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MUNDO ANIMAL. "Laika", la perrita del espacio


Hace exactamente 60 años, un ser vivo dejó, por primera vez, el planeta Tierra rumbo al espacio: la perra Laika, lanzada en el satélite ruso Sputnik 2 el 3 de noviembre de 1957.  Apenas un mes después de sorprender al mundo con el lanzamiento del Sputnik, el primer satélite artificial, la URSS volvía a asombrar a la opinión pública internacional. En esta ocasión, el nuevo satélite, el Sputnik-2, tendría un pasajero a bordo: una perra llamada Laika. Su misión espolearía a los estadounidenses, que comprendieron que sus rivales en el espacio lanzarían muy pronto un hombre hacia la órbita.

El sueño de los antiguos pioneros de la astronáutica siempre había sido la conquista humana del cosmos. Se imaginaban a menudo tripulando futuristas naves espaciales y volando muy lejos de nuestro planeta. Aunque el satélite artificial automático era también un objetivo crucial, el envío de seres vivos más allá de la atmósfera era una meta ineludible para ellos.

Pero el espacio es un lugar inhóspito y peligroso para la biología. Reinan en él condiciones extremas de temperatura, presión y radiación. Un paraje muy distinto al paraíso que nos ha visto crecer. Los viajeros espaciales deberían ser protegidos, y sus vehículos disponer de un diseño adecuado. A pesar de todo, antes de arriesgar la vida de un ser humano en un vuelo tan atrevido, se haría necesario ensayar las técnicas ideadas para superar tales dificultades, y nada mejor para ello que utilizar animales en viajes experimentales.

Desde que la cohetería alcanzó el nivel de desarrollo adecuado, a principios de la década de 1950, científicos e ingenieros empezaron a diseñar pequeñas cápsulas que permitirían lanzar y recuperar (con suerte) a animales que, experimentando los rigores del espacio, debían demostrar que el camino era lo bastante seguro para los futuros astronautas.

Grupos de defensa de los derechos de los animales protestaron después de la muerte de Laika (Getty Images).

El botín misilístico alemán de la Segunda Guerra Mundial, que cayó en manos tanto soviéticas como estadounidenses, fue un buen punto de partida para el programa de exploración espacial con animales. Los americanos optaron sobre todo por utilizar monos, mientras que los soviéticos eligieron principalmente perros.

La copia soviética de la V-2, el cohete llamado R-1, fue modificado para llevar a bordo cápsulas o contenedores recuperables equipados con paracaídas. En su interior colocarían a los perros, decisión tomada en diciembre de 1950 dada la experiencia que tenían sus científicos en el uso de esta especie para investigaciones diversas. Dichos perros estarían adiestrados para soportar las condiciones de un viaje parabólico y de alta aceleración. Así, el 22 de julio de 1951 despegó uno de estos cohetes desde la base de Kapustin Yar, llevando con él a dos perros, Tsygan y Dezik, que pudieron aterrizar sin daños. Se da el caso que Tsygan, por su valor histórico, fue retirado del servicio cuando su compañero Dezik murió junto a la perra Lisa unos días después, al fallar su paracaídas.

"Elegíamos perras porque no tienen que levantar una pierna para orinar, lo que significa que necesitan menos espacio que los machos", declaró la bióloga rusa de 90 años Adilia Kotóvskaya, que participaba en el programa del desarrollo del vuelo, a Phys.org.

Esta primera serie de vuelos biológicos, que alcanzaban 100 km de altitud y proporcionaban unos 3 minutos de ingravidez, se prolongó a lo largo de seis misiones que se saldaron con cuatro perros muertos (de nueve). Siguió después una segunda serie, en verano de 1954, que utilizó cohetes más potentes, y estos incluían cápsulas herméticas y trajes para los canes. El 16 de mayo de 1957 se introdujo otro vector que alcanzaba mayor altitud, el R-2A, que llevó a los perros Ryzhata y Damka hasta el umbral del espacio. Se realizaron cuatro vuelos, con solo un fracaso.

Tras superar las duras pruebas a las que fue sometida, Laika fue la elegida para morir en el espacio y entrar en la historia. Así viajaría Laika al espacio. (Foto: Roskosmos)
En octubre de 1957, la URSS lanzaba el Sputnik-1 y descubría el inmenso valor propagandístico de los viajes espaciales. Deseoso de capitalizar ese potencial, que encumbraba a su nación, Nikita Jrushchov ordenó la inmediata realización de una nueva primicia, a tiempo de celebrar la Revolución Soviética en noviembre. Con solo un mes por delante, los ingenieros responsables de la gesta del Sputnik, encabezados por Serguéi Koroliov, fueron llamados de su retiro vacacional para improvisar una misión que empleara los elementos disponibles en ese momento. En vez de repetir el vuelo del Sputnik, se efectuaría una variación: se incluiría un pasajero a bordo.

El plan sería muy sencillo: se unirían en una estructura portante una cápsula para perros, como las utilizadas durante los vuelos suborbitales anteriores, y una copia del Sputnik, aportando los sistemas necesarios para su funcionamiento. En cuanto al tripulante canino, se eligió a la perrita Laika (“ladradora”), nacida en 1954, de raza mestiza y recogida en las calles moscovitas. Supuestamente acostumbrada al frío y a la carencia de alimentos, sería perfecta para soportar su viaje espacial. Adiestrada junto a otros dos perros para aguantar muchas horas sin quejarse en el interior de una cápsula cerrada, fue finalmente elegida por su carácter tranquilo.

El Sputnik-2, con Laika en su interior, despegó a las 02:30 UTC del 3 de noviembre. Su vehículo no estaba diseñado para ser recuperado, así que el animal debería morir en beneficio de la ciencia. A pesar de todo, fue dotado con un sistema de protección térmica para facilitar la prolongación de su misión en órbita. Por desgracia, un fallo técnico impidió la separación del satélite respecto a su cohete, y dicho sistema no pudo actuar correctamente, provocando el sobrecalentamiento de la cápsula, que alcanzó más de 40 grados en su interior. Estas condiciones acabaron matando a Laika mucho antes de lo previsto, horas después del lanzamiento.

Hasta ese momento diversos sensores hicieron un seguimiento de las constantes vitales de la perrita, que demostraron que un cuerpo vivo podía resistir en el medio ambiente espacial y que en el futuro un hombre podría también realizar ese viaje. Laika comió y ladró, pero, condenada, acabaría convirtiéndose en una mártir de la causa.

El aparato propagandístico soviético anunció que Laika había muerto asfixiada al agotarse el oxígeno, es decir, sin sufrir. Y aunque ello ya supuso las quejas de numerosos grupos de protección de animales, la realidad fue que su muerte poco tuvo que ver con eso.

El Sputnik-2, de 508 kg de peso, acabó destruyéndose en la atmósfera terrestre el 13 de abril de 1958. Laika pasó a la historia, pero eso no consoló a sus cuidadores. Oleg Gazenko, su entrenador, dijo en 1998: “No deberíamos haberlo hecho. No aprendimos lo suficiente de la misión como para justificar la muerte de la perra”. En la actualidad, probablemente continúe siendo el animal más famoso de la historia. 

Fuente: NCYT Amazings/Manuel Montes




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