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PERSONAJES. Blas de Lezo, el extraordinario marino que doblegó a la flota inglesa

 

Detalle del retrato de Blas de Lezo que se encuentra en el Museo Naval de Madrid. Dominio público

Blas de Lezo y Olavarrieta, nacido en Pasajes (Guipúzcoa) en 1689, aunque aún existe controversia sobre el lugar y el año en que vino al mundo. «Las fuentes son confusas y señalan otro lugar posible de nacimiento y otra fecha dos años posterior, pero en lo que no hay duda es que es un marinero vasco que se convirtió en uno de los más grandes estrategas de la Armada española en toda su historia» determina Jesús María Ruiz Vidondo, doctor en historia militar, colaborador del GEES (Grupo de Estudios Estratégicos) y profesor del instituto de educación secundaria Elortzibar.

Cuando tenía 26 años, el destino volvió a ser esquivo con este marino. «La Guerra de Sucesión había prácticamente finalizado en julio de 1713 con la firma de la paz con Gran Bretaña, pero Cataluña seguía en armas por los partidarios de la casa de Austria. El marino participó en varios combates y bombardeos a la plaza de Barcelona. En uno de ellos, el 11 de septiembre de 1714, se acercó demasiado a las defensas enemigas y recibió un balazo de mosquete en el antebrazo derecho que le rompió varios tendones y le dejó manco para toda su vida», determina el experto. Así, y tras quedarse cojo, tuerto y sin mano, Blas de Lezo pasó a ser conocido como el «Almirante Patapalo» o el «Mediohombre». Su leyenda había comenzado.

Apenas contaba quince años cuando participó en la batalla naval que se libró frente a las costas de Málaga en el verano de 1704 entre una flota borbónica y una escuadra anglo-holandesa durante la guerra de Sucesión. En aquel combate, a Blas de Lezo tuvieron que amputarle la pierna izquierda, destrozada por una bala de cañón. Poco después, en 1707, en otro combate librado en la base naval de Tolón contra los ingleses, volvió a ser herido. En esta ocasión, una esquirla de metralla le malogró el ojo izquierdo.

 «La pierna la perdió en la batalla de Vélez-Málaga, la más importante de la Guerra de Sucesión, en la que se enfrentaron las escuadras anglo-holandesa y la franco-española» afirma Vidondo. «Fue una dura batalla en la que una bala de cañón se llevó la pierna izquierda de Blas de Lezo, pero él continuó en su puesto de combate. Después se le tuvo que amputar, sin anestesia, el miembro por debajo de la rodilla. Cuentan las crónicas que el muchacho no profirió un lamento durante la operación»

Nada de esto le impide continuar su carrera en la Marina. Lucha bajo las banderas de Felipe V apresando algunos barcos ingleses y socorriendo plazas asediadas. En el sitio a Barcelona, uno de los últimos episodios de la guerra de Sucesión, sufre una tercera herida que le deja inservible el brazo derecho. Terminada la contienda, Blas de Lezo, con solo 25 años, es cojo, tuerto y manco.

Blas de Lezo, un oficial tuerto, cojo y manco de la marina española que consiguió resistir el ataque de 195 navíos ingleses con apenas 6 barcos durante el Siglo XVIII

A partir de entonces, su carrera militar se desarrolla en diferentes escenarios, entre ellos el Caribe y los llamados mares del Sur, donde luchará, a las órdenes del almirante Bartolomé de Urdizu, contra los piratas y corsarios ingleses que operaban en aquellas aguas. También participará activamente en la conquista de Orán, plaza norteafricana que los berberiscos habían ocupado en 1708, y tendrá una actuación destacada en los socorros que se prestaron a la plaza en posteriores asedios, y que le valieron su ascenso a teniente general en 1734.

Jabeque español frente a dos galeotas corsarias argelinas. Dominio público

Pero si Blas de Lezo es recordado por la historia es por su genial, magistral, excepcional, sublime, sobresaliente y extraordinaria, entre otros calificativos posibles, actuación en el asedio de Cartagena de Indias (Colombia). Lezo, a pesar de haber perdido parte de su cuerpo luchando en nombre del rey, nunca se quejó. Desempeñó la comandancia general de Marina en Cádiz y, después de un tiempo en la corte, el rey le encomendó el mando de una de las plazas fuertes más importantes del Imperio: Cartagena de Indias. Allí fue donde escribiría una de las páginas más gloriosas de la historia militar española. 

Sin embargo, un comerciante inglés, un tal Robert Jenkins, al que los españoles le cortaron una oreja por hacer contrabando, se molestó, protestó y mucho. "Ve y di a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”, le dijo al inglés el militar cortaorejas español Juan León Fandiño, según refleja el libro Un viaje a los mares del Sur 1740-41, de John Bulkeley y John Cummins. Y vaya que se atrevió. Jenkins se fue (con una sola oreja) directo al Parlamento a acordarse de la madre de Fandiño, y se declaró la guerra. Sería a cuenta del conflicto bélico que España mantenía con Inglaterra, conocido como la guerra del Asiento y también como la de la oreja de Jenkins, que había estallado en 1739.

LA GUERRA DEL ASIENTO

El origen del conflicto fue la presa hecha por el capitán español León Fandiño de un barco inglés mandado por Robert Jenkins, un corsario, además de pirata y contrabandista. A Jenkins se le cortó una oreja y, según se cuenta, fue enviado a Inglaterra con un recado para Jorge II: “Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”.

Jenkins, con su oreja en la mano, compareció ante la Cámara de los Comunes, donde los tories (conservadores) acosaban al primer ministro Walpole, que gobernaba en nombre de los whigs (liberales), para que iniciase las hostilidades con la Corona española. Los ingleses enviaron tropas a América y una escuadra, al mando del almirante Haddock, a Gibraltar.

Sátira británica en la que el león inglés ataca al conductor de un arado del que tiran unos esclavos, símbolo del sistema colonial español. Al fondo, Fandiño corta la oreja a Jenkins. Dominio público

Los preparativos se iniciaron, y los ingleses no escatimaron en gastos. Para vengar la oreja de Jenkins Inglaterra armó toda una formidable flota jamás vista en la historia (a excepción de la utilizada en el desembarco de Normandía), al mando del Almirante inglés Edward Vernon. La armada estaba formada por 195 navíos, 3.000 cañones y unos 25.000 ingleses apoyados por 4.000 milicianos más de los EEUU, mandados éstos por Lawrence, hermanastro del Presidente Washington. También formaban parte de la expedición unos dos mil macheteros, reclutados en Jamaica, que serían utilizados como fuerza de choque.

España respondió anulando el llamado “navío de permiso” (derecho de comercio, limitado a dos barcos) y reteniendo a los barcos ingleses que había en puertos españoles. La declaración de guerra se produjo en octubre de 1739.

En realidad lo que se disputaba era el control del comercio en las colonias españolas. Las mayores presiones sobre Walpole para desencadenar la guerra llegaron de la poderosa Compañía de los Mares del Sur. En el marco de ese conflicto se sitúa, en 1741, el ataque de la flota británica a Cartagena de Indias, cuya defensa estaba encomendada a Blas de Lezo.

En noviembre de 1739, una flota inglesa mandada por el almirante Edward Vernon había atacado Portobelo, mal defendida por los españoles. En Inglaterra se magnificó la victoria, pese a que el botín fue poco importante. En Londres se hacían cuentas de que el poderío español en América tocaba a su fin, y las miradas se volvieron hacia Cartagena de Indias, en cuyo puerto se concentraban las flotas que hacían la carrera de Indias, la ruta entre España y sus colonias.

LA ESTRATEGIA DE LEZO

Blas de Lezo contaba con los tres mil hombres que integraban la guarnición de la plaza, unos seiscientos flecheros indígenas, reclutados en el interior, y unos mil quinientos voluntarios civiles. Tenía las mil piezas de artillería que defendían las murallas y baluartes de Cartagena y seis barcos de guerra.

Pero, lo que tenía a su favor el «Almirante Patapalo» era un terreno que podía ser utilizado por un gran estratega como él. Y es que la entrada por mar a Cartagena de Indias sólo se podía llevar a cabo mediante dos estrechos accesos, conocidos como «bocachica» y «bocagrande». El primero, estaba defendido por dos fuertes (el de San Luis y el de San José) y el segundo por cuatro fuertes y un castillo (el de San Sebastián, el de Santa Cruz, el del Manzanillo, el de Santiago -el más alejado- y el castillo de San Felipe).

A pesar de la desigualdad, Blas de Lezo se aprestó a la defensa. Contaba con una buena red de espionaje, y se organizó para enfrentarse a los ingleses a pesar de algunas disputas con el virrey Sebastián de Eslava. Decidió utilizar en su favor la complicada geografía de la zona, y dispuso su media docena de barcos de manera que, en caso de necesidad, pudieran ser hundidos. Sería el modo de dificultar la entrada de los ingleses a las dos bahías que se abrían frente a la ciudad: bahía Grande y bahía Chica.


Retrato de Blas de Lezo

A la primera se accedía por un pequeño estrecho llamado Bocachica, donde Blas de Lezo situó cuatro de sus barcos: el Galicia, el San Carlos, el África y el San Felipe. Los otros dos, el Dragón y el Conquistador, los apostó en la llamada Bocagrande, por la que se accedía a la bahía Chica.

Los capitanes de los buques tenían orden de hundirlos llegado el momento. Serían poco más que una pantalla, porque Lezo había decidido que la lucha contra Vernon se librara principalmente desde los fuertes y castillos que protegían la ciudad.

La caída de Cartagena de Indias suponía apoderarse de la plaza fuerte más importante del Imperio español

LLEGAN LOS INGLESES

El 13 de marzo aparecieron en aguas de Cartagena los primeros barcos de Vernon. En los días siguientes llegó el grueso de la flota, pero hasta el 19 no se libraron los primeros combates, al intentar una docena de navíos ingleses forzar la entrada de Bocachica. 

Las defensas de tierra españolas respondieron al fuego desde el fuerte de Santiago y el castillo de San Felipe, pero los ingleses lograron desembarcar medio millar de hombres el día 20 y muchos más al día siguiente. Los de Vernon se apoderaron de varias baterías de la zona.

Desde el 21 marzo hasta el 3 de abril se libró el llamado combate de Bocachica. Los españoles se vieron obligados a abandonar muchas de sus posiciones y agruparon la resistencia en los dos fuertes que protegían la entrada de la bahía, el San José y el San Luis, que sufrieron un intenso cañoneo.

Ataque de los ingleses a Cartagena de Indias en 1741. Dominio público

Blas de Lezo decidió hundir cuatro de sus naves para obstaculizar la entrada de los buques enemigos a la bahía Grande, y concentró la defensa en la bahía Chica. La fuerza del ataque inglés obligó a los españoles a abandonar el fuerte de San José. El 5 de abril los supervivientes de su guarnición fueron evacuados en pequeñas embarcaciones y transportados al fuerte de Santa Cruz, que, poco después, tuvo que ser también abandonado. Los ingleses quedaron como los dueños de la zona.

Tras dejar atrás la mayor parte de los castillos y baluartes, los españoles se centran en la defensa de los dos últimos fuertes, San Sebastián y Manzanillo, y en la ciudad propiamente dicha. Los ingleses consideran que tienen la victoria tan al alcance de la mano que el almirante Vernon envía un mensaje a su rey dando por conquistada Cartagena de Indias. En ella, se podía leer «El orgullo español humillado por Vernon» y. además, se apreciaba un grabado de Blas de Lezo arrodillado frente al inglés.

En Londres la noticia se recibió con una explosión de júbilo. La caída de Cartagena de Indias suponía apoderarse de la plaza fuerte más importante del Imperio español. Tanta fue la alegría que se decidió acuñar una medalla conmemorativa para exaltar la figura de Vernon.

Batalla naval Blas de Lezo


NO TODO EL BACALAO ESTABA VENDIDO

En la madrugada del 16 de abril, Vernon decidió dar el golpe definitivo. Lanzó al asalto de las murallas al grueso de sus hombres, con los macheteros jamaicanos como fuerza de choque. Sus tropas se dispusieron a tomar el castillo de San Felipe, la más importante de las defensas de Cartagena, pero se encontraron con una resistencia mayor de la esperada.

En la noche del 19 de abril los ingleses se organizaron en tres grupos para atacar San Felipe. «En frente de la formación iban los esclavos jamaicanos armados con un machete», explica el doctor en historia. Sin embargo, los asaltantes se llevaron una gran sorpresa: las escalas no eran lo suficientemente largas para alcanzar la parte superior de las murallas. «El ‘Almirante Patapalo’ había ordenado cavar un foso cerca de los muros para aumentar su altura y evitar el asalto», determina Vidondo. Los españoles aprovecharon entonces y acabaron con cientos de ingleses. La batalla acababa de dar un giro inesperado debido al ingenio de un solo hombre, o más bien, «Mediohombre».

Blas de Lezo había ordenado ahondar los fosos que protegían la fortaleza, y las escalas inglesas resultaban insuficientes para encaramarse a las murallas. Todos sus intentos se estrellaron ante los lienzos de San Felipe en medio de una verdadera carnicería.

Los bombardeos continuaron sobre la ciudad, pero la desmoralización había cundido entre los ingleses, que recibieron la estocada final cuando los españoles efectuaron una salida y les obligaron a reembarcar. El 9 de mayo, Vernon comprendió que el triunfo se le escapaba. Sobre sus hombros pesaba ahora el correo enviado a su rey vendiéndole la piel de un oso que aún no había cazado.

Almirante Edward Vernon. Dominio público

Los ingleses habían perdido nueve de sus barcos, pero lo peor fue que, con las bajas sufridas (cerca de diez mil muertos y más de siete mil heridos), Vernon carecía de hombres para maniobrar las naves restantes. Tuvo que abandonar casi medio centenar de ellas antes de poner rumbo a Jamaica. De hecho, y según cuenta la leyenda, Vernon sentía tanto odio hacia el «Mediohombre» que, mientras se alejaba junto a su flota de vuelta a Inglaterra, gritó a los vientos «God damn you, Lezo!» (¡Que Dios te maldiga, Lezo!). Podía maldecir todo lo que quisiera, pero había sido derrotado.

Lezo había infligido a Inglaterra la mayor derrota de su historia naval. Las bajas españolas sumaban 2.000 hombres entre muertos y heridos, habían sido hundidos los seis barcos con que contaban y las defensas de la ciudad estaban seriamente deterioradas.

Vernon regresó a Londres sumido en el descrédito. Fue relevado de su cargo y años después expulsado de la Marina

Cuando a Londres llegó la noticia de lo que había sucedido, la euforia se transformó en consternación. A la gravedad de la derrota se sumaba una humillación como jamás había sufrido la armada inglesa. El rey dio instrucciones para que un manto de silencio cayera sobre lo ocurrido.

Vernon regresó a Londres sumido en el descrédito. Al llegar a su tierra, sin embargo, parece que no tuvo valor para dar a conocer la noticia públicamente, por lo que fue pasando el tiempo hasta que, finalmente, sus compatriotas descubrieron el engaño. Cuando salió a la luz, la vergüenza fue tan arrolladora para el país que se tomaron medidas más drásticas para acallar la gran derrota: «El rey Jorge II prohibió todo tipo de publicación sobre la batalla».

Fue relevado de su cargo y años después expulsado de la Marina. Sin embargo, a su muerte, acaecida en 1757, se decidió enterrar sus restos mortales en la abadía de Westminster y poner en su sepulcro una ambigua leyenda sobre lo ocurrido en Cartagena de Indias, señalando que hizo cuanto estuvo en su mano. Vernon descansa como se merece un héroe y un valiente patriota en la abadía de Westminster, y en su bellísima sepultura se puede leer:” And at Carthagena conquered as far as naval forces could carry victory" (“Y en Cartagena conquistó hasta donde la fuerza naval pudo llevar la victoria”). 

Fue una defensa que pasó a la historia por la desigualdad de los ejércitos y el resultado final. De hecho, los ingleses ya habían acuñado las monedas como homenaje a su victoria antes de conseguir el triunfo, el cual nunca se produjo.

En Cartagena de Indias, a raíz de la descomposición de los cadáveres, se desencadenó una epidemia que se cobró numerosas víctimas. Una de ellas fue Lezo, que murió tres meses después de la batalla. Su cuerpo fue enterrado en la ciudad que él defendió, pero nadie sabe dónde reposa con exactitud, aunque en el libro La última batalla de Blas de Lezo, de Beltrán y Aguado, se sostiene que está en un convento la ciudad. 

Aunque el militar se ha visto relegado de la memoria colectiva, la Armada española ha intentado mantener vivo su recuerdo bautizando con su nombre algunas naves. La última de ellas, una fragata, fue enviada por la marina española a los actos con que Gran Bretaña celebró, en 2005, el bicentenario de la batalla de Trafalgar. 

Estatua a Blas de Lezo inaugurada el día 15 en 2014 en Madrid.ÁNGEL DÍAZ / EFE

A finales de 2014, por suscripción popular, se levantó una estatua en Madrid al bravo marino vasco. Sin embargo, el Ayuntamiento de Barcelona había pedido que no se erigiese porque había participado en el bombardeo de la capital catalana en 1713 y 1714, durante la Guerra de Sucesión dinástica entre Borbones y Austrias. El entonces concejal socialista madrileño Antonio Miguel Carmona fue uno de los políticos que salió en defensa de la memoria del militar guipuzcoano. Achacó la petición del Consistorio barcelonés a “la incultura, el provincianismo y un deseo de reescribir la historia para que los hechos cuadren con sus delirios”. Un coro defensivo al que se sumó Ricardo García Cárcel, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro de la Real Academia de la Historia: "Aquí no cabe ni indiferencia profesional ni desidia cívica porque el nacionalismo nunca construye sus espejismos sin arrebatarnos nuestras realidades”. A Lezo -sin pierna, brazo y ojo-, poco más podrán arrebatarle.

DATOS MENOS CONOCIDOS

Lo que no se cuenta habitualmente es el escabroso asunto del comercio de esclavos de negros de África que fue lo que motivó la guerra, y menos aún la ruina y el progresivo e imparable declive por el que se deslizaba ya el Reino de España. El tratado que puso fin a la Guerra del Asiento supuso además el fracaso del experimento político primero de Felipe V que con el Real Decreto de Flotas y Galeones de 1720 había comenzado una tímida liberalización del comercio con la inclusión de San Sebastián como puerto de comercio con Venezuela (Virginia León Sanz y Nicollo Guati, 'The Politics of Commercial Treaties in the Eighteenth Century: Balance of Power, Balance of Trade', 2017).

En las postrimerías del conflicto significaría también el fracaso del secretario de Estado de Fernando VI, José Carvajal y Lancaster que consistió en un insólito intento español por armar una paz duradera con Inglaterra (José Miguel Delgado Barrado, 'El proyecto político de Carvajal. Pensamiento y reforma en tiempos de Fernando VI' CSIC, 2001). Antes, Patiño había trasladado la Casa de la Contratación de Sevilla a Cádiz y había reformado el comercio naval con los navíos de permiso. Con la victoria y la factura, los impulsos de retomar el poderío en los mares se diluyeron y llegaron las grandes derrotas contra los ingleses. 

En solo dos años, de 1761 a 1763, España perdió nada menos que La Habana, la auténtica joya de la corona y al año siguiente, Manila

Tras pagar por ganar la guerra, solo diez años después, en 1761, España perdió dos puertos más importantes aún que Cartagena de Indias a manos de los mismos ingleses. Ocurrió en la Guerra de los Siete Años, que para España duraron solo dos, de 1761 a 1763. Fueron suficientes para perder nada menos que La Habana en 1761, la auténtica joya de la corona del imperio de Ultramar y, al año siguiente, Manila en las Islas Filipinas, que se rindió el mismo primer día del ataque inglés.

El almirante Edward Vernon, pintado por Phillips

A diferencia de la hazaña de Blas de Lezo, son dos derrotas que parece que nunca ocurrieron. Es fácil porque Cuba y Filipinas se perdieron otra vez en 1898, —en el caso de Cuba, la derrota naval le tocó al puerto de Santiago— el epílogo del desplome final de España como potencia colonial. Curiosamente, el balance de la derrota de la Guerra de los Siete Años se medio salvó, al menos en cuanto a territorios, con la firma de los tratados de paz: España cedió Florida a los ingleses a cambio de La Habana y Manila, que se recuperaron, y Francia compensó a Carlos III por su alianza cediéndole a su vez la inmensa Luisiana en Norteamérica.

Desde la década de 1720, hasta el estallido de la guerra en 1739, nadie en la administración española se molestó en hacer los balances correctamente con la Compañía de los Mares del Sur.

En cuanto a Cartagena de Indias, la gran victoria de Blas de Lezo ha acabado por ensombrecer a Sebastián de Eslava, máxima autoridad de Cartagena de Indias durante el asedio y artífice también de la defensa del puerto. No es atribuible por completo a la audaz política exterior y comercial de José de Carvajal y Lancaster en los últimos estertores de la guerra de baja intensidad. Carvajal trató de establecer un acuerdo con los ingleses sobre la base de que era mejor "un aliado caro que tres ladrones", como Francia, Holanda y la propia Inglaterra (Vera Holmes 'Trade and Peace with Old Spain, 1667-1750').

El balance global de toda la Guerra del Asiento, a pesar de la gran victoria de Blas de Lezo, solo supuso un pequeño paréntesis en el ocaso de España como imperio, las derrotas humillantes y olvidadas durante la Guerra de los Siete Años, en favor de otras gestas como la de Bernardo de Gálvez, esperaban a la vuelta de la esquina. A su término, Carlos III levantó finalmente el monopolio de Cádiz y de la Casa de la Contratación, la tímida iniciativa de Felipe V que no se continuó: todos los puertos y todas las compañías privadas podrían comerciar, pero para entonces el imperio británico era ya dueño de los mares.

Pintura de Blas de Lezo en cubierta

A Blas de Lezo le honra haber sido un gran marino y un excelente militar a las órdenes de la Corona española, al margen de otros asuntos políticos. No ha recibido el reconocimiento debido por sus servicios, algo que sí han hecho siempre los ingleses con sus marinos. Tal vez deberíamos pensar en ello y recordar como se merece a aquellas figuras de nuestra historia fácilmente olvidadas por los libros de historia.

La historia es pasada, el misterio es presente. Porque a pesar de que Blas de Lezo pasó al olvido de la historia española durante dos siglos, son muchas las personas que en las últimas décadas han tratado de valorizar la figura del “medio hombre”. La causa de este olvido histórico fue la actitud del por entonces virrey de Nueva Granada, Sebastián de Eslava, quien fue acusado por De Lezo de realizar una defensa pasiva en el asedio de Cartagena. Cuando murió De Lezo, seis meses después del ataque que sufrió por parte de tropas inglesas durante el sitio, el marino ya había reclamado un título nobiliario al Rey de España, Carlos III, por su servicio a la patria en esta batalla. Sin embargo, el virrey movió sus hilos para evitar esta condecoración y, no contento con ello, enterró sin honores ni documentación su cuerpo. Debido a esta decisión, el paradero de los restos de De Lezo quedó cubierto por la historia. 

La figura de Blas de Lezo continúa alimentando su misterio casi 300 años después de su muerte. Su aparente inmortalidad, a causa de las numerosas heridas que sufrió, pero no le mataron, le brindó un enorme prestigio y respeto a lo largo de todos los mares del mundo. Hoy se enfrenta a la historia y al recuerdo que merece. Pero hasta que su cadáver tullido no aparezca, no podrá poner punto y final a las aventuras que surcó en defensa de la Corona española.

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