Subscribe Us

HISTORIA. Negrín, la última esperanza de la II República: crónica de los últimos días de la guerra civil

 

El 1 de febrero de 1939, las Cortes de la II República se reunían por última vez en el Castillo de Figueras para analizar la desesperada situación militar del ejército republicano.

A mediados de noviembre de 1938, había terminado el enorme e infructuoso esfuerzo de la Batalla del Ebro. Ambos ejércitos se hallaban desgastados, pero el reciente pacto de Munich iba a inclinar la balanza internacional a favor de Franco, único ámbito del que cabía esperar una verdadera implicación de las potencias democráticas para forzar una salida negociada de la guerra, bien un agravamiento de la escena que colapsara el Acuerdo de No intervención, y dejara libertad de acción internacional a la República. Nada de esto ocurrió.

Con ser importante el factor adverso de la política internacional, la principal debilidad de la República vino de mano del escenario doméstico, al crecer la reticencia de los partidos políticos del Frente Popular (especialmente del PSOE) ante el proyecto gubernamental de resistencia que proclamaba Negrín. Ese fue el telón de fondo en la fase final de la guerra civil española.

En su Informe balance de la guerra civil, de 21 de mayo de 1939, Palmiro Togliatti, máximo representante en España de la Internacional Comunista, escribió que "el Partido Comunista era el único que apoyaba a Negrín de modo leal; todos los demás se declaraban en público favorables a él y a su política de resistencia, pero en realidad no le prestaban ningún apoyo decisivo".

Eso era particularmente cierto en el caso del PSOE, cada vez más fragmentado entre los partidarios de Prieto, Caballero, Besteiro y Negrín. "Hoy hay menos unidad que nunca", confesó Lamoneda a Togliatti el 21 de noviembre. Que eso era así, se había visto dos días antes en la reunión de la Ejecutiva del Partido en Barcelona, cuando Besteiro dijo de Negrín: "Es comunista y se ha introducido en el partido como el caballo de Troya". En este ambiente, las relaciones entre socialistas y comunistas se deterioraron enormemente. Además, la retaguardia empezaba a estar cansada de la guerra, como informaba a la Internacional Toggliatti y corroboraba el segundo en el escalafón, Erno Gerö.

Retrato de Negrín, por Enrique Ortega, a partir de una fotografía de su época como jefe del Gobierno republicano (1937-1939).


EL PUEBLO NO PUEDE MÁS

Las derrotas militares empezaban a convertir en clamor general el deseo de acabar como fuera. Federica Montseny, miembro del Comité Peninsular de la FAI, los reconocía con estas palabras: "En aquellos momentos, la realidad era que el pueblo español ya no podía más y cualquier solución dirigida a salvar las vidas y los intereses populares, se nos aparecía como una salvación colectiva. ¡Cosa extraña! En aquellos días coincidieron la FAI, Azaña e Indalecio Prieto".

En esta coyuntura, los apoyos de Negrín eran cada vez más escasos. Contaba con los comunistas, aunque éstos hubieran contemplado otras posibilidades: "Dada la situación general, reconocía Togliatti, una crisis ministerial tendente a la sustitución de Negrín no podía concluir más que con la formación de un gobierno capitulacionista o con la guerra civil". Contó también con el inestimable apoyo de Mariano Vázquez, secretario de la CNT, que declaró que Negrín era insustituible. También le apoyaba la UGT y su dirección nacional, con Amaro del Rosal, Felipe Pretel, Llanos y Edmundo Domínguez, a la cabeza.

Y, por supuesto, una parte de su propio partido, no la más numerosa, aunque con el hecho decisivo de contar con su secretario general, Ramón Lamoneda. En cambio, los prietistas y caballeristas dentro del PSOE y los diferentes partidos republicanos, empezando por el presidente de la República, Manuel Azaña, estaban cada vez más abiertamente en su contra. La hostilidad hacia los comunistas iba configurando un bloque de partidos opuestos a ellos y, por extensión, a Negrín. Togliatti sospechaba que las presiones sobre Negrín para eliminar al PCE del gobierno eran alimentadas desde el extranjero por los hombres de la Segunda Internacional, entre los cuales se citaba a Fritz Adler y al francés Zyromski.


El gorro frigio y la bandera tricolor dominan este cartel de Bardasano (Madrid, 1937), en el que destaca la enseña de la Unión Soviética.

En cambio, Attlee y Morrison, dirigentes del Partido Laborista británico, que conocían al dedillo la política exterior de su país, descartaron en una entrevista con Largo Caballero, que la eliminación de los comunistas fuera a cambiar la política de Chamberlain hacia España. Esa era la misma opinión que sostenía Negrín. En un despacho del 31 de octubre de 1938, dirigido a lord Halifax por Skrine Stevenson, nuevo encargado de negocios británicos en sustitución de Mr. Leche, refería una conversación con Negrín en la que éste le habría dicho que el "gobierno tenía que apoyarse en gran medida en el Partido Comunista, no sólo porque era la fuerza mejor organizada en la etapa inicial de la Guerra Civil, sino también porque Rusia había sido el único país que había dado al Gobierno español una ayuda efectiva. (...) Según Stevenson, Negrín afirmó que él podía suprimir, y lo haría, al Partido Comunista en una semana si pudiera obtener los suministros requeridos (para su ejército) de Francia e Inglaterra.

El jefe de Gobierno, Juan Negrín, pasa revista a las tropas en el jardín del Palacio de Pedralbes, en el séptimo aniversario de la proclamación de la II República (Barcelona, 14 de abril de 1938).

Entretanto, Franco y su Estado Mayor preparaban el ataque sobre Cataluña. La ofensiva comenzó el 23 de diciembre: seis cuerpos de ejército, mandados respectivamente por Valiño, Solchaga, Moscardó, Yagüe, Muñoz Grandes y el italiano Gambara, se lanzaron sobre las tropas republicanas de Cataluña, apoyados por un millar de fuerzas de artillería y con la protección aérea de 500 aviones. La ofensiva reunía la mayor concentración de medios de toda la guerra y en muy pocos días la situación se volvió desesperada para la República.

Negrín hizo todo lo posible para obtener ayuda militar, no solo de la URSS (Unión Soviética), sino también de Francia. Según un Informe del Ministerio francés de Defensa, "el teniente coronel Morel, agregado militar en España, a petición del señor Negrín, se ha entrevistado con él el 6 de enero a las 12:30 horas. El señor Negrín ha pedido al agregado militar exponer personalmente al señor Daladier, presidente del Consejo y ministro de Defensa como él mismo, la situación militar y sus consecuencias. El ejército republicano, agotado por recientes combates, conserva una moral excelente, aunque la penuria de material de infantería hace insegura su resistencia. Para defender Barcelona, necesita con toda urgencia: 2.000 ametralladoras y 100.000 fusiles. A falta de un socorro inmediato, él no podría responder de la resistencia republicana".

El 13 de enero se entrevistó con el embajador francés Henry, pidiéndole 2.000 camiones, y al día siguiente voló a París para, según reveló el ministro francés de Exteriores, Georges Bonnet, nada menos que a Quiñones de León, embajador oficioso de Franco en la capital gala, "obtener el apoyo inmediato de Francia en material de guerra y en material humano". Incluso Bonnet llamó por teléfono a Quiñones para tranquilizarle y asegurarle que la frontera estaba cerrada.



FRENO FRANCÉS A LA AYUDA SOVIÉTICA

Bonnet no solo rechazó la petición de Negrín, sino que colaboró con Quiñones de León para dificultar, cuando no impedir, el paso del material soviético que incluía cien aviones que, desmontados y embalados, esperaban para cruzar la frontera. El envío soviético era resultado de la petición hecha por Negrín a Stalin en una carta que llevó en mano a Moscú el jefe de la aviación republicana, Ignacio Hidalgo de Cisneros. Era el mayor pedido hecho a la URSS hasta entonces: 250 aviones, 250 tanques, 650 piezas de artillería y 4.000 ametralladoras. El día 28, Stalin recibió a Hidalgo de Cisneros y aceptó todas las peticiones, ordenando además a Anastas Mikoyan, ministro de Comercio, abrir un crédito de 103 millones de dólares con que cubrirlo.

El envío ruso fue menor de los solicitado, pero llegaron 168 aviones, 40 tanques, 539 piezas de artillería y 2.770 ametralladoras. De todo este material solo atravesaron la frontera 30 Superchatos I-15, que no participaron en ningún combate, y pudieron escapar a Francia in extremis el 6 de febrero; tres cañones antitanque de 45mm, 35.000 fusiles, 2.000 ametralladoras ligeras, 777 ametralladoras pesadas Maxim, y grandes cantidades de munición.

Ente el 6 y el 15 de enero, se desarrolló la segunda fase de la Batalla de Cataluña. Para entonces, las fuerzas republicanas habían agotado sus capacidades en hombres y material. La moral de la retaguardia se desmoronaba y la amenaza se cernía directamente sobre Barcelona, que no fue defendida. No quedaban fuerzas organizadas para hacerlo y las líneas del frente no existían. El 18 de enero, Negrín convocó una reunión urgente del Consejo de Ministros en Barcelona, a la que asistieron también Martínez barrio y Companys. Negrín les informó de que la situación era grave, aunque no desesperada. Pero el sábado 21 telefoneó a Companys para decirle que saliera de la ciudad condal. Éste lo hizo ese mismo día; al siguiente lo hizo Luis Araquistáin y el día 23, Largo Caballero. A las 16:00 horas del 26 de enero, las tropas de Franco entraban en Barcelona.


Las diferencias entre Manuel Azaña, presidente de la República, y Juan Negrín, jefe del Gobierno, aquí fotografiados en valencia a finales de 1937, se agudizaron con el desfavorable curso de la guerra.

Todavía quedaba algo de territorio catalán libre de la ocupación franquista. A seis kilómetros de Figueras, en el Castillo de Perelada, se instaló Azaña, mientras que el general Rojo lo hacía en el pueblecito de La Agullana, Azaña, muy deprimido, reunió el 29 de enero a Negrín y Rojo para hacer balance. Éste presentó un informe según el cual lo más que se podría hacer era mantener la resistencia unos 50 días. Azaña dijo entonces que no había más solución que "requerir los buenos oficios de Francia y el Reino Unido para ver de obtener una paz humanitaria".

La cuestión se debatió en la reunión que el Gobierno celebró el día 30 de enero con asistencia de los presidentes Companys y Aguirre. De manera más o menos abierta, todos venían a recomendar a Negrín pusiese fin a la guerra. Pero todavía quedaba por ver cómo y con qué garantías.

El 1 de febrero, las Cortes se reunieron a medianoche en las caballerizas del Castillo de Figueras. Estuvieron presentes el Gobierno, la Presidencia de las Cortes y 64 diputados. Negrín pronunció un largo discurso donde no faltaron las alusiones a la situación internacional, tras las entregas de Austria y Checoslovaquia a la Alemania nazi. Pero lo más importante fueron las tres garantías que el Gobierno pedía para alcanzar la paz: independencia de España y libertad contra toda injerencia extranjera; en segundo lugar, que el pueblo español pudiera decidir libremente su régimen [político]; y, en tercero, que no hubiera persecuciones ni represalias después de la guerra, y que se permitiera la evacuación de quienes se sintieran amenazados.

"Para eso, dijo, tenemos que luchar hasta el último aliento. Lucharemos aquí en Cataluña (...) y si perdemos el territorio de Cataluña, nos queda esa zona Centro-Sur donde tenemos a centenares de miles de luchadores deseosos de seguir adelante". En realidad, hoy sabemos que lo que Negrín intentaba era obtener la última de las tres garantías.

El jefe de Gobierno, Juan Negrín, junto a los coroneles Vicente Rojo y Antonio Cordón, durante un acto oficial, a mediados de 1938.

El 3 de febrero, volvió a reunirse con los representantes diplomáticos de Francia y del Reino Unido, y les comunicó su propuesta de reducir las tres condiciones a una sola: que no hubiese represalias.

Mientras tanto, todo el frente se desmoronaba. El 4 de febrero, las tropas de Franco entraban en Gerona, e inmediatamente la zona republicana de Cataluña dejaba de existir. A través de los Pirineos empezó la evacuación de las altas autoridades del estado. Al amanecer del 5 de febrero, Azaña salía de España acompañado de Martínez Barrio y Giral. Horas después, atravesaban la frontera los presidentes Aguirre y Companys, cruzándose en el camino con Negrín que regresaba de acompañar a Azaña a pie por el monte, a territorio español. Azaña no ocultaba su decisión de dimitir, pero accedió a instalarse durante unos días en la Embajada española en París con objeto de no dificultar los sondeos de paz de Negrín.

El 7 de febrero, ya no fue posible rehacer las líneas, y en la madrugada del día 8, Rojo firmó la directiva de replegarse en orden sobre los pasos de frontera. Negrín, Rojo y los ministros Méndez Aspe, Uribe y Álvarez del Vayo presenciaron la entra en Francia de las primeras tropas republicanas. Negrín volvió a salir la noche del día 9 de febrero en avión desde Toulouse hacia Alicante, acompañado por Vayo y Garcés, jefe del Servicio de Información Militar.

Dolores Ibarruri, la Pasionaria, en un cartel de 1938. Los errores de los comunistas los convirtieron en los chivos expiatorios en 1939, al final de la guerra civil.

Antes de salir de territorio francés, Negrín habló con Bonnet pidiéndole, en vano, poder reenviar las armas del Ejército republicano a la zona Centro. La colaboración francesa con la República española era ya nula, cuando no contraria. Negrín regresaba a España, según aseguró ya en el exilio, porque no podía, no quería, evadir sus responsabilidades. Durante los siguientes días regresaron a la zona Centro casi todos los demás ministros. Mientras tanto, tres Cuerpos de ejército siguieron replegándose y entrando en Francia.

En la zona Centro, después del desastre catalán, dominaba la idea de que era imposible la resistencia. De esta opinión eran todos los oficiales de carrera, incluidos los comunistas. Según Togliatti, entre éstos sólo Ciutat creía poder retirarse combatiendo, prolongando así la lucha otros 40 o 50 días. Pero tanto Cordón, subsecretario de Guerra, como Hidalgo de Cisneros, comandante de la aviación, y Núñez Maza, subsecretario de aviación, consideraban imposible la resistencia de la zona Centro-Sur.

En cambio, el agregado militar francés, teniente coronel Morel, todavía pensaba el 3 de febrero de 1939 que la resistencia era posible: "Parece poco probable que las fuerzas republicanas puedan oponer al ejército nacional una resistencia victoriosa, pero el Ejército del Centro, incluso con Madrid perdido, puede transformar los vastos espacios de los que dispone todavía en un inmenso Rif y aguantar. ¿Querrá combatir hasta la muerte? ¿Querrá aguantar? Esta es la cuestión".

Edificio que albergaba las oficinas de la Dirección General de Transportes de la Generalitat en Borges Blanques (Tarragona), tomado por el ejército franquista en la ofensiva de enero de 1939



LOS ERRORES COMUNISTAS
A media mañana del 10 de febrero, Negrín aterrizó de nuevo en España, y almorzó en el Peñón de Ifach con los generales Miaja y Matallana. Su regreso había sorprendido, y fue recibido con frialdad. Con la llegada de los ministros, el Gobierno se reunió en Valencia el día 11 y sus miembros se trasladaron inmediatamente a Madrid, donde celebraron otra reunión. Negrín pronunció entonces la célebre frase de "O todos nos salvamos o todos nos hundimos en el oprobio", de la que cabe inferir su negativa a sacrificar a los comunistas para pactar una salida a la guerra.

Lo cierto es que los comunistas había cometido graves errores, que los convertían en fácil chivo expiatorio. El PCE no había comprendido que la derrota de Cataluña era el resultado de un desequilibrio militar y lo explicaba absurdamente, como reconoció Toggliatti, por la cobardía de los demás. Cuando la última declaración política redactada por el Buró Político del PCE, en realidad, por Antonio Mije, en Figueras el 2 de febrero, denunciando en tono muy violento las debilidades del Gobierno, y las intrigas y traiciones de los "capitulacionistas" y los "cobardes", entre los que señalaba a largo Caballero, fue conocida por las demás fuerzas políticas, se produjo una abierta ruptura de todos con los comunistas, empezando por los socialistas.

Además, el tono de la Conferencia del PCE de Madrid, de 9 y 11 de febrero, fue también de una enorme dureza contra los "traidores", entre los que Dolores Ibarruri citó a Miaja y a Casado. El aislamiento del PCE fue total, incluyendo el rechazo que les tributó Negrín, negándose a hablar con ellos en Madrid; de hecho, no lo hizo hasta el 16 de febrero, una semana después de haber llegado a la ciudad, y fue por teléfono con Uribe para amenazarle con hacer detener y fusilar al Buró Político del PCE si proseguía en su actitud. El partido comprendió al fin la necesidad de hablar del "problema de la paz" y, el 22 de febrero, publicó una resolución en la que se sumaba a los tres puntos fijados por Negrín en las Cortes de Figueras.

Negrín trataba de limitar las pérdidas y de salvar la vida y la libertad del mayor número de combatientes republicanos.

 

Este cartel de mediados de 1938 insiste en la consigna de la necesaria unión de todas las fuerzas republicanas para "ganar la guerra".

Negrín no era tan fanático, ni tan iluso, como para ignorar que la guerra estaba perdida, pero trataba de limitar las pérdidas y de salvar la vida y la libertad del mayor número de combatientes republicanos. Desde la reunión de Figueras, su objetivo se centraba en que no hubiera represalias, como lo confirma el solvente testimonio de Zugazagoitia. El 9 de enero, cuando Negrín acababa de presenciar el repliegue de las primeras unidades hacia Francia, le confió a Zugazagoitia: "Esperemos que la segunda parte podamos llevarla a buen término con el mismo éxito".

¿Cuál era esa segunda parte? Para Zugazagoitia: "Es la evacuación de la zona Centro-Sur. Inequívocamente, la guerra está perdida. Si (Negrín) se aferra a su postulado y recomienda la resistencia, es al solo efecto de negociar una capitulación que permita la retirada de los combatientes, civiles y militares, que hayan contraído responsabilidades graves, y prohíba a la facción victoriosa el ejercicio de represalias".

Entretanto, Azaña, establecido en la embajada de París, se negaba a regresar, como le pedía insistentemente Negrín. Para él todo había terminado, criterio en el que coincidía con bastantes de sus acompañantes, los generales Hernández Sarabia y Jurado, el Presidente de las Cortes, Martínez Barrio, su ex jefe de Gobierno, Casares Quiroga, y los ex ministros Antonio Lara y Augusto Barcia.

RESISTENCIA A LA DESESPERADA

Negrín no ignoraba la gravedad de la situación. Se le acusaba de haber traído desde Francia a jefes militares que en su mayor parte eran comunistas, ocultando que los de otra filiación, con la excepción de Ossorio y Tafall, se habían negado a regresar. ¿Seguía creyendo que era posible una prolongación de la resistencia para lograr una paz sin represalias? ¿Pensaba que bastarían seis u ocho meses para enlazar con una conflagración mundial?

La situación era tan desesperada que quienes le trataron de cerca vieron en él muestras de desaliento. Suele afirmarse que tuvo información fidedigna de que el teniente coronel Casado conspiraba y que, sin embargo, no tomó ninguna medida contra él, aunque años más tarde sostuvo que el golpe cogió al Gobierno "desprevenido".

Tras las primeras reuniones de Gobierno, Negrín convocó en el aeródromo de Los Llanos, a pocos kilómetros de Albacete, a los altos mandos militares. Allí se reunieron el 16 de febrero el general Miaja, Jefe del Grupo de Ejércitos, y su Jefe de Estado Mayor, general Matallana; los Jefes de los Ejércitos del Centro (coronel Casado), Levante (general Menéndez), Andalucía (coronel Moriones) y Extremadura (coronel Escobar); el contraalmirante Buiza, Jefe de la Flota; el general Bernal, Jefe de la base naval de Cartagena; y el teniente coronel Camacho, Jefe de la Aviación de la zona Centro-Sur.

Tras exponer las negociaciones que se llevaban a cabo con Londres y París para obtener una paz sin represalias, y tras insistir en la posibilidad de que la coyuntura internacional pudiese cambiar, Negrín pidió continuar la resistencia  para poder firmar una paz con garantías. Casado y Matallana se mostraron contrarios a continuar la guerra, aunque cuando exponen esta opinión en Los Llanos, ya se habían reunido con anterioridad Casado, Matallana y Miaja, acordando que debía formarse una Junta ya que consideraban que el gobierno Negrín era inexistente.

El general José Miaja junto al coronel Segismundo Casado, durante una ceremonia de toma de posesión de éste último como jefe del Ejército del Centro.

El general Menéndez dijo que creía que su ejército estaba en condiciones de resistir cualquier ataque durante cuatro o cinco meses, pero se preguntó para qué serviría resistir más. Escobar y Moriones también pensaban que sus ejércitos estaban en condiciones de resistir unos cuantos meses, pero no comprendían para qué serviría. El coronel Camacho fue también pesimista, pero el que puso las cosas más difíciles fue el almirante Buiza, que en nombre de todos los oficiales y jefes de la Flota, amenazó con una retirada [de la Flota] si en un breve plazo no se había negociado la paz. Aquello, era un verdadero ultimátum.

El último en hablar fue Miaja, que propuso continuar la resistencia en unos términos que sorprendieron a todos. en realidad, se los allí reunidos, los únicos que ignoraban que se tramaba algo contra el Gobierno eran Escobar y Moriones. Negrín cerró la sesión insistiendo en que para conseguir la paz con un mínimo de garantías era necesario dar la impresión de poder resistir; de lo contrario, sería una catástrofe.

LA CONSPIRACIÓN DE CASADO

Azaña se negó terminantemente a regresar a la zona Centro-Sur y el 27 de febrero dimitió. A partir de ese momento, el desconcierto fue total, pero ya con anterioridad, las negociaciones entre los servicios secretos del ejército de Franco y el coronel Casado estaban muy avanzadas. El objetivo de la conspiración era deponer al gobierno de Negrín y sustituirlo por otro que negociase el fin de la guerra a toda costa. La voluntad de sustituir a Negrín era ya manifiesta desde hacía un año, pero la desmoralización se acentuó después del Pacto de Múnich, al comprobarse que los Gobiernos francés y británico no ayudarían a la República, y que el conjunto de potencias internacionales consideraba la guerra de España como algo virtualmente resuelto ya a favor de Franco.

Tampoco la Unión Soviética tenía deseos de prolongar su protagonismo en Europa occidental, donde se encontraba aislada a partir de Múnich. El 16 de febrero, el mariscal Voroshilov aconsejó soltar lastre definitivamente en España, a lo que Stalin asintió, escribiendo en un margen del papel un lacónico: "Esta cuestión ya no es importante".

La conspiración de Casado siguió desarrollándose mientras el Gobierno se instalaba en una finca de los alrededores de Elda, llamada El Poblet, y denominada en términos militares "Posición Yuste". Allí, recibió Negrín, el 2 de marzo de 1939, a Casado y Matallana, el mismo día en que el almirante Buiza reunía a los jefes y comisarios de la Flota para proponerles que si Negrín no firmaba la paz en 48 horas, la flota abandonase España.

Las cosas se precipitaron hacia un golpe de Estado en medio de justificaciones que han podido demostrarse como falsas. El 3 de marzo, el Diario Oficial del Ministerio de Defensa Nacional nombraba a Francisco Galán, comunista, jefe de la base de Cartagena, en sustitución del general Bernal; al teniente coronel Etelvino Vega, también comunista, comandante militar de Alicante, y a los tenientes coroneles de Aviación Mendiola y Curto, respectivamente de las plazas de Murcia y Albacete.

Se disponía igualmente la disolución del Grupo de Ejércitos del Centro, con lo cual Miaja quedaba en puesto casi honorífico, y se nombraba a Matallana, militar profesional republicano, jefe del Estado Mayor Central con carácter interino. Se recordaba en la orden ministerial, en definitiva, la supeditación de todos los mandos al propio Negrín.

La noticia de los nombramientos fue suficiente para que se viera en tales disposiciones la preparación de un golpe de Estado comunista, cargando las tintas con el supuesto nombramiento de Modesto, Líster, Campesino y Tagüeña para mandar cada uno de los Ejércitos, cosa que jamás ocurrió. La prueba más evidente de que Negrín no pensaba entregar el Ejército a mandos comunistas es que, desde que se supo que el gobierno no iba a establecerse en Madrid, las personalidades comunistas de primer plano fueron dejando la capital y se trasladaron a una finca sita en El Palmar (Murcia).

Ninguno de los dirigentes nacionales del PCE estaba en Madrid desde bastante antes del golpe de Casado. La opinión nada sospechosa de los hermanos Ramón y Jesús salas Larrazábal, en su Historia General de la Guerra de España, es que el objetivo de Negrín no podía ser aquél del que se le acusaba: "Todo parece indicar que no hubo otro interés que el de colocar en los puestos clave de las provincias levantinas a hombres enérgicos capaces de conservarlas el tiempo necesario para que los aeródromos y puertos del Mediterráneo pudieran ofrecer una oportunidad a las personas que quisieran expatriarse".

Julián Besteiro lee el mensaje radiofónico que daba carta de naturaleza al golpe de Casado (Madrid, 5 de marzo de 1939).

La argumentación de los sublevados del 5 de marzo de 1939 no era superior a la esgrimida por los de 1936: el poder del adversario ha perdido su legitimidad de origen; es la antesala de un golpe de fuerza - comunista - que acabará con lo que queda del orden establecido. A Manuel Azaña, cuenta su cuñado Cipriano Rivas Cherif, "no se le alcanzaba cómo Besteiro (...) podía sumar su esfuerzo al de un militar que, al rebelarse también contra el Gobierno legalmente en funciones, repetía el golpe de Estado de Franco, y, lo que era peor, con el mismo pretexto: "la preponderancia excesiva o la demasía intolerable de los comunistas".

Negrín se esforzaba aún en jugar tres cartas: negociar una paz sin represalias, beneficiarse de una agravación de la situación internacional o retirarse escalonadamente, para hacer una evacuación ordenada desde Levante. Sus dudas y su cansancio demoraron sus decisiones. En "Posición Yuste", Negrín trabajaba. Estaba preparando un mensaje a los españoles que pensaba radiar el 6 de marzo. Para el día antes, había convocado al Consejo de Ministros; la reunión debería comenzar a las 7:00 horas de la tarde. Había citado también a Miaja, Casado y Matallana, pero solo se presentó este último. Niaja se excusó y Casado se negó a presentarse.

El 5 de marzo, a media tarde, se reunió el Gobierno. Al mismo tiempo en Madrid, en los sótanos del Ministerio de Hacienda, se reunían Casado, Besteiro, Wenceslao Carrillo, los dirigentes de la CNT local, García Pradas, Del Val, Marín, el general Martínez Cabrera, socialista y gobernador militar de Madrid, el coronel Prada, el teniente coronel López Otero, Miguel San Andrés, dirigente local de Izquierda Republicana, y Pedrero, también socialista y jefe del SIM de Madrid.

En Elda ("Yuste"), los ministros cenaban, cuando en Madrid el locutor de la radio anunció a Besteiro, que dijo que la República estaba decapitada tras la dimisión del Presidente Azaña y añadió: "El Gobierno del señor Negrín, falto de asistencia presidencial y de la asistencia de toda la Cámara, a la cual sería vano dar una apariencia de vida, carece de toda legitimidad. Yo os pido, poniendo en esta petición todo el énfasis de la propia responsabilidad, que en este momento grave asistáis, como nosotros le asistimos, al poder legítimo de la República, que, transitoriamente, no es otro que el poder militar".

Tras la caída de Cataluña, miles de civiles republicanos inician el camino del exilio a través de la frontera francesa. Foto tomada en el Coll de Portús por David Seymour (Chim), en febrero de 1939.


DIÁLOGO DE SORDOS

Los ministros y los jefes militares que estaban en "Yuste" (Matallana, Hidalgo de Cisneros, Cordón, Ossorio y Tafall, Garcés...) trataron de comunicar con los jefes de los cuerpos de ejército y bases aéreas, pero, a partir de ese momento, empezaron a fallar las comunicaciones. Por fin se obtuvo línea con el puesto de Casado, entablándose un diálogo de sordos entre Negrín y Casado. Casado declaró que se había sublevado y que no desistiría de su empeño. Negrín le respondía que era una locura y que lo destituía. Ninguno convenció al otro.

A las 5:00 horas de la madrugada del 6 de marzo, Negrín comprendió que seguir en Elda equivalía a entregarse a los nuevos sublevados y le dijo a Giner que solicitase de Camacho el envío de unos aviones desde el aeródromo de Los Llanos. Dictó un texto proponiéndole a Casado que "toda eventual transferencia de poderes se haga de manera normal y constitucional". Pero no hubo respuesta. Por diversas fuentes, se sabe que Casado estuvo dudando, pero que Besteiro rechazó cualquier contacto.

 Hasta las 14h esperaron Negrín y Vayo una posible respuesta de Casado, en una casa cercana (denominada "Posición Dakar"), en la que se habían instalado los principales altos cargos del Gobierno y los líderes comunistas. Negrín estaba despidiendo allí mismo a Togliatti, Modesto, Líster, Uribe, Benigno Rodríguez, Pasionaria y otros cuando llamaron desde el aeródromo de Monóvar para advertir de que si los aviones permanecían allí más tiempo caerían en manos de los golpistas. A las 14h, se levantó y dijo: " Señores, no podemos continuar más, porque nos detienen. Creo que todos debemos salir".

Pasada esa hora, llegó Tagüeña con la noticia de que Etelvino Vega había sido detenido en Alicante y de que la ciudad estaba en poder de las fuerzas "casadistas". Negrín y Vayo se trasladaron al aeródromo de Monóvar, donde les esperaban los ministros Velao, Giner, Blanco, Bilbao, Gómez y González Peña y dos aviones Douglas. Juan Negrín, último jefe de Gobierno de la República en guerra, salía camino del exilio. Jamás regresó a España.

Más información:

- Bahamonde, A. y Gil Cervera, J., Así terminó la Guerra Civil. Marcial Pons, Madrid 1999.

- Elorza, A. y Vizcarrondo, M. Queridos camaradas. La Internacional Comunista en España, 1919-1939. Planeta, Barcelona 1999.

- Miralles, R. Juan Negrín. La República en guerra. Plaza & Janés, Madrid 2003.


Publicar un comentario

0 Comentarios