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HISTORIA. El conflicto COMUNERO en la Castilla del siglo XVI

Antonio Gispert recogió en esta obra, pintada en 1860 y conservada en el palacio del Senado, en Madrid, la ejecución de los tres jefes comuneros: Bravo, Maldonado y Padilla.

Después de la muerte de Isabel la Católica, los problemas abundaban en Castilla: malas cosechas, hambre, fuertes impuestos, tensiones sociales y inestabilidad política. Hay que recordar que la unión dinástica de las coronas de Castilla y Aragón no supuso una integración real de todo el territorio bajo una misma jurisdicción y una misma política administrativa. Cada corona siguió “funcionando” conforme a sus propios fueros y leyes, máxime cuando a Fernando el Católico (Fernando II de Aragón) siempre se le consideró en Castilla como “rey consorte”, pero no como rey de Castilla.

Las dificultades para reinar de doña Juana, hija de los Reyes Católicos y legítima heredera al trono de Castilla, habían conducido a las regencias primero de su padre Fernando II, posteriormente del cardenal Cisneros y al gobierno de su esposo Felipe el Hermoso (Felipe I de Castilla). En medio de estos vaivenes políticos, la nobleza castellana intentaba de nuevo controlar el poder. En septiembre de 1505, fallece en Burgos, por causas no muy bien esclarecidas, Felipe el Hermoso y desde 1509, doña Juana residía en Tordesillas, donde había sido recluida por supuesta enajenación mental. Reina de Castilla por derecho, los comuneros intentaron convencerla para que tomara el gobierno en lugar de su hijo Carlos, el futuro emperador católico. El vacío de poder en Castilla resultaba evidente.


Principales ciudades del Reino de Castilla en 1520.

ANTECEDENTES DEL CONFLICTO
A la muerte del Rey Católico en enero de 1516, hereda las coronas de Castilla y Aragón su nieto Carlos, un muchacho de 16 años, hijo de Juana y Felipe el Hermoso. Nacido y educado en los Países Bajos, el joven soberano no llega a la península hasta el 17 de septiembre de 1517, desembarcando en la costa asturiana, lo cual produjo cierto alivio tras más de un año sin gobierno efectivo. Unas expectativas que se esfumaron rápidamente pues el joven rey llegaba acompañado de nobles flamencos, desconocía el idioma, las leyes y las costumbres de sus nuevos súbditos.


Juana en Tordesillas. Óleo de Francisco Pradilla, siglo XIX. Colección particular, Madrid.

Al poco tiempo de su llegada, la desilusión y el descontento se extendieron por Castilla, algo que se puso de manifiesto en las Cortes. Primero en las de Valladolid de 1518 convocadas para jurarlo como rey y en las que, aunque se votó un importante servicio para la corona, los procuradores le recordaron que la monarquía se basaba en un “pacto” entre rey y reino; en un “contrato callado” por el cual el reino otorga al rey “parte de sus frutos e ganancias”, poniéndolo así al servicio de la nación. También le pidieron que aprendiese castellano, se respetasen leyes y costumbres del reino, no saliese más dinero de Castilla y no entrasen extranjeros en el gobierno.

En 1519, estando el rey en Barcelona, supo que le habían otorgado el trono imperial y decidió regresar a Castilla para solicitar un subsidio extraordinario con el que hacer frente a los gastos de su coronación. Pero en Castilla la noticia no se recibió con júbilo: se comentaba que los intereses castellanos quedarían subordinados a los del Imperio (Sacro Imperio romano germánico), y que Carlos no regresaría nunca más a España.

Este malestar se hizo patente en las Cortes de Santiago de Compostela inauguradas el 31 de marzo de 1520. En ellas no estaban presentes ni los representantes de Toledo ni los de Salamanca, y se sabía que los procuradores asistentes se iban a mostrar reticentes a la hora de conceder los impuestos pedidos por el rey Carlos I. Tras el discurso de la corona, realizado por el obispo de Mota, se aplazaron los debates hasta el 22 de abril en La Coruña.

El 16 de abril, Juan de Padilla se disponía a abandonar la ciudad de Toledo acatando una orden del rey Carlos I, enviada a algunos regidores de aquél ayuntamiento para que se presentasen en La Coruña, acusando de rebeldía al régimen toledano. Pero antes de llegar a las puertas de la urbe, un grupo de hombres “con armas y dando voces de alboroto” se lo impidió, gritando que era “una vileza consentir la marcha de los mejores y más nobles ciudadanos... llamados para ser castigados por una acción abnegada en favor de la Comunidad”. Los amotinados se enfrentaron al corregidor y a las autoridades locales que, atemorizadas, se refugiaron en el alcázar, del que, tras un duro sitio, acabaron saliendo y dejaron la ciudad de Toledo en manos de la Comunidad.

Durante este paréntesis de tiempo, los representantes del gobierno realizaron una campaña de captación de votos mediante amenazas, chantajes y sobornos, que acabó dando sus frutos con la aprobación de la contribución votada por las Cortes. El clero, por su parte, había sido crítico con la política del rey desde su llegada a Valladolid, y desde el último púlpito creaba un estado de opinión, justificando y aprobando la oposición que desde determinados sectores se venía realizando.

El malestar era general. Pero, ¿cómo se había llegado a esta situación? ¿Y qué era la “Comunidad” de la que estamos hablando?

COMIENZA EL CONFLICTO
Una vez finalizadas las Cortes de La Coruña, el rey marcha a Aquisgrán para su coronación imperial, dejando al frente del gobierno a un extranjero, el cardenal Adriano de Utrecht. Sin demora se producen altercados: en la corona de Aragón estalla el movimiento de las Germanías, revuelta que prendió en la ciudad de Valencia y se extendió a otros lugares de este reino, como Mallorca; la ciudad de Toledo se muestra en abierta rebeldía, y toda Castilla se halla indignada por los acuerdos tomados en las Cortes.


Entre los hombres de confianza que el príncipe Carlos trajo a castilla desde los Países Bajos se encontraba el que había sido su preceptor desde 1506, el cardenal Adriano de Utrecht. Fue quien hubo de hacer frente a la revuelta comunera. Carlos no lo olvidaría y en 1522 presionó para que su tutor fuese elegido papa con el nombre de Adriano VI. Pintura de Jan van Scorel. Muso Central de Utrecht.

A los pocos días de marcharse Carlos, Toledo envía una carta a todas las urbes castellanas con voz y voto en las Cortes, invitándolas a una reunión en Ávila para poner orden en el reino. La carta, respetuosa con el rey, hacía recaer las responsabilidades del mal gobierno en sus colaboradores. Pero había también otras razones.


LAS PROPUESTAS COMUNERAS. Los comuneros exigían que las pecunias de Castilla se gastasen en Castilla y no en Alemania, y que el rey debe gobernar cada tierra con el dinero que de ella recibe. Creían que las Cortes debían ser la primera institución del reino, actuando como limitadoras del poder real. Para ello pedían que se reuniesen cada tres años y lo hicieran en ausencia y sin licencia de los reyes. Los procuradores serían elegidos sin intervención de los funcionarios reales, y pagados por las ciudades y no por el rey.

Las críticas sobre la política fiscal arreciaron, así como las protestas por la pérdida de libertades, la presencia de extranjeros en cargos públicos y al frente de la Iglesia, y el deseo de intervenir en la solución de los problemas del reino. En definitiva, estaban en juego una concepción democrática de la vida pública por la parte comunera frente a otra imperialista por parte de la corona.

El descontento dio paso a los incidentes violentos. Los primeros en Segovia, donde la multitud se amotinó y dio muerte a uno de sus procuradores, Rodrigo de Tordesillas, por haber votado el servicio en las Cortes de La Coruña. También en Zamora, Burgos, Guadalajara y León hubo incendios, saqueos y persecuciones de diversa índole. Las autoridades decidieron castigar duramente y con todo rigor a Segovia, enviando primero al alcalde Ronquillo y, cuando éste no consiguió entrar en la ciudad, al ejército al mando de Antonio de Fonseca. Al tener noticia de ello, los segovianos pidieron ayuda a otras urbes, y Toledo y Madrid comenzaron a organizarse para acudir en su socorro, poniendo al frente de las tropas comuneras a Juan de Padilla. El conflicto político-social se había convertido en un conflicto bélico y el enfrentamiento era inevitable.


Se decían los de Medina del campo, Fonseca ordenó asaltar esta villa “con tanta crueldad como lo hiciera con turcos”.


La geografía de la rebelión comunera.

LA REVUELTA ES UN HECHO
Segovia resiste el asedio de Fonseca y el cardenal Adriano, máxima autoridad imperial, cree necesario utilizar la artillería que había en Medina del Campo. Pero la ciudad no quiere entregar sus cañones. Fonseca, enfurecido, ordena el asalto a Medina calle por calle y casa por casa, provocando un incendio que destruye buena parte de la ciudad. Este incendio pasó a la historia como un hecho épico por el comportamiento heroico de sus habitantes que tuvieron por mejor defender la artillería que defender sus casas.


Los nobles que dirigían el ejército imperial no mostraban intenciones de luchar, quizá porque esperaban hasta hacerse imprescindibles al rey.

La brutal actuación de Fonseca desata la indignación en toda Castilla. Ciudades y villas que hasta entonces se habían mantenido al margen del conflicto, se alzaron contra el gobierno enviando a sus representantes a la Junta constituida en Ávila, la llamada “Junta Santa”. Fonseca tuvo que licenciar al ejército y buscar refugio en la corte del emperador, y el cardenal Adriano, desprestigiado y sin tropas, tuvo que ver impotente cómo Padilla, Bravo y Zapata entraban victoriosos en Tordesillas, e iniciaban conversaciones con la reina doña Juana, intentando que asumiera el gobierno.

Juana se negó a tomar decisión alguna en materia de Estado, pese a lo cual, la Junta comunera se trasladó a Tordesillas, actuando como Cortes y gobierno. Era el 19 de septiembre de 1520, y en aquellos momentos todo parecía indicar que el movimiento comunero podría llegar a triunfar. Nada más lejos de la realidad.

LA REACCIÓN DEL EMPERADOR
El gobierno comunero desde Tordesillas hizo reaccionar al emperador Carlos quien, para ganarse el favor local, decidió dispensar del pago del tributo acordado en las Cortes de La Coruña a todas la ciudades que se manifestasen leales a la corona, al tiempo que “hispanizó” el gobierno imperial colocando junto al cardenal Adriano a Íñigo Fernandez de Velasco y Fadrique Enríquez (almirante y condestable de Castilla, respectivamente). Era una maniobra política para incorporar a “los grandes señores” ante la amenaza popular comunera.

En otoño de 1520, la situación del conflicto bélico empieza a cambiar de signo. Los comuneros cometen errores desbordados por la presión popular. Padilla que había actuado como jefe militar desde el comienzo de la contienda se retira a Toledo ante el nombramiento del conde Ureña, don Pedro Girón, como nuevo capitán general del ejército comunero. Además, dentro de la Junta coexistían diferentes planteamientos políticos y no menos rivalidades. Tampoco había unidad en los gobernadores, cuyos criterios oscilaban entre la acción militar y la solución pactada. No obstante, todos ellos eran conscientes de la necesidad de organizar un ejército, recaudando dinero y reclutando soldados para una guerra ya declarada.

HOSTILIDADES ABIERTAS
Estamos en pleno otoño de 1520 cuando el ejército comunero recibe el refuerzo del obispo de Zamora, Antonio Acuña y de los clérigos que militaban a sus órdenes. Por su parte, el ejército imperial se iba dotando de las mesnadas señoriales que aportaron los miembros de la alta nobleza, los “caballeros”, como se les denomina en la literatura de la época.

A finales de noviembre, Girón y Acuña conducen al ejército comunero hasta las inmediaciones de Medina de Rioseco, con intención de ocuparla, situando su cuartel general en Villabrágima. Los jefes del ejército imperial no mostraron interés en entrar en combate alegando problemas de orden táctico. Pero, mientras las tropas imperiales debatían, inexplicablemente el ejército comunero abandona Villabrágima y ocupa Villalpando, dejando con esta torpe maniobra, libre el camino de Tordesillas.

Las tropas imperiales no se lo piensan un segundo y los caballeros toman la ciudad el 5 de diciembre de 1520 tras una lucha cuerpo a cuerpo, un brutal saqueo, y con la prisión de varios miembros de la Junta. La pérdida de Tordesillas obliga al ejército comunero a buscar refugio en Valladolid, y Pedro Girón presenta su dimisión como jefe del ejército. Valladolid muestra su determinación con la causa comunera y manifiesta su voluntad de “poner vidas y haciendas” para seguir con la “causa del reino” y no la de los “caballeros”. En consecuencia, Valladolid pide a Padilla que se ponga al frente del ejército comunero.


La popularidad de Padilla fue inmensa: refiere Alonso de santa Cruz cómo “los clérigos dejaban sus iglesias por seguirle, las mujeres y doncellas iban de unos lugares a otros por verle, los labradores... le iban a servir sin precio alguno... los lugares por donde pasaba daban de comer a él y a todos los suyos liberalmente...se tenía por bienaventurado aquél que le había visto y más el que le había servido”

Padilla rápidamente moviliza sus fuerzas y toma Torrelobatón el 25 de febrero de 1521, villa de gran importancia por su proximidad a Tordesillas. Allí recibe el apoyo de Juan Bravo con milicias de Segovia y de Francisco Maldonado con hombres de Salamanca. Las tropas comuneras permanecen en Torrelobatón durante una tregua pactada de dos meses, en la que se registran deserciones por no recibir sus pagas. La caída de Torrelobatón en manos comuneras decidió al condestable a salir de Burgos y a unir sus fuerzas a las del almirante.


La batalla de Villalar supuso el fin de la rebelión comunera. El 23 de abril de 1521 el ejército de las Comunidades fue derrotado por el rey, dirigido por el almirante y el condestable de Castilla. Pintura de Manuel Picolo, siglo XIX. Colección particular, Madrid.

El 23 de abril de 1521, Padilla se retira a Toro con las esperanza de recibir refuerzos. Sus hombres caminaron con orden hasta llegar cerca de Villalar donde una intensa lluvia les impidió avanzar, y donde la caballería imperial les alcanzó y desbarató al ejército comunero. Muchos huyeron sin presentar batalla, no así Padilla que, como recuerda Santa Cruz, “mostró ánimo de vencedor y no de vencido”. Al día siguiente, 24 de abril de 1521, era degollado en Villalar junto con Bravo y Maldonado.


El cronista Pedro Mejía dijo de la batalla de Villalar que “fueron muertos de los comuneros casi quinientos hombres y no más porque los señores usaron con los vencidos de misericordia”

Los cronistas refieren que camino al cadalso el pregonero dijo que morían por traidores y que Bravo contestó que mentía él y aun quien se lo mandaba decir, que no eran traidores, sino “defensores de las libertades del Reino”. Padilla pidió a Bravo que se calmase, diciéndole que ayer habían “peleado como caballeros” y hoy debían “morir como cristianos”.

Sus muertes fueron muy lloradas en Castilla. Hombres y mujeres de todos los sectores sociales se estremecieron en Toledo con la muerte de Padilla “como nunca por príncipe se hizo en el mundo”. Castilla veía consternada cómo concluían sus esperanzas en un gobierno que, como señala el cronista Sandoval, pensaba que la llevaría a “siglos floridos”. 

Después de la ejecución de los tres principales líderes de la revuelta comunera, Carlos I indultó a los demás. Fue el 1 de octubre de 1522 y el documento se conserva en el Ayuntamiento de Toledo.


Estatua de Juan Bravo levantada en Segovia, ciudad a la que alzó en armas contra el procurador Rodrigo de Tordesillas, por haber votado en favor del rey Carlos en las Cortes de la Coruña. Fue la primera rebelión del movimiento comunero.

GEOGRAFÍA DE LA REBELIÓN
La revuelta de las Comunidades, que se extendió desde 1520 hasta 1522, tuvo como escenario un espacio bastante delimitado del reino de Castilla: la meseta castellana en la zona situada al norte del río Tajo, con la única excepción de Murcia. Además de ésta, formaban parte de la Junta Santa comunera las ciudades de León, Burgos, Zamora, Valladolid, Toro, Tordesillas, Soria, Salamanca, Segovia, Ávila, Madrid, Guadalajara, Cuenca y Toledo, siendo ésta la que llevaba la iniciativa a través del liderazgo de Padilla. Las batallas decisivas tuvieron lugar también en el área citada; las de Torrelobatón, Tordesillas y Villalar. 

El sur, especialmente Andalucía, quedó al margen de la rebelión e incluso formó en enero de 1521 la Liga de la Rambla, constituida para contrarrestar los intentos de penetración comunera al sur de Sierra Morena. Córdoba, Sevilla, Jaén, Jerez, Ronda, Carmona y Antequera eran algunas de las ciudades que formaron parte de ella, renovando su juramento de fidelidad a Carlos I y a sus virreyes.


Cerca de Villalar, en la provincia de Valladolid, tuvo lugar una cruenta batalla que significó el fin de la Junta Santa. En la plaza de esta localidad, que en 1932 tomó el nombre de Villalar de los Comuneros, fueron decapitados Bravo, Padilla y Maldonado. Y aquí se erigió el monolito que muestra esta imagen en conmemoración de tales hechos.


MARÍA PACHECO, LA ESPOSA DE PADILLA
Mientras su marido combatía a las tropas realistas en los campos vallisoletanos, María gobernó en solitario Toledo hasta la llegada del obispo Antonio de Acuña, con quien no congenió. Tras la derrota de Villalar en abril de 1521, las ciudades comuneras abandonan las armas y van pactando su rendición, de manera que a mediados de ese año sólo Toledo se mantenía en rebeldía. Y así permaneció hasta el 3 de febrero de 1522. Durante este tiempo, doña María Pacheco, viuda ya de Padilla, dirigirá la resistencia en la villa tratando de reivindicar la figura de su marido y defendiendo la causa comunera en un momento en que muchos sólo pensaban en someterse. 


María Pacheco pertenecía a la alta nobleza, estaba vinculada a los Mendoza y los Villena, y era hija de don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla y reputado humanista.

María desplegó entonces una frenética actividad para mantener la resistencia frente a las tropas del prior de San Juan, que sitió la ciudad al mando de los ejércitos del emperador. Pasaba revista a las tropas, las arengaba y pagaba con su dinero a los soldados. Cuando agotó sus pertenencias, saqueó el sagrario de la catedral para coger la plata que allí había, y, “con tanto coraje como si fuese un capitán cursado en las armas, que por esto la llamaron la mujer valerosa… tomó las cruces por banderas, y para mover a compasión traía a su hijo en una mula, y con una loba o capuz de luto iba por las calles de la ciudad y llevaba pintado en un pendón a su marido Juan de Padilla, degollado”. Para mantener el orden, llegó a apuntar los cañones del alcázar contra quienes querían entregar la plaza a las tropas reales. Acordaron entonces los gobernadores acceder a algunas demandas de los sublevados por no alargar el inútil asedio.


Maria Pacheco recibe la noticia de la muerte de su esposo, el jefe comunero Padilla. Tras la caída de Toledo, doña María se exilió a Portugal, donde murió. Óleo por Vicente Borrás. Universidad de Barcelona.

Sin embargo, las referencias que de ella hacen los cronistas son, por lo general, negativas. En esos relatos se trata de desdibujar la figura de Padilla afirmando que era María la que llevaba la iniciativa en las determinaciones de su marido; así, el humanista Pedro Mártir de Anglería asegura que era “el marido de su marido”. Hay quien, como Fray Antonio de Guevara, le recuerda cuáles han de ser sus virtudes: “Suelen ser las mujeres naturalmente piadosas, y vos, señora, sois cruel; suelen ser mansas, y vos brava; suelen ser pacíficas, y vos sois revoltosa; y suelen ser cobardes, y vos sois atrevida”. 


En todos los casos se percibe el rechazo hacia una mujer que trasgrede las normas que la sociedad impone a su sexo acaudillando la resistencia de Toledo.

Condenada a muerte en rebeldía, se exilió a Portugal donde  mantuvo vivo el sueño de la España que no pudo ser, una España continuista de la monarquía de Isabel la Católica que se vio truncada por el confinamiento de Juana la Loca, a quien los comuneros intentaron convencer en vano para que asumiera el poder frente a su hijo, el extranjero Carlos de Gante. Allí encontró refugio y ayuda primero del arzobispo de Braga, y luego del obispo de Oporto y capellán mayor de la emperatriz Isabel. Falleció en Oporto de un dolor de costado en el mes de marzo de 1531, sin haber solicitado el perdón real

El famoso impresor veneciano Pablo Manucio dijo que “en ella tan bien se unen, como en su hermano, las virtudes bélicas y las dotes literarias, ya que ha escrito obras dignas de figurar al lado de las mejores que dejaron los antiguos”. La pasión, tan cervantina, por las armas y las letras, halló en ella expresión tan cabal como insólita por su condición femenina.


Carlos I retratado por Tiziano hacia 1532. En 1519 el joven rey sucedió a su abuelo Maximiliano I como emperador. Museo del Prado, Madrid.


EL JUICIO DE LA HISTORIA
En tiempos de Carlos V y Felipe II los cronistas encargados de exaltar la trayectoria imperial, condenaron la rebelión comunera, aunque suelen justificarla por la actuación de los consejeros flamencos. A veces, en esos relatos, determinados líderes comuneros como Padilla son personajes de enorme dignidad y grandeza heroica, cuyas intenciones eran atinadas, aunque los medios fueran equivocados. Más adelante, el padre Mariana señalará la codicia de los flamencos y la pérdida de libertades, como principales razones de la revuelta, poniendo estas afirmaciones en boca de los rebeldes. 


Pero la llegada de la Ilustración trajo otras interpretaciones. Así, para Jovellanos “la causa de la nación fue vencida por la intriga y la fuerza, pero su razón no pudo serlo”. Desde entonces se destacará la faceta heroica de las Comunidades: sus dirigentes fueron hombres que lucharon por un ideal hasta la muerte, y la ejecución de sus líderes devino en motivo de inspiración artística. Incluso en el período absolutista del siglo XIX, las sociedades secretas mantienen su recuerdo en asociaciones como “Los hijos de Padilla”.

Fuentes:
- Absolutismo y comunidad. P. Sánchez León, SIGLO XXI, Madrid, 1998
- Los comuneros. J. Pérez. La Esfera de los Libros, Madrid, 2001
- La comunera: María Pacheco. T. Martínez de Lezea. Maeva, Madrid, 2004
- www.artehistoria.com/


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