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HISTORIA. La Vicalvarada: la revolución a la española de 1854

 

En el centro de Madrid, hubo más de cien muertos en los días 18 y 19 de julio de 1854. (Revolución de julio de 1854 en la Puerta del Sol, Eugenio Lucas Velázquez, Madrid, col. particular)

El pronunciamiento de junio de 1854 y el levantamiento popular de Madrid en julio del mismo año, representaron una singular revolución, militar primero y de barricadas urbanas después, que inició el denominado Bienio Progresista de 1854 a 1856. El desencadenamiento de los sucesos posteriores fue el levantamiento militar de 28 de junio de 1854, acaudillado por los generales Dulce, O’Donnell, Ros de Olano y Mesina.

La reina Isabel II trató de atajar la sublevación con un manifiesto a las tropas:

“Soldados: he sabido esta mañana el alto crimen de traición cometido por el general Dulce, a quien me había dignado confiar la Dirección de la caballería, y con ella el honor de sus estandartes. Con él han alzado su pendón rebelde otros generales; bien los conocéis, son aquellos a quienes más he colmado de distinciones y favores, y mejor los conoceréis hoy por lo indignos de mi real aprecio. Atentan contra mi persona, contra mi trono y el de mi augusta hija, faltando a su juramento y hollando las leyes más sagradas; lo sé, y vengo por eso apresurada a recorrer vuestras filas de lealtad, como son todas las del ejército, que recuerdan mi niñez. Así presenciaré mejor vuestro triunfo”

Isabel II trató de atajar la sublevación con un manifiesto a las tropas: "Atentan contra mi trono, mi persona y mi augusta hija"


El día 29, propuso ir a parlamentar a solas con los pronunciados, pero el Gobierno lo consideró un peligroso desatino que podría acabar en destronamiento.

El golpe de Estado es conocido como la Vicalvarada, por ser en Vicálvaro, pueblo cercano a la capital, donde tuvo lugar la principal batalla. Lo que empezó como un golpe de Estado, casi de salón, se convirtió en breve en una rebelión popular, que fue seguida con interés por un joven Karl Marx:

"... España no es sorprendente; España jamás ha adoptado la moderna moda francesa, tan extendida en 1848, consistente en comenzar y realizar una revolución en tres días. Sus esfuerzos en este terreno son complejos y más prolongados. Tres años parecen ser el límite más corto al que se atiene, y en ciertos casos su ciclo revolucionario se extiende hasta nueve...". Así veía Karl Marx a la España revolucionaria de mediados del siglo XIX en un artículo publicado en 1854 en el New York Daily Tribune.


El general Leopoldo O'Donnell, verdadero triunfador de la Vicalvarada, en un retrato de 1856 (Madrid, Ministerio de Defensa)


Los sublevados lograron un importante apoyo en el arma de caballería. El Gobierno, las guarniciones de Madrid y los cuerpos de ingenieros y artillería permanecieron leales a la corona. La situación quedó indecisa. O’Donnell y los demás sublevados se retiraron a La mancha. En Manzanares se encontraron con el general Serrano que llegó sin tropas desde Andalucía. Desde allí lanzaron su Manifiesto.

La superposición de la revuelta popular al levantamiento militar inclinó el poder resultante hacia el progresismo. No obstante, el escaso tiempo que Espartero permaneció en el poder, aunque con una densa y profunda obra legislativa, demostró que los progresistas había sobrevalorado su propia fuerza.


Pronunciamiento de O’Donnel en Vicálvaro


PULSO ENTRE SENADO Y GOBIERNO

El proceso se había iniciado meses atrás con un conflicto entre el Senado y el Gobierno del conde de San Luis (Sartorius) por la oposición de la mayoría moderada y progresista. El Senado venció al gabinete ministerial, pero éste respondió suspendiendo sesiones y persiguiendo a quienes se les oponían. También dejó sin mando a militares como Manuel y José Concha, Infantes, O’Donnell o Serrano. O’Donnell, perseguido, se ocultó y dirigió clandestinamente la sublevación.

La Década Moderada había favorecido la jerarquización del ejército y éste se mantuvo inicialmente fiel al Gobierno. El levantamiento militar se produjo por la obstinación de Sartorius por mantenerse en le poder y por el apoyo de la mayoría de la opinión pública madrileña, y de otras ciudades, a una acción militar que terminase con el Gobierno.

Después de un intento fallido el 13 de junio, el golpe de Estado tuvo lugar el día 28. La falta de acuerdo en las negociaciones llevó a lo que Pérez Galdós denominó “duelo a primera sangre” en el campo de Vicálvaro. Una batalla de tres horas con un centenar de bajas por ambas partes, que se retiraron sin saber quién había ganado.

Tras la Batalla de Vicálvaro, principal escaramuza de la sublevación, la situación quedó indecisa y O'Donnell y sus seguidores se retiraron a La Mancha (Madrid, Biblioteca Nacional)


Al comprobar que el pueblo de Madrid no apostaba por el levantamiento, tal como había pronosticado Fernández de los Ríos, las tropas sublevadas se acantonaron en Manzanares con la intención de subir el tono de la sublevación y movilizar al conjunto de las clases populares. Para ello, elaboraron el llamado Manifiesto de Manzanares que fue redactado por Cánovas del Castillo y firmado por O’Donnell el 7 de julio de 1854.

Este Manifiesto reivindicaba una “regeneración liberal” sustentada en unas Cortes Constituyentes: un régimen representativo, un trono sin camarilla, la mejora de la ley electoral y de la imprenta, la rebaja de impuestos, el respeto al sistema de oposición al cuerpo de funcionarios y la descentralización municipal. Todo ello garantizado por una Milicia Nacional. El Manifiesto se difundió al mismo tiempo en Madrid y Sevilla, y la noticia llegó a otras ciudades a través del telégrafo.

No se sabe con certeza la influencia del Manifiesto sobre la ciudadanía. Lo cierto es que los partidos Progresista y Demócrata apoyaron los levantamientos ciudadanos. El 14 de Julio en Barcelona, los días 16 y 17 en Valencia, Zaragoza y San Sebastián. En Madrid, los días 17 a 19 tuvieron lugar las “Jornadas de Julio”.


EL MANIFIESTO DE MANZANARES

“Españoles: .... nosotros queremos la conservación del trono, pero sin camarilla que lo deshonre; queremos la práctica rigurosa de las leyes fundamentales mejorándolas, sobre todo la electoral y la de imprenta; queremos la rebaja de los impuestos, fundada en una estricta economía; queremos que se respeten en los empleo militares y civiles la antigüedad y los merecimientos; queremos arrancar los pueblos a la centralización que los devora, dándoles independencia local necesaria para que conserven y aumenten sus intereses propios; y, como garantía de todo eso, queremos y plantearemos bajo sólidas bases la milicia nacional. Tales son nuestros intentos que expresamos francamente, sin imponerlos por eso a la nación. Las juntas de gobierno que deben irse constituyendo en las provincias libres; las Cortes generales que luego se reúnan; la misma nación, en fin, fijará las bases definitivas de la regeneración liberal a que aspiramos. Nosotros tenemos consagradas a la voluntad nacional nuestras espadas, y no las envainaremos hasta que ella esté cumplida”.

El texto fue firmado por el general en jefe del ejército constitucional, Leopoldo O’Donnell, conde de Lucena, en el cuartel general de Manzanares el 7 de julio de 1854. La redacción fue obra de Cánovas del Castillo.

Cánovas del Castillo, autor del Manifiesto de Manzanares, en un retrato de 1854


MILITARES Y CIVILES “HACEN PIÑA”

En casi todos estos acontecimientos se atestigua una intervención conjunta cívico-militar. El pronunciamiento inicial y la sublevación urbana posterior constituyeron una revolución en dos tiempos. El espíritu “unionista” de los militares de Vicálvaro había sido desplazado por los progresistas y demócratas. La suma de las acciones populares convirtió la situación en una auténtica revolución, que fue seguida muy de cerca por Karl Marx.

El Gobierno del conde de San Luis, conocedor de lo que estaba ocurriendo en muchas ciudades españoles, presentó su dimisión a la Reina que la aceptó el día 17 a las 12:00 horas, tras haber recibido la amenaza de los generales pronunciados. La noticia fue difundida por la capital en el momento en que una masa de personas se acercaba a la Plaza de Toros de Madrid a presenciar un espectáculo taurino. Los “vivas” y “mueras” fuero coreados por una multitud que solicitó a la banda que interpretase el Himno de Riego.


«Quema de los muebles de la casa de Sartorius», en La Ilustración.


Tras la corrida, al anochecer, se repitieron las manifestaciones en la calle con “mueras” a Sartorius, “los polacos” y la reina madre María Cristina. Hombres armados con fusiles sacados del Gobierno Civil tomaron la Casa de la Villa y se constituyeron en Junta. La Junta fue disuelta por la llegada de soldados, pero durante la madrugada, varios grupos armados asaltaron e incendiaron las casas del conde de San Luis, del marqués de Salamanca, del general conde de Vistahermosa, de la reina madre y algunas más, donde también se produjeron muertes de civiles y soldados.

A las 3:00 de la madrugada, al tiempo que se producían estos desmanes, se reunían los ministros para jurar sus cargos. Propusieron como presidente al duque de Rivas, mientras que el general Fernández de Córdoba, que había tomado partido en la Batalla de Vicálvaro frente a los sublevados, conservaría la cartera de ministro de la Guerra.

Grabado del palacio de Doña María Cristina de Borbón, 17 de julio de 1854, obra de Pizarro, publicado en la revista La Ilustración.


BATALLA EN LA PUERTA DEL SOL

La violencia se extendió toda la madrugada del 17 y también durante los días 18 y 19 de julio. Para entonces, se estima que los civiles revolucionarios eran ya unos cuatro mil. La batalla urbana tuvo lugar en los alrededores de la Puerta del Sol; Plaza Mayor, barrio de Palacio, Atocha, San Jerónimo y alrededores. Se registraron cerca de un centenar de muertos y varios cientos de heridos.

El veterano general, Evaristo San Miguel, de corte progresista se presentó como mediador entre la calle y Palacio. Hacia las 7:00 de la madrugada, con San Miguel como presidente, y compuesta por progresistas y moderados, se constituyó la denominada Junta de Salvación, Armamento y Defensa, que se cambiaría de nombre poco después por el de Junta Superior de Madrid.


En el centro de Madrid, hubo más de cien muertos en los días 18 y 19 de julio de 1854. (Revolución de julio de 1854 en la Puerta del Sol, Eugenio Lucas Velázquez, Madrid, col. particular)

El autonombrado Gobierno del duque de Rivas dimitió el día 19 de julio. Al duque de Rivas le sustituyó Espartero que se había desplazado desde Logroño a Zaragoza el 18 de julio para ponerse al frente de la revolución en Zaragoza. La Reina le ordenó venir a Madrid el día 19. En el interim, la Reina nombra de forma interina a Evaristo San Miguel como ministro universal.

La violencia cesó en Madrid a lo largo del día 19, pero continuó el clima revolucionario en la capital y otras ciudades. Además de la Junta de Madrid, surgió otra denominada Junta del Cuartel del Sur, en la calle Toledo, con un carácter demócrata y republicano, liderada por el torero Pucheta, que llevó a cabo actos violentos como el fusilamiento de policías sacados de sus casas.

Las barricadas en las calles no solo no desaparecieron sino que aumentaron por horas a la espera de acontecimientos, espera que los ciudadanos aprovecharon para “decorar” las barricadas con retratos de Espartero, O’Donnell, Dulce, San Miguel y de la propia Reina. Finalmente, el día 26 de julio se reconstruye la Milicia Nacional que se encarga de la custodia del Palacio Real de forma inmediata.

El general Evaristo San Miguel se propuso mediar entre la calle y Palacio (Retrato por Federico Madrazo, 1854, Museo del Prado).


LA SOBERANÍA, EN LA VOLUNTAD DEL PUEBLO

Por otra parte, la Junta de Madrid negoció con la de la calle Toledo y ofreció varios puestos a los seguidores de Pucheta. Así quedó constituida la Junta Superior de Madrid y las tropas fueron acuarteladas. El duque de Ahumada fue destituido como director de la Guardia Civil, acuartelada en Villaviciosa de Odón, y un progresista, Facundo infante, fue nombrado nuevo director de este cuerpo. Todo ello, a la espera de la llegada de Espartero a la capital.

Estando en Zaragoza, Espartero envió un ambiguo mensaje a la Reina en el que sugería que el poder emanado de la revolución popular era superior al de la monarquía. En definitiva, que él representaba a la soberanía nacional y la Reina debía someterse. El mismo Espartero lo resumía en el lema “Hágase la voluntad nacional”. Aceptadas sus propuestas por la Corona, Espartero llegó a Madrid el día 28 de julio.

Espartero pactó con O’Donnell la cartera de Guerra y constituyó un Gobierno de progresista y liberales unionistas, en la que los primeros tuvieron preeminencia hasta julio de 1856 y los segundos desde ese mes hasta octubre.

Así mismo, la reina madre María Cristina y su marido, considerados por muchos corruptos y corruptores de la realeza, fueron obligados  a salir de España el 28 de agosto con destino a Portugal, con intenciones un tanto ambiguas. El gesto se podría interpretar como defensa de su persona ante posibles represalias o un castigo por su actitud ante la revolución y las presiones ejercidas sobre su hija, la Reina Isabell II. Sea como fuere, al exilio se sumaba el embargo de sus bienes y el anuncio de un juicio político por parte de las Cortes, con un esperado veredicto de culpabilidad.

Cuando fue destronada la reina Isabel II por la Revolución de 1868Juan Prim y Pascual Madoz le ofrecieron la Corona de España, cargo que no aceptó. Los años habían hecho mella en su persona y no se consideraba con fuerzas para tan alta empresa. La ciudadanía y buena parte de la prensa liberal reclamaba al viejo general septuagenario para ser proclamado rey. Retrato de Baldomero Espartero (1841) por Antonio María EsquivelAyuntamiento de Sevilla.


Algunos madrileños y parte de las Milicias protestaron por esta “indulgente” medida. Espartero y O’Donnell actuaron con contundencia para disolver a estos grupos a lo largo de la madrugada del día 29 de agosto. Pero el propio O'Donnell terminó por desplazarlo del poder con su proyecto de Unión Liberal, tramando desde su puesto como ministro de la Guerra cuanto convenía a sus intereses. Espartero ya no era el hombre capaz de agotarse hasta el extremo y comprendió que la reina Isabel había colocado, al decir de Romanones, «dos gallos en el mismo gallinero» para mantener a dos de los más prestigiosos generales de su lado.

Se puede decir que entonces terminó la revolución. A partir de entonces, los demócratas que habían intervenido en ella pasaron a la oposición. Uno de los autores intelectuales de la revolución, Cánovas del Castillo, esperó mejor ocasión para ocupar el poder y, años más tarde, cuando lo tuvo, emitió un juicio sobre su propia actuación: “un hombre honrado no puede tomar parte más que en una revolución, y eso porque ignora lo que es”.


Para saber más:

- Rueda G., "Isabel II", Madrid, Arlanza, 2001

- Kiernan, V.G., "La revolución de 1854 en España", Madrid, Aguilar, 1970

- https://es.wikipedia.org/

- Urquijo, J.R. DE, "La revolución de 1854 en Madrid", Madrid, CSIC, 1984.

- Karl Marx, "La España revolucionaria", New York Daily Tribune, 9-9-1854


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