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HISTORIA. Lepanto, la batalla decisiva para el occidente cristiano

 

Los tres vencedores de Lepanto. Don Juan de Austria, Marco Antonio Colonna y Sebastián Veniero (de izquierda a derecha), en un retrato anónimo (Viena, Kunsthistorisches)

En octubre de 2021, se cumplen 450 años de la decisiva batalla de Lepanto entre las armadas cristiana y otomana. La victoria cristiana impidió, casi con toda seguridad, que los turcos otomanos se expandieran por toda Europa desde el este y el sur del Mediterránea. Una victoria que en buena medida se debe a la hábil estrategia de Don Juan de Austria, pero sin olvidarnos de la crucial colaboración de las galeras venecianas.

ANTECEDENTES

La Guerra de Granada terminó con tiempo suficiente para que España pudiera contrarrestar la amenaza mucho más peligrosa de las fuerzas islámicas combinadas en el Mediterráneo. Después de que los otomanos se apoderaran de Chipre, para hacer frente a la fuerza expansiva del Imperio turco, el papa Pío V consiguió que Venecia, España y el papado unieran sus fuerzas en la llamada Santa Liga, un 20 de mayo de 1571. Decir que Chipre era una importante plaza comercial de la república veneciana en el Mediterráneo y que su pérdida fue el detonante de los acontecimientos que sobrevendrían.

Los aliados se comprometían a construir una armada de 200 galeras y 100 naves redondas, 50.000 soldados y 500 jinetes, que debería combatir a los turcos desde los Dardanelos hasta Argel. España tomaría a su cargo la mitad de los gastos, Venecia la tercera parte y el Papa, un sexto.

La captura de Famagusta (Chipre) por los turcos en agosto de 1571 precipitó la batalla de Lepanto.

Por decisión del papa Pío V, Don Juan de Austria fue nombrado generalísimo de la Liga por mar y tierra. Felipe II le dio instrucciones para combatir con audacia, pero sin renunciar a la prudencia. Según Cabrera de Córdoba: “Habíale mandado el Rey que siguiendo el parecer del Comendador mayor don Luis de Requesens, de Juan Andrea Doria y del Marqués de Santa Cruz, pelease si necesario fuese, medio para atajar los daños que se antevían. Venciendo ganaba gran reputación a la Cristiandad, reprimía la soberbia turquesca arrogante por tantas victoria. Cuando esta licencia trajera Don Juan, poco importara quisiera el Pontífice y Venecia que se combatiera, pues no había de aventurar la gracia de su hermano en que estaban su bien y su ser”.



OPORTUNIDAD DE GLORIA

La inmensa flota cristiana tardó algún tiempo en reunirse. A finales de agosto de 1571, Don Juan de Austria, que a la sazón contaba 24 años y se encontraba en la cumbre de su carrera, llegó a Mesina para asumir el mando. Al celebrarse la reunión del Consejo de la Santa Liga, el virrey de Nápoles, García de Toledo, Luis de Requesens y Juan Andrea Doria se mostraron reticentes a arriesgarlo todo en una batalla que siempre dependía de la ciega fortuna y apostaron por hacer “la guerra defensiva y diversiva en ayuda de los venecianos, socorriendo a Chipre”. La determinación de Don Juan, que veía en la posible victoria la mayor oportunidad de gloria de su vida, fue decisiva para que la Santa Liga tomara la decisión de enfrentarse en combate naval a la escuadra turca.

Aunque a Don Juan cabe atribuirle el honor de ser el artífice máximo de la victoria, no hay que olvidar que Felipe II había puesto a su lado un consejo privado constituido por expertos marinos (Luis de Requesens, Álvaro de Bazán y Juan de Cardona), para que le asesorasen y moderaran sus arranques juveniles. 


Con apenas 25 años comandó la flota cristiana que derrotó a los turcos en Lepanto. Toda Europa lo celebró como su salvador. Pero siete años después, moría en Flandes, en un humilde palomar, sin haber podido realizar sus grandiosos proyectos.


Además, según lo dispuesto en el acuerdo de la Santa Liga, tenía prohibido tomar resoluciones de importancia por su exclusiva autoridad, debiendo éstas adoptarse por mayoría de votos de los almirantes español, veneciano y pontificio. De hecho, los jefes militares más veteranos tuvieron que templar los ímpetus del joven caudillo en un incidente previo a la batalla, que pudo traer consecuencias fatales.

Cuando el almirante veneciano, Sebastián Veniero, intervino en una reyerta entre marinos de su república y arcabuceros españoles y napolitanos, de resultas de la cual mandó ahorcar de una entena al capitán Curcio Anticocio y a otros dos soldados a sueldo de España, Don Juan se sintió tan agraviado que resolvió ajusticiar al Veniero. Solo la intervención del Consejo logró aplacarle.


Batalla de Lepanto. Pintura renacentista de Cambiaso Luca (1527-1585). Madrid, Monasterio de El Escorial

GUERRA DE BANDERAS ANTES DE LA BATALLA

Cuando las dos flotas estaban ya a la vista, listas para entrar en combate, ambos bandos se encomendarían a su dios respectivo. Si en la galera capitana turca se levantó el pendón de algodón blanco de La Meca, con el nombre de Alá bordado 28.900 veces, en las cristianas se hicieron ondear los estandartes de cada potencia, decorados con crucifijos y figuras de los apóstoles.

Al mismo tiempo, capellanes, jesuitas y frailes capuchinos recorrían las crujías, el pasadizo central de las galeras, bendiciendo a los soldados con sus crucifijos, confesándoles y dándoles la absolución: También los patrones o jefes de remeros les mostraban el crucifijo y les aseguraban que los protegería. Entre toques de trompetas y tambores, los soldados y marineros empezaron a gritar: "Victoria y viva Jesucristo".

Al avistarse, las dos flotas desplegaron sus banderas y sonaron trompetas y tambores.


“ES HORA DE COMBATIR”

La armada que había zarpado en dirección a la isla de Corfú el 16 de septiembre, avistó a la flota turca el 7 de octubre a la entrada del golfo de Lepanto, junto a la costa griega. El mar estaba lleno de bajeles hasta donde alcanzaba la vista. La flota otomana casi igualaba a la cristiana, aunque ésta contaba con mayor potencia de fuego artillero en las naves y de arcabuces en los infantes de marina.

La armada cristiana se componía de 208 galeras (106 de Venecia; 12 del Papa y 90 de España) y seis galeazas venecianas equipadas con 44 piezas de gran calibre cada una. Marinería y remeros sumaban 50.000; la tropa, 31.000 (21.000 españoles, 8.000 venecianos y 2.000 del Papa). Las mal equipadas galeras venecianas recibieron 7.000 soldados españoles, algo que dio lugar a algunos “choques” entre venecianos y españoles.

La armada turca, comandada por Alí Pachá, disponía de 275 galeras con 13.000 marineros, 45.000 galeotes y 34.000 soldados. Aunque algo más numerosa que la cristiana, era inferior en artillería (750 cañones frente a 1.215) y arcabucería. Además, la flota cristiana equipó 6 galeazas venecianas con artillería no solo en las bandas de babor y estribor, sino también en proa y popa, lo que facilitó la penetración en las líneas otomanas.

Al alba del 7 de octubre de 1571, Don Juan de Austria despidió a sus capitanes: “Señores, ya no es hora de deliberar, sino de combatir”. Formó en cuatro cuerpos. En vanguardia iban las galeazas; tras ellas, en línea, el grupo central con la capitana; el flanco derecho, hacia mar abierto, Juan Andrea Doria; el flanco izquierdo, pegado a la costa, Agustín Barbarigo. Tras la línea de 171 galeras, que ocupaba unos ocho kilómetros, Álvaro de Bazán con la reserva. Una reserva que fue fundamental a lo largo de todo el combate merced a las hábiles maniobras del gran marino que fue, Don Álvaro de Bazán.


La galera Real de Don Juan de Austria. En la década de 1560, Felipe II ordenó construir 50 nuevas galeras para operar en el Mediterráneo. La mayor de ellas fue la galera Real, fabricada en las atarazanas de Barcelona en 1568. Sirvió en Andalucía y el Lepanto, pero tras la batalla quedó muy maltrecha y se hundió nada más volver a Mesina.


La primera andanada de las galeazas cristianas hundió varias galeras turcas


DESARROLLO DE LA BATALLA

La batalla comenzó al medio día y se libró entres fases. El objetivo de cada fuerza embarcada es conseguir abordar al contrario y combatir en su puente a golpe de espada hasta matar o echar por la borda a todos los contrincantes.

Primero entraron en fuego 264 cañones y más de 3.000 arcabuces de las galeazas que iban al frente, cribando la vanguardia otomana. El ala derecha turca, mandada por Siroco, a punto estuvo de envolver por tierra a los cristianos. Aunque Barbarigo murió en el choque, la intervención de la reserva de Bazán derrotó a los turcos, pereciendo en el envite el propio capitán turco Siroco.


El espolón de las naves enfrentadas desempeñó un papel esencial en la batalla. En la imagen, óleo decomonónico de Juan Luna y Novicio (Madrid, Palacio del Senado)


En el centro, la lucha fue feroz y durante hora y media, sin tregua, se embistieron el grueso de ambas flotas. Alí Pachá no dudó en presentar batalla y buscó el enfrentamiento directo con la nave capitana de Juan de Austria. Pronto el puente de la nave otomana se convirtió en el principal campo de batalla. A pesar de los ánimos a sus jenízaros, el nutrido fuego de los mosquetes le alcanzó. Un proyectil le perforó la cabeza y cayó en medio de un charco de sangre. Para desalentar a los otomanos, un soldado español le cortó la cabeza y la alzó clavada en una lanza a los ojos de todos.  La muerte del almirante turco Alí Pachá dispersó sus galeras. 

En el flanco derecho cristiano, Andrea Doria atraído por el astuto Uluch Alí, que comandaba el ala izquierda turca, sufrió importantes pérdidas y apresamientos, hasta que Juan de Cardona y Álvaro de Bazán salieron en su ayuda y pusieron en fuga al hábil corsario turco que sobrevivió al combate.




La estrategia ofensiva elegida por Don Juan dio sus frutos y, después de terribles combates, la victoria se inclinó del lado de los cristianos. La mayor batalla naval del siglo XVI, con una importante participación de la infantería que combatió de galera en galera, se saldó con una masacre sin parangón en la Historia de Europa.

La lucha terminó a las 4:00 de la tarde, con no menos de 20.000 muertos y 40.000 heridos, en un reparto bastante similar. Los vencedores tomaron 5.000 prisioneros y liberaron a 12.000 galeotes cristianos. Noventa galeras turcas fueron hundidas y 130 apresadas.

Las bajas cristianas, 15 galeras perdidas y unos 8.000 muertos y 14.000 heridos, no daban motivo para el júbilo. En realidad, podríamos hablar de que el resultado de la batalla de Lepanto fue un “empate técnico”. Es cierto que se evitó la invasión de Europa por parte de los turcos otomanos, pero no es menos cierto que éstos se recuperaron del desastre apenas transcurridos veinte años tras la batalla.

Entre los heridos llamados a una fama imperecedera, estaba Miguel de Cervantes, cuya mano izquierda le quedó inútil. El mismo Don Juan, que estuvo siempre en primera línea de batalla, sufrió una herida en un pie. 


En 1580, el pintor veneciano Andrea Vicentino realizó un gran óleo sobre la batalla de Lepanto para el Palacio Ducal de Venecia, en sustitución de una obra anterior de Tintoretto que resultó destruida en un incendio. Basado en el testimonio de los participantes, recrea con gran realismo el choque entre los dos ejércitos en el momento culminantes de la batalla.


GRITOS, TIROS, FUEGO, HUMO

Así narra Luis Cabrera de Córdoba, en su Historia de Felipe II, los acontecimientos vividos durante la batalla de Lepanto:

“Jamás se vio batalla más confusa; trabadas las galeras una por una y dos o tres contra otra, como les tocaba en suerte... El aspecto era terrible por los gritos de los turcos, por los tiros, fuego, humo; por los lamentos de los que morían, por los que caían al mar y se ahogaban [la mayoría no sabía nadar]. El mar vuelto en sangre, sepulcro de muchísimos cuerpos que movían las olas, alteradas y espumantes de los encuentros de las galeras y horribles golpes de la artillería, de las picas, armas enastadas, espadas, fuegos, espesa nube de saetas...

Espantosa era la confusión, el temor, la esperanza, el furor, la porfía, tesón, coraje, rabia, furia; el lastimoso morir de los amigos, animar, herir, prender, quemar, echar al agua cabezas, brazos, piernas, cuerpos, hombres miserables, parte sin ánima, parte que exhalaban el espíritu, parte gravemente heridos, rematándolos con tiros los cristianos.

A otros que nadando se arrimaban a las galeras para salvar la vida a costa de su libertad, y aferrando los remos, timones, cabos, con lastimosas voces pedían misericordia, de la furia de la victoria arrebatados les cortaban las manos sin piedad, sino pocos en quien tuvo fuerza la codicia, que salvó algunos turcos.”

Nada más iniciarse el combate, las galeras de ambos bandos se enzarzaron en formidables abordajes
, como el de esta escena recreada por Juan de Toledo (Madrid, Museo del Prado).

¿VICTORIA ESPAÑOLA O ITALIANA?

La que ha sido celebrada como la hazaña militar más memorable del reinado de Felipe II, en realidad fue más una victoria italiana que española, tanto por la aportación naval como financiera, suministro de armas, soldados, equipos y vituallas. Pese a que Lepanto puso fin a la preeminencia turca en el Mediterráneo, la pasividad que siguió a la victoria fue muy criticada. El Senado de Venecia se quejó de que los aliados no redondearan el triunfo obtenido, prosiguiendo la guerra contra el turco, reconquistando Grecia y organizando una expedición hacia Constantinopla. 

Cabrera de Córdoba, en su Historia de Felipe II, lanza un dardo envenenado contra la afición de Don Juan por las mujeres, escribiendo: “Ninguna victoria mayor, más ilustre y clara, abriéndoles camino para una gran fortuna, ninguna más infructuosa por el mal uso de ella. Así lo entendieron los más expertos de valor, consejo y práctica en los estados del turco. Veniero por repararse y entrar en triunfo en Venecia, el Colonna en Roma, Don Juan, por obediente a su hermano y gozar de la gloria de Nápoles, donde deseaba y procuraba aficionadamente pagar bien a las damas su amor, inutilizaron su trabajo”.

Apenas tres después de la batalla de Lepanto, en 1574, los turcos consiguieron recuperar Túnez y La Goleta, y Felipe II se negó a conceder a Don Juan una de sus más acariciadas metas: la promoción al estatuto de infante de España con el título de alteza. Para el vencedor de Lepanto comenzaba el tiempo de la desdicha.


Alegoría de la batalla. Felipe II encargó a Tiziano este óleo en el que se conmemora la victoria de Lepanto y el nacimiento de su hijo Fernando, que moriría poco después. Madrid, Museo del Prado



Para saber más:

- Lepanto: la batalla de los tres imperios. A. Barbero. Pasado & Presente, Barcelona 2011.

- La batalla de Lepanto. M. Rivero. Sílex, Madrid 2008.

- Rojo amanecer en Lepanto. Luis Zueco. De Librum Tremens, Madrid 2011

- Don Juan de Austria, un héroe para el imperio. Bartolomé Bennassar. Temas de hoy, Madrid 2001.

- Historia de Felipe II. Cabrera de Córdoba. (primera parte, Madrid, 1619; edición completa, Madrid, 1877).

- La batalla de Lepanto. Hugh Bicheno. Ariel, Barcelona 2005.

- Juan de Austria, novela de una ambición. A. Martínez Pons. Edhasa, Barcelona 2007.

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