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HISTORIA. Hernán Cortés, héroe o villano


Hernán Cortés era un hombre de gran convicción en su idea de conquista, su ansia de dominio, su hambre extrema, su ánimo y su gran lucidez. Un gran estratega para la batalla, ambicioso, persuasivo y astuto para la negociación con las tribus descontentas Investigó a fondo a sus enemigos y los combatió con sus mismas armas, aliándose con los pueblos hartos del oneroso yugo mexica.


Se aprovechó de un confundido Moctezuma, acreditando un coraje valeroso y un concepto de la estrategia nunca visto en aquellas tierras. Además, Cortés se vio favorecido por una accidental epidemia de viruela que resultó catastrófica para los mexica. Cortés era un táctico de la política y pensaba que la conquista militar debía ser justificada con la espiritual. El y sus hombres, a los que llamaba la Sagrada Compañía, fueron a hacer fortuna acompañados de sus credos religiosos. Enardeció a sus hombres a través de ideas como El Dorado, la Atlántida, la Fuente de la Juventud, la Ciudad del Oro, para hacerlos invictos y empujarles a seguir adelante.


Al entrar en Tenochtitlán, Cortés quedó admirado por el sistema de calles y canales de la ciudad. En sus Cartas de relación notaba que para atravesar los canales había multitud de puentes, algunos “muy anchos y con grandes vigas juntas y recias, y por ellos pueden pasar diez a caballo juntos”. Pero Cortés también se dio cuenta del peligro que corrían de quedar encerrados: “Quitados los puentes de las entradas y salidas, nos podrían dejar morir de hambre”. De ahí que en la Noche Triste llevaran un pontón portátil para que hombres, caballos y equipaje cruzaran las cortaduras.
Cortés cimentó su conquista como lo hacen todos los imperios conocidos, mediante la violencia, la devastación, el engaño y el saqueo, e imponiendo sus dioses, sus lenguas, sus costumbres y sus coronas. Los españoles llegaron a México con las alforjas vacías, muertos de hambre, y con el deseo de volver a su patria ricos para no trabajar más para un enjambre de zánganos improductivos formados por legiones de frailes, curas, hidalgos y nobles que los esquilmaban desde la cuna. Los más eran aventureros, soldados de fortuna, rufianes sentenciados, y hasta carne de horca, y claro está, con la ambición en el filo de sus espadas.


"Prendimiento de Moctezuma por Hernán Cortés", (1783-1800), óleo anónimo. MUSEO DE AMÉRICA
Cortés logró que sus hombres poseyeran una apetencia insaciable, un orgullo que allanaba montañas y una valentía indomable. Virtudes decisivas ante un enemigo cien veces más nutrido que el suyo pero sin fe y que parecía no jugarse sus tierras y su memoria. Moctezuma podría haber borrado el recuerdo de la llegada de los españoles con una sola orden, pero no lo hizo, le faltó decisión. 

Atrapado por su destino se escondió tras su máscara de majestad y decidió quedar atrapado en el interior de su mente. Hombre religioso, creía tener ante sí a los hijos de Quetzalcóalt. Cuando reparó en su error, ya era demasiado tarde. En menos de dos años, 1519-1521, la civilización mexica se iba a diluir como se diluye un terrón de azúcar en una taza de chocolate caliente.


Momento en que Cortés, dueño de la capital azteca, hace prisionero a su último soberano, Cuauhtémoc. Óleo de Carlos María Esquivel (1856). Museo de Bellas Artes, Zaragoza.
Utilizó las letras para publicitarse y, entre 1519 y 1521, escribió las Cartas de relación, un conjunto de informes dirigidos al emperador Carlos V en los que relataba la conquista de México y explicaba cómo había gobernado luego el país, justificando sus acciones y su proyecto político. Así logró que su visión quedase como la versión oficial de lo acontecido en tierras americanas, forjándose una imagen de héroe renacentista, culto, brillante en la guerra, llamado por Dios y su rey a una misión irrenunciable y que debería ser imitado. Mostraba, además, su intención de fundar un nuevo mundo mestizo.

Aunque en 1527 la Corona lo apartó del gobierno de las tierras conquistadas, él dejaba un relato que miraba a la eternidad. Por si su escritura no fuera suficiente, pagó a López de Gómara para que escribiera una Crónica de la conquista de Nueva España, en la que resaltaba su liderazgo y protagonismo. Incluso Bernal Díaz del Castillo, que reaccionó ante los relatos hagiográficos y personalistas de Cortés con una crónica mucho más coral, no pudo negar su admiración, y con frecuencia calificó a Cortés con superlativos, llamándole héroe.


Escudo de Armas de Hernán Cortés concedido por Carlos V en 1524, en reconocimiento por la conquista de México.

Un buen ejemplo de cómo se construyó la leyenda de Cortés lo ofrece el conocido relato de la quema de los barcos. Quema que jamás existió. En 1519, cuando alcanzó la costa de Veracruz para emprender la conquista del imperio azteca-mexica, los barcos con los que partió de Cuba estaban en tan mal estado que sólo tres de los diez que zarparon podían ser conservados para futuras navegaciones. Cortés tomó la decisión de desguazarlos, con lo que se cerraban las posibilidades de regresar para quienes no deseasen continuar el avance hacia la capital azteca. Con los tablazones, jarcias y aparejo de los barcos se construirían los bergantines que tan decisivos fueron en la toma de Tenochtitlán en agosto de 1521.


Tras partir de Cuba, Hernán Cortés recorrió la costa de Yucatán hasta que desembarcó y fundó la ciudad de Veracruz. Atraído por las noticias de una poderosa civilización que albergaba enormes riquezas, penetró con sus hombres en el interior del actual México hasta llegar a Tenochtitlán, la impresionante capital lacustre del Imperio azteca.
Cortés dio muestras de liderazgo y un gran dominio de sus hombres en momentos difíciles. Se supo rodear de experimentados militares y se dejó aconsejar por ellos. Poseía una gran capacidad negociadora, como demostró en sus tratos con los indígenas descontentos por los onerosos tributos, servicios militares y entrega forzosa de esclavos vírgenes que les imponían los soberanos aztecas. Así, llegó a pactos con tribus totonacas, tlaxcaltecas, cholutecas y una multitud de pueblos y tribus hastiados de la brutalidad de los mexicas.


El Jefe Maya ZINGARI presenta su hermana a Hernán Cortés. Grabado. Museo de América, Madrid.
El propio Moctezuma, emperador de un vasto imperio, creyó que los españoles confirmaban el regreso de Quetzalcóatl, la gran divinidad de los aztecas. Cortés aprovechó esa parálisis indígena para entrar en la capital y dominar al emperador, comportándose como el nuevo dios, anunciando el fin de una era.



DOTES DE SEDUCCIÓN
Hernán Cortés era un seductor nato; de mujeres y de hombres. Un ejemplo es el de Doña Marina, la Malinche, una joven indígena que le sirvió de intérprete y se convirtió en su amante, y a la que casó más tarde con uno de sus soldados. En la gran mansión de Cuernavaca, Cortés llegó a tener un harén de cuarenta mujeres (nodrizas, criadas, damas de compañía), tanto indígenas como españolas, con las que mantenía relaciones sexuales de forma indiscriminada. Todas convivían con su segunda mujer, Juana de Arellano y Zúñiga, a la que solo veía para hacerle hijos, y a la que dejó abandonada en 1539 cuando viajó a España.

Por otro lado, tras ahorcar en la selva hondureña a Cuauhtémoc, el último soberano azteca, en 1525, se amancebó con su mujer, Tecuichpo, la convirtió en su amante y en la madre de uno de sus múltiples hijos ilegítimos, Leonor Moctezuma Cortés. Luego se olvidó de ella para siempre.


“En las guerras de regularmente libraban los mexicas y sus aliados no era costumbre aniquilar a los enemigos, sino que el objetivo era hacer prisioneros que posteriomente serían sacrificados a los dioses en el Gran Templo.


Pintura del siglo XVII que recrea el encuentro entre Moctezuma y Cortés a su llegada a Tenochtitlán. Washignton

CRUELDADES Y MENTIRAS
Como todo hombre ambiciosos, Cortés fue egoísta, cruel y traicionero. No le tembló la mano para eliminar a sus enemigos, como descubrieron a su pesar Diego Cermeño y Juan Escudero, partidarios del gobernador Velázquez, a los que hizo ahorcar poco después de desembarcar en Veracruz.

Es cierto que Cortés cometió excesos con los nativos y que permitió algunas matanzas, como la de Cholula en la que murieron más de 5.000 nativos por supuesta traición al acuerdo de colaboración con los españoles. Tras la huida de la Noche Triste, Cortés decidió mostrarse implacable castigando la rebeldía de las indígenas de Tepeaca, y destruyendo e incendiando, innecesariamente, la hermosa Tenochtitlán.


EL PALACIO DE HERNÁN CORTÉS. Mansión de Cuernavaca en la que vivió Cortés durante sus últimos años en México.
No recompensó a muchos de sus hombres como debía ni reconoció sus méritos. Del mismo modo, utilizó para sus propios intereses a los jefes nativos, a los que sometió a cambio de riquezas y promesas que, por lo general,  incumplió.

Resistente y con gran capacidad de improvisación, Cortés hacía siempre de la necesidad virtud y extraía el lado más positivo de las circunstancias, por desfavorables que fueran. Puso el mismo entusiasmo en todas las empresas que acometió en su vida, y fue este señalado optimismo vital lo que le permitió encarar sus fracasos con desparpajo y fe.


Casi la totalidad del tesoro saqueado a Moctezuma se perdió en la Noche Triste. Tras tomar la capital azteca, los esfuerzos castellanos por encontrar el oro que suponían escondido en el lago fueron en vano. En la imagen, colgante de oro realizado por artesanos mixtecas, que representa a un personaje con un bastón y un escudo. Museo Británico, Londres.

GOBERNANTE FRUSTRADO
Durante varios años, Cortés se lanzó a la empresa de construir un México castellanizado y católico, pero también con rasgos muy claros de su esencia indígena. No deseaba reproducir la sociedad y la cultura de la que procedía, sino crear un nuevo mundo con lo mejor de las culturas nativas y española. Desde el primer momento se preocupó por la construcción de ese territorio mestizo. El 15 de octubre de 1522, el emperador Carlos envió una carta a Hernán Cortés en la que lo reconocía como gobernador y capitán general de Nueva España.

El Imperio azteca del siglo XVI estaba formado por una Triple Alianza entre los mexicas de Tenochtitlán y los pueblos aliados de Texcoco y Tlacopan, ciudades herederas de los toltecas y conquistadoras del Valle de México (Anáhuac). Una vez derrotada esta alianza, logró que la mayoría de los jefes y caciques indígenas colaborasen de forma pacífica y voluntaria en el gobierno. Con su ayuda fundó ciudades, restauró caminos, exploró nuevos territorios, inició la agricultura y la ganadería intensivas, y creó una nueva organización administrativa.


CONQUISTA DE TENOCHTITLÁN. Ilustración de la Historia de las indias de Nueva España y Islas de Tierra Firme, de Diego Durán. Década de 1570.
En 1528, enemistado con los funcionarios reales, Cortés regresó a España para dar explicaciones a Carlos V y la justicia. Se le nombró marqués del Valle, pero embargaron sus bienes y se le apartó del gobierno de los territorios conquistados. Dos años después, regresó a México, pero sin cargo alguno. Se instaló en Cuernavaca y comenzó una nueva vida de empresario y explorador.


“Impresionado por la vitalidad de la sociedad azteca, Cortés no quiso que los españoles constituyeran una casta cerrada de dominadores, como había ocurrido en La Española y Cuba. Por ello, favoreció la unión de sus hombres con mujeres indígenas y se opuso todo lo que pudo a la llegada de europeos. Su modelo de sociedad mestiza era muy diferente de la criolla, que finalmente triunfaría.

Era rico, pero carecía de liquidez. Se convirtió en un incansable hombre de negocios, ya fuesen inmobiliarios, agrícolas, ganaderos o mineros. Pensó en explorar el Pacífico con el propósito de llegar a China y las Molucas, trazar nuevas rutas comerciales y encontrar el paso hacia el Atlántico Norte. Pero todas sus singladuras acabaron mal. Decepcionado, y sintiéndose obstruido por el virrey Antonio de Mendoza, regresó a España en 1540 para buscar el apoyo del emperador.

Sus últimos años fueron una lucha desesperada e inútil por obtener justicia y el reconocimiento debido por los servicios prestados a la Corona; “mi trabajo aprovechó para mi contentamiento de haber hecho el deber, y no para conseguir el efecto de él, pues no sólo no se me siguió reposos a la vejez, mas trabajo hasta la muerte”, escribió en su última carta a Carlos V. Quiso emprender un último viaje a México, pero falleció en Sevilla en 1544, a los 62 años.


“Los méxicas de Tenochtitlán llamaban a Cortés, el Señor Blanco, y a los españoles, los Hijos del Sol o teotl-teules. Los méxicas creían que los españoles encarnaban el profetizado retorno de Quetzalcóalt, el dios guerrero, y consideraban a Cortés su reencarnación tratándole como el Dios Blanco.

LA NOCHE TRISTE
En mayo de 1520, Cortés tuvo que abandonar la ciudad con sus tropas para hacer frente a un ejército de 1.500 compatriotas llegado de Cuba al mando de Pánfilo de Narváez, que tenía la orden de detenerlo y castigar su rebeldía por no someterse a los mandatos del gobernador de la isla, Diego Velázquez. Atrás dejaba, en el palacio de Axayácatl, a una pequeña guarnición de 120 soldados al mando de su lugarteniente, Pedro de Alvarado. Cortés lograría una rápida y fulgurante victora sobre las tropas de Narváez en Cempoala, pero tuvo que regresar de forma apresurada a Tenochtitlán ante las noticias de una sublevación indígena.


 Alvarado provocó la rebelión mexica tras una matanza de nobles y sacerdotes aztecas en el templo Mayor durante la fiesta de Toxcatl. En la imagen, las ruinas del templo en la actual Ciudad de México.
Partió con medio millar de hombres hacia territorio amigo de Tlaxcala, donde añadió 2.000 soldados nativos a su tropa y entró en la capital azteca el 24 de junio, bajo una tregua de luto. Moctezuna, instigado por los españoles, trató de apaciguar los ánimos de su pueblo, pero solo logró el efecto contrario. Herido por un impacto, el emperador azteca murió al cabo de cuatro días, aunque otras versiones sostienen que fue ejecutado por los españoles.


LA NOCHE TRISTE. La evacuación de Tenochtitlán en junio de 1520 se convirtió en la mayor derrota española en territorio americano. Óleo del siglo XVII. Biblioteca del Congreso, Washington.
Acorralados, sitiados y sin alimentos, a los españoles sólo les quedaba la huida a pesar de la resistencia de Cortés. Ante la insistencia de sus hombres, Cortés dio la orden de prepararse para huir de noche siguiendo una calzada que salía en dirección oeste, atravesando la laguna hacia la población de Tacuba, ya en tierra firme. Era el atardecer del 30 de junio de 1520 y una intensa granizada caía sobre Tenochtitlán.


Cuchillo de sacrificio azteca con mango en forma de águila.
La comitiva la encabezaban a caballo los capitanes Gonzalo de Sandoval y Antonio de Quiñones, al frente de veinte caballeros y doscientos infantes. En medio de la columna, un centenar de hombres con un puente portátil, el propio Cortés y sus mejores capitanes, una treintena de rodeleros y trescientos aliados tlaxcaltecas. Cerraban la marcha, Pedro de Alvarado y Vázquez de León con un escuadrón bien armado que portaba el quinto real (el oro destinado al rey español), la documentación y el botín.

Una procesión de tales dimensiones fue rápidamente advertida por los nativos que, haciendo sonar tambores de guerra, llamaron a los soldados mexicas al combate, en canoas hasta el canal principal donde rodear a las tropas españolas. La lucha fue feroz. La ciudad entera se puso en alerta y la noche devino en sangre. Los ataques nativos acorralaron a los españoles en diversos puntos, perdiendo caballos y cañones.


Bajo el árbol de Tacuba, 'La Noche Triste de Hernán Cortés', óleo de Manuel Ramírez, 1890. Museo Provincial de Bellas Artes de Badajoz
Antes del amanecer, los supervivientes alcanzaron Tacuba. La tragedia se había consumado. La Noche Triste, como la denominó el cronista Francisco López de Gómara, fue la mayor derrota sufrida por España durante toda la conquista de América. Murieron cerca de trescientos españoles, y al menos otros doscientos murieron en los siguientes días, más de dos mil indígenas aliados y buena parte del séquito de la familia real y la nobleza mexica que los acompañaba, así como la mayoría de mujeres y hombres del servicio. Los que quedaron atrapados dentro de la capital se refugiaron en el templo Mayor y fueron sacrificados a los dioses al cabo de tres días de resistencia inútil.


LA PIRÁMIDE CHOLULA. Cortés acusó de traición a los habitantes de Cholula y convocó a sus líderes en el patio del templo de Quetzalcóatl, situado en el lado oeste de la Gran Pirámide (en la imagen), donde ordenó masacrarlos.
Se perdió buena parte de la impedimenta militar, medio centenar de caballos y las piezas de artillería. Los aztecas recuperaron el botín robado y asesinaron a cuanto español encontraron en los territorios que controlaban. Un balance de escalofrío. Pero los aztecas no persiguieron a Cortés y los suyos, perdiendo la oportunidad de aniquilar definitivamente a los extranjeros.

Cortés reorganizó su tropa, buscó a sus aliados tlaxcaltecas y rehízo un ejército de algo más de trescientos españoles y dos millares de nativos. En una semana estaba listo para enfrentarse de nuevo a los centenares de batallones aztecas, desorganizados, confusos e indecisos.


LA BATALLA DE OTUMBA. El uso de la caballería fue fundamental en la victoria española frente a los aztecas en la batalla de Otumba. Óleo, Palacio Real de Madrid
En la llanura de Otumba, el 7 de julio, los mexicas se desplegaron como si realizasen un alarde de victoria. Cortés atacó de frente, mató al general enemigo, capturó el estandarte y provocó la desbandada y el caos nativo. En apenas una semana tras la Noche Triste, Otumba cambió la historia de México. Los españoles, sin perder un solo hombre, derrotaron al mayor ejército jamás formado en Mesoamérica. Aquel día dejaron de ser una banda de desahuciados y se convirtieron en una fuerza conquistadora que un año después arrasaría Tenochtitlán y finiquitaría al Imperio azteca.


Hijo y nieto de reyes, Cuauhtémoc tuvo una corta y azarosa existencia. Nació en Tenochtitlán en los últimos años del siglo XV, en un día que coincidió con un eclipse solar, preludio de un sino fatal que los sacerdotes confirmaron al darle el nombre de Cuauhtémoc, "águila que desciende". Cuauhtémoc y su primo, el gobernante de Tacuba, son torturados por Hernán Cortés. Óleo por Leandro Izaguirre. 1893. Museo Nacional de Arte, México D.F.

Para saber más:
- Juan Miralles. Hernán Cortés: inventor de México. Tusquets, 2001.
- Hugh Thomas. La conquista de México. Planeta Ed., 2007.
- Salvador de Madariaga. Hernán Cortés. Austral, 1986.
- Christian Duverger. Hernán Cortés, más allá de la leyenda. Taurus, 2013.
- Morgan Scott. Los Hijos del Sol. Ediciones B, 2019.

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