utilizar en caso de despido y/o como un complemento a la pensión de jubilación


QUÉ OPINAN LOS SINDICATOS
Para UGT, “supondría un cambio de calado sobre el modelo de protección al empleo en España, con seguras consecuencias negativas y muy dudosos y débiles resultados positivos”, ya que no ataca “las verdaderas causas de la elevada temporalidad en nuestro país, que no tienen que ver con los costes del despido, sino con un elevado fraude en la contratación. Rebajaría las indemnizaciones que perciben las personas trabajadoras que pierdan su empleo”. El sindicato llama la atención sobre uno de los eventuales efectos perversos del modelo: “castiga a las empresas que no despiden” al aumentar sus costes laborales con esas aportaciones y “premia a las que recurren con mayor frecuencia al despido (al rebajar su importe y facilitar financieramente el mismo)”, además de entrañar el riesgo de provocar “un aumento del número de despidos y de la rotación laboral, al eliminar todo efecto disuasorio de la indemnización”. Para UGT, con la “mochila” se estaría camuflando un plan de pensiones.

COMO SE FINANCIARÍA
La financiación es el mayor inconveniente de la “mochila” austriaca. Habría dos formas de financiarlo: por un lado que recaiga en el trabajador. Esto implicaría que los trabajadores verían mermados sus ingresos (aunque se verían recompensados en forma de ahorro). En el caso de los 8 días por año, estaríamos hablando de una nueva retención en la nómina de un 2%.

Otra forma es que fuera asumido por las empresas. Esto implicaría un aumento de los costes laborales, aunque por contra en el momento del despido estos serían más bajos (de 20 días se pasaría a 12 y de 33 a 25). Pero no siempre se despide a todo el mundo y esto elevaría los costes laborales de todas las empresas, lo cual no es deseable ya que se estaría desincentivando la contratación.

DÓNDE IRÍA EL DINERO
En Austria se creó una figura financiera específica para ello, aunque lo normal es que sea una aseguradora o un banco quien retenga el dinero. Este tipo de fondo es muy similar a un plan de pensiones, ya que acumulan cierta cantidad y solo se puede rescatar en ciertos supuestos. En el caso de implantar este sistema hay que definir si los trabajadores pueden elegir la entidad en la que deposita el dinero o es la empresa, si se puede mover entre entidades y si se puede invertir y de qué forma para obtener una rentabilidad. 

Un problema que podría surgir es el mismo que se tiene con los planes de pensiones: normalmente rentan muy poco o negativo debido a que es un dinero cautivo.


Fuentes: El Público, Expansión, La Vanguardia, Xataka, BBVA Research

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