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HISTORIA. Madrid, 2 de Mayo de 1808



A principios de 1808 toda España iba cayendo bajo el control de las tropas de Napoleón. La capital misma había sido ocupada. Hasta que el pueblo de Madrid se alzó contra el invasor en una revuelta desesperada que dio origen a una larga guerra por la independencia de España.


JORNADA DRAMÁTICA
Aquel lunes 2 de mayo de 1808, al levantarse el día, la inquietud reinaba en Madrid. Hacía ya más de un mes que la ciudad estaba ocupada por las tropas francesas comandadas por el mariscal Murat, uno de los generales de confianza de Napoleón. La presencia francesa en España se había justificado como una operación de paso hacia Portugal, pero, después de que los franceses tomaran el control militar de plazas como Barcelona y Pamplona, todo el mundo empezaba a pensar que los planes de Napoleón iban más lejos. Sobre todo desde que el emperador logró persuadir a Fernando VII de que acudiera a entrevistarse con él a Bayona, donde lo mantenía retenido.


Los últimos miembros de la familia real española debían partir a Francia el 2 de mayo por la mañana, pero la revuelta popular lo impidió.

Eso sucedió a mediados de abril. Madrid, y toda España, quedó entonces en un vacío de poder inquietante, bajo la débil autoridad de una Junta de Gobierno presidida por el infante Antonio de Borbón, tío del rey, que no era más que una marioneta en manos del ocupante francés. Los incidentes entre españoles y franceses se hacían cada vez más frecuentes. Sólo faltaba una chispa para que se produjera el estallido general. Y ésta se produjo cuando Napoleón ordenó trasladar a Francia al resto de la familia real española.


FAMILIA de Carlos IV, con la reina María Luisa dando la mano al infante Francisco de Paula. Francisco Goya, 1801. Museo del Prado (Madrid).

“¡QUE SE LOS LLEVAN!”
El mariscal Murat llevaba días presionando a la Junta de Gobierno para que aceptase ese traslado. Finalmente, el 1 de mayo la Junta claudicó y ordenó la marcha de los dos últimos hijos de Carlos IV que aún se encontraban en el Palacio Real para el día siguiente. La partida se programó para primera hora de la mañana. Sobre las 8.30 subía a su carruaje una de las hermanas de Fernando VII, doña María Luisa, reina viuda de Etruria. Nadie se molestó por la marcha de esta figura poco querida por el pueblo. No ocurrió lo mismo cuando le llegó el turno al infante don Francisco de Paula, el menor de los hijos de Carlos IV, que gozaba de mayor simpatía. Fue entonces cuando una turba compuesta por unas 60 personas entró en Palacio para impedir su marcha. Su cabecilla, un tal José Blas Molina, cerrajero real y leal partidario de Fernando VII, consiguió llegar hasta el mismo infante, de 14 años de edad.

Desde el cercano palacio Grimaldi, Murat ordenó a su eficaz ayudante Auguste Lagrange que se acercara hasta Palacio para averiguar qué estaba pasando. En pocos minutos el oficial francés se personó ante la puerta del príncipe acompañado sólo por un edecán. Poco después, un grupo de granaderos franceses se situó en uno de los extremos de la plaza con la bayonetas caladas, lo que atizó aún más la ira de la gente. La tensión llegó a su extremo cuando un nuevo contingente de granaderos franceses se presentó como refuerzo.

La fuerza francesa alcanzaba el centenar de soldados, apoyados por dos baterías de cañones. Joachim Murat les había ordenado disolver aquella concentración por la fuerza, si fuera necesario. Y así lo hicieron. En un instante la metralla y las descargas de fusilería cayeron sobre una masa vociferante cuyas únicas armas eran sus navajas y sus manos, dejando la plaza de Palacio sembrada de muertos y heridos. Los primeros de aquel fatídico día.


Al conocer la matanza que las tropas francesas habían perpetrado ente el Palacio Real, todo francés que circulara por la ciudad se convirtió en blanco propicio para la ira popular.

Eran poco más de las 9 de la mañana, y la noticia de lo sucedido ante Palacio se difundió como un reguero de pólvora por las calles próximas. La sed de venganza se convirtió en un clamor unánime y dio lugar a una salvaje persecución contra los franceses.


FERNANDO VII en un retrato de 1814, a su regreso a España. Óleo por Francisco Goya. Museo del Prado. Madrid.

A LA CAZA DEL FRANCÉS
En aquellos momentos, en la ciudad estaban alojados unos 10.000 soldados franceses, a los que se sumaban otros 20.000 en las afueras. La ira del pueblo se concentró en soldados, oficiales y correos a caballo que se encontraban por las calles o salían de sus hospedajes en aquellas primeras horas para incorporarse a sus unidades. Sin posibilidad alguna de defenderse y paralizados por la sorpresa, los imperiales se vieron asaltados por una multitud incontrolable, que los acuchillaba y apedreaba hasta la muerte. El miedo se apoderó rápidamente de los soldados de Bonaparte. Muchos de ellos se las ingeniaron para escurrirse hasta llegar a sus destacamentos. Otros prefirieron buscar refugio en la ciudad a la espera de que los suyos vinieran a rescatarlos, armándose ante el temor de que alguien los reconociera o los delatara.

En los primeros compases de la revuelta, todo servía para atacar a las odiadas tropas de ocupación: desde las populares navajas hasta palos, aperos de labranza o enseres de albañilería, útiles domésticos o los que se guardaban en tiendas y talleres. Desde los balcones de las casas se arrojaban muebles, ladrillos y calderos llenos de agua hirviendo sobre los imperiales a caballo, lanzados a toda velocidad por las calles de Madrid.


Desde un primer momento, la revuelta del Dos de Mayo estuvo protagonizada por el pueblo llano, por los manolos o chisperos que daban el tono del paisaje humano del Madrid del siglo XVIII.

Las clases españolas  más acomodadas se mantuvieron al margen, y de hecho habían optado en buena medida por abandonar la ciudad durante los días previos, en previsión de lo que pudiera suceder. Los que se quedaron, a pesar de su desafección hacia las tropas napoleónicas, en no pocas ocasiones dieron protección a algunos soldados franceses. Temían más el desorden popular que el nuevo orden napoleónico.

A las 10 de la mañana, Madrid estaba entregada a la violencia. La Puerta del Sol se convirtió en uno de los principales escenarios del choque entre franceses y españoles. Para castigar los ataques contra sus soldados y tomar el control de la ciudad, Murat decidió enviar a sus mejores tropas. Mamelucos, coraceros, dragones, lanceros polacos y cazadores de la guardia imperial se lanzaron a caballo contra los grupos de españoles que se habían apostado en la plaza. No la pudieron tomar hasta después de hora y media de lucha, y no sin haber sufrido muchas bajas y haberla barrido con metralla.


Los madrileños insurrectos se dirigieron al parque de artillería de Monteleón en busca de armas para proseguir la lucha contra las tropas francesas.


(1) Al fondo se aprecian algunos edificios de la Puerta del Sol (como la iglesia del Buen Suceso, hoy desaparecida). Se cree que la escena se desarrolla en la Carrera de San Jerónimo. (2) Los mamelucos aparecen con su turbante y bombachas típicas. Uno de ellos es agarrado por detrás por un español, sobre el que otro mameluco se dispone a descargar un sable. (3) El comandante del destacamento francés, tocado con un morrión del ejército imperial, insta a sus hombres a emprender la huida por la Carrera de San Jerónimo hacia el Retiro. (4) Los españoles se sirven de sus manos (para sujetar los caballos y derribar a los enemigos), de puñales y sables. Como armas de fuego recurren a los trabucos y escopetas de caza. (5) Goya utiliza los colores para acentuar la expresividad del cuadro. El blanco del caballo y el rojo de las bombachas del mameluco caído sintetizan toda la violencia del choque.


LUCHA EN EL PARQUE DE ARTILLERÍA
El otro gran escenario del Dos de Mayo fue el parque de artillería de Monteleón, situado al norte de la ciudad. Unos días antes, en previsión de una escalada de violencia entre la población civil y los ocupantes, y ante el temor de que el ejército se sumara a los desórdenes, la Junta de Gobierno había ordenado limitar la munición de los soldados españoles que se encontraban acuartelados, así como clausurar los polvorines, a la vez que se les prohibía expresamente participar en cualquier asonada. Pese a ello, un grupo de artilleros, entre los que se encontraban Pedro Velarde y Luis Daoíz, habían fraguado un plan para levantar la ciudad mediAnte el reparto de armas y la captación de voluntarios. Pedro Velarde cometió el error de comunicarlo al ministro de la Guerra, Gonzalo O`Farril, que por encima de todo quería evitar cualquier riesgo de tumultos. Así, se decidió instalar retenes franceses en los principales depósitos de armas de la ciudad, como el que se encontraba precisamente en el parque de artillería de Monteleón.

Llegado el 2 de mayo, ante la brutal represión ordenada por Murat, el pueblo de Madrid, cegado por la sed de venganza, se dio cuenta de que no contaba con armas suficientes para proseguir la lucha. Muchos esperaban que el ejército español se sumara a la lucha pero, ante la pasividad obligada de los soldados, empezaron a concentrarse ante los cuarteles. Buena parte de los militares españoles simpatizaban con la revuelta, pero hubieron de cumplir órdenes y cerraron los portalones de acceso.

Viendo lo que estaba sucediendo, el capitán Pedro Velarde se dirigió al parque de Monteleón acompañado de unos pocos soldados y de un grupo de paisanos. Eran las 10 de la mañana cuando consiguió entrar en el cuartel. El capitán francés que estaba al mando ignoraba lo que estaba sucediendo y, en un momento dado, aprovechando el nerviosismo que cundía entre los soldados franceses, Velarde logró que éstos se rindieran. Al mando del destacamento español en el mismo cuartel se encontraba el capitán Luis Daoíz, quien, tras algunos momentos de vacilación, se dejó convencer por Velarde para unirse a la lucha. Daoíz ordenó abrir los portalones del parque e hizo que se distribuyeran armas de fuego a los insurrectos concentrados en el lugar. A continuación, todos se organizaron para defender el cuartel sabiendo que serían objetivo de las tropas napoleónicas.


UN MADRILEÑO se abalanza sobre un coracero francés. Óleo de Eugenio Álvarez Dumont, 1887. Museo del Prado. Madrid

REACCIÓN FRANCESA
Mientras tanto, Murat había decido abandonar su residencia junto al Palacio Real e instalarse en la montaña del Príncipe Pío, al oeste de la ciudad. El mariscal francés veía que sus correos tenían dificultades para moverse, sus hombres eran cazados como animales y su prestigio estaba siendo manchado por un grupo de civiles de baja estofa. Desde su llegada a la capital había previsto la eventualidad de un motín y, por ello, tenía 20.000 hombres acantonados fuera la ciudad, cerca de los principales accesos a Madrid. Tropas de infantería y de caballería.


Tras los primeros sucesos y, en apenas media hora, la mayoría de las columnas francesas ya habían accedido al interior de la ciudad, asegurando las comunicaciones sin grandes complicaciones. La mayor resistencia se planteó junto a la Puerta de Toledo donde medio millar de vecinos de los barrios de San Francisco y Lavapiés levantaron barricadas para frenar el avance de los coraceros franceses. El general Rigaud ordenó una carga de caballería pero los jinetes fueron recibidos por una lluvia de agua hirviendo arrojada desde los balcones; tirados al suelo por sus propios caballos, fueron rematados por una multitud que surgió tras las barricadas y las bocacalles más cercanas. Una pequeña victoria que, no obstante, no impidió que las tropas francesas tomasen la posición de la Puerta de Toledo.


FRANCISCO GOYA, TESTIGO DE EXCEPCIÓN. A principios de 1814, las Cortes se habían trasladado de Cádiz a Madrid y organizaron un concurso de pintura para conmemorar la revuelta del Dos de Mayo. Goya compuso varios cuadros. Los más célebres, Dos de Mayo, La carga de los Mamelucos, el Tres de Mayo o Los fusilamientos de la Moncloa. GOYA RETRATÓ UN INSTANTE preciso de la revuelta, y lo hizo con un verismo excepcional, tanto en la atmósfera general como en los detalles. Los especialistas han discutido si el pintor fue testigo directo de los hechos que representa. Lo cierto es que en esas fechas se encontraba en Madrid, y que él y su hijo vivían cerca de la Puerta del Sol. Un impactante grabado de la serie Los desastres de la guerra lleva como subtítulo: “Yo lo vi”. Pueda o no aplicarse esa misma frase a sus cuadros de 1814, no hay duda de que captan genialmente la esencia del levantamiento popular. (FRANCISCO GOYA en un autorretrato, 1788-1789. Museo Bonnat, Bayona.)

BATALLA EN TORNO AL CUARTEL
La Plaza Mayor estaba a punto de caer en manos francesas. Al mediodía, apenas la defendían un puñado de paisanos, entre ellos algunos presos de la Cárcel Real. A pesar de disponer de armas de fuego, las municiones se terminaron pronto y el pueblo tuvo que recurrir de nuevo a las armas blancas. Su resistencia pronto se doblegó. El único reducto que quedaba en manos de los insurgentes era el parque de artillería de Monteleón.  Con apenas 300 hombres, entre militares y paisanos, con tropa francesa apresada y escasez de armamento, Daoíz y Velarde se aprestaron para la lucha sin cuartel.

Situaron los cañones tras la entrada principal y dispusieron tiradores en las ventanas del parque y edificios colindantes. Las mujeres se encargarían del suministro de agua y de munición, labor que dio a Clara del Rey, entre otras, categoría de heroína de la revuelta. La infantería francesa procedió al asalto desde las calles San José, San Pedro y San Bernardo, pero se vio obligada a replegarse ante la feroz resistencia. El comandante francés ordenó un nuevo asalto justo en el instante en que apareció un oficial español portando un mensaje de la Junta de Gobierno para los defensores de Monteleón. Se les ordenaba abandonar la defensa, momento en que uno de los cañones del parque disparó llevándose por delante a un importante número de atacantes. El comandante francés, coronel Montholon, y parte de la columna francesa, sorprendidos, se entregaron a Daoíz y Velarde.

Ante la tenaz resistencia del cuartel, Murat ordenó que el 6º Regimiento de la brigada Lefranc, procedente de El Pardo, se dirigiera al lugar. Los franceses lanzaron un tercer asalto dejando, esta vez, a los defensores en situación precaria. Apenas quedaban en pie media docena de oficiales, una decena de artilleros, unos pocos soldados voluntarios y algunos paisanos. La munición de cartuchería y pólvora empezaba a agotarse, y ya no quedaba metralla. Pese a ello, los defensores se enfrentaron a un cuarto ataque francés. En él participaron más de 2.000 soldados imperiales que cayeron sobre los supervivientes españoles. Velarde murió al pie del cañón que comandaba, mientras que Daoíz, fue atravesado por bayoneta y trasladado a su domicilio en la calle de la Ternera, donde falleció horas después.


Hubo madrileños que fueron ejecutados por los franceses tan sólo por llevar encima, en el momento de la detención, instrumentos cortantes propios de su oficio, tales como tijeras y cuchillos.


DEFENSA DEL PARQUE DE MONTELEÓN. OBRA DE MANUEL CASTELLANO. SIGLO XIX. MUSEO MUNICIPAL. MADRID

TIEMPO DE VENGANZA
Poco antes de las 2 de la tarde cesó el fuego en Madrid. El panorama de la ciudad era dantesco, con centenares de cuerpos tendidos en el suelo, entre charcos de sangre y barro. La resistencia había tocado a su fin. Las autoridades españolas había intentado negociar una rendición incruenta. Intentaron salvar la vida de los militares que participaron el revuelta, pero poco pudieron hacer en favor de los civiles.

La represión francesa se urdió en caliente, en el mismo lugar de los hechos. Se detenía a todas las personas, hombre y mujeres, de los que se sospechase había participado en el levantamiento. Muchos fuero ajusticiados en el instante mismo de la detención para, a continuación, despojarles de sus pertenencias. A modo de escarmiento, los cadáveres eran abandonados en las calles y plazuelas bajo prohibición de recogerlos y darles sepultura durante los siguientes días.

Con el paso de las horas, se desarrolló una segunda ola represiva, más organizada pero no menos indiscriminada, con el objetivo de infundir el terror entre los madrileños. Murat publicó un bando por el que se prohibía portar cualquier objeto que pudiera constituir una amenaza contra sus tropas. Tal fue la cobertura legal para detener a gran número de personas, a las que se hizo prisioneros y se les trasladó a recintos de reclusión. Muchos eran campesinos, costureros u otros artesanos que fueron detenidos simplemente por portar sus instrumentos de trabajo.


Sin celebrar juicio alguno, decenas de prisioneros fueron fusilados a lo largo de aquella tarde y en la madrugada del día 3. El paseo del Prado, el Hospital del Buen Suceso, la cuesta de San Vicente o los alrededores del Puente de Segovia, fueron algunos de los escenarios macabros de terror. Allí mismo se apilaban los cadáveres desnudos de los ejecutados, hacinados unos cuerpos sobre los otros, a la espera de recibir sepultura. Se han registrado cerca de 200 víctimas de esta represión, aunque la cifra real seguramente fue mayor.


LOS FUSILAMIENTOS DE LA MONCLOA. El célebre óleo de Francisco Goya muestra la ejecución de supuestos rebeldes madrileños que siguió a la revuelta del 2 de mayo de 1808. Museo del Prado, Madrid.
LA GUERRA VISTA DESDE EL BANDO FRANCÉS
Desde su residencia en el Palacio de Grimaldi, Murat, Gran Duque de Berg, dirigió sus fuerzas durante el Dos de Mayo con toda tranquilidad, sabedor de la superioridad de su ejército. Pero la visión de sus soldados era bien distinta, y lo siguió siendo durante toda la guerra de Independencia.

Numerosos testimonios escritos nos muestran la dura experiencia que vivieron los combatientes franceses en España. En casi todos ellos se puede apreciar la desconfianza y el pánico que experimentaron durante su estancia en territorio español, frente a una población persistentemente hostil. Ronald Fraser, en su libro La maldita guerra de España (Crítica, 2006), recoge la desazón y el miedo que sufrieron aquellos soldados enviados a luchar a España y Portugal para mayor gloria de Napoleón.

Sirva de ejemplo un fragmento de una carta que un sargento mayor de infantería, llamado Carré y destinado en Sevilla, envió a su familia en abril de 1810. Los sucesos y los temores que transmite este documento no difieren mucho de las experiencias del 2 de mayo de 1808 en Madrid: “La gente no duda en matar en pleno día a un soldado que se tropiece por la calle...en Sevilla mataron a un soldado del 88º Regimiento, tenía más de treinta cuchilladas desde la cabeza hasta el vientre, este soldado estaba borracho, y se le echaron encima en pleno mediodía...morimos con los más crueles tormentos. [Los paisanos armados] cometen las más atroces de las barbaridades. Cortan las orejas y las partes nobles [a sus víctimas] y se las meten en la boca...nunca lograremos destruirlos [a los bandidos]...”.


Napoleón no se podía imaginar que el levantamiento madrileño era el principio de un conflicto que duraría seis años, que daría lugar  a la “guerrilla” como nueva forma de combate y en la que , unos y otros, mostraron una inaudita saña con el enemigo.


ABDICACIÓN de Carlos IV en Bayona. Grabado. Museo Municipal. Madrid
DEL MOTÍN DE PALACIO A LA REVOLUCIÓN
EL MOTÍN DE ARANJUEZ, el 17 de marzo de 1808, preparó el terreno para la revuelta del 2 de mayo. El odio popular contra Godoy, primer ministro de Carlos IV, fue utilizado por el príncipe Fernando para formar un partido adicto, de partidarios de su acceso al trono en lugar de su padre. Así, parte de la nobleza española participó en una primera conjura contra Godoy que tuvo como escenario los pasillos del monasterio de El Escorial en octubre de 1807 y, aunque acabó en fracaso, sirvió para consolidar al partido fernandino.

La segunda intentona se produjo apenas unos meses más tarde, en marzo de 1808. La familia real se encontraba en el Real Sitio de Aranjuez, y Carlos IV y su ministro habían programado un viaje a Andalucía, que muchos creían era un pretexto para escapar a América, tal como habían hecho los monarcas portugueses unos meses antes. 
Los partidarios de don Fernando fraguaron entonces un motín popular que condujo a la destitución de Godoy y a la abdicación de Carlos IV en favor de su hijo.


EN LAS SEMANAS siguientes el partido fernandino siguió activo, sobre todo al ver que Napoleón se resistía a reconocer a Fernando como legítimo rey. La orden de Murat de liberar a Godoy encrespó aún más los ánimos entre los partidarios de Fernando. De este modo, no es extraño que durante el mes de abril circularan rumores de conspiraciones en las que estarían implicados fernandistas notorios, como el duque de Montijo. La misma jornada del 2 de mayo no fue ajena a estos movimientos, pues el hombre que guió el asalto al Palacio Real, José Blas Molina, era un fernandista y demostró que tenía claro lo que debía hacer.

EL GENERAL MURAT. Retrato de Gérard François. 1805. Palacio de Versalles.

CLAVES DEL DOS DE MAYO

8:30h El pueblo rodea el Palacio Real para impedir la marcha del infante Francisco de Paula
9:15h Las tropas francesas dispersan a tiros y cañonazos la multitud reunida en la plaza del Palacio.
10:00h El pueblo se hace fuerte en la Puerta del Sol y en algunas de entrada, como la de Toledo.
11:00h Columnas francesas se adentran en Madrid para reprimir a sangre y fuego el amotinamiento.
12:00h Las autoridades españolas anuncian el alto el fuego. La lucha tan sólo continúa en el parque de artillería de Monteleón.
14:00h Salen del cuartel de Monteleón sus últimos defensores, tras una lucha de más de 3 horas en la mueren Daoíz y Velarde.
TARDE. Murat ordena ejecutar a decenas de madrileños por su participación en el motín. Los fusilamientos prosiguen el día 3 de mayo de 1808.


Los principales escenarios de la revuelta
La estrategia francesa para reprimir la revuelta popular del 2 de mayo de 1808  consistía en hacer avanzar hacia el centro a las tropas que tenían apostadas en los cuarteles de la periferia de la ciudad y tomar los puntos neurálgicos de la capital. El hecho de que Madrid no contara con un sistema de murallas para resistir un sitio facilitaba la tarea. Así, Musnier, Lefranc, Caulaincourt y Morlot, entre otros, penetraron rápidamente por las principales arterias urbanas (calles de Alcalá, de Fuencarral, Ancha de San Bernardo, Carrera de san Jerónimo, etc.). La resistencia popular se concentró en las puertas de entrada, donde se levantaron barricadas, y en las plazas. El balance de la jornada podría haber sido diferente si se hubieran sumado a la rebelión las guarniciones españolas.

I. Motín frente al Palacio Real cuando una carroza hizo temer al pueblo de Madrid que el infante Francisco de Paula iba a ser trasladado a Francia. II. Lucha en la Puerta del Sol. III. Asalto al cuartel de Monteleón. IV Represalias francesas. V Los fusilamientos en la tarde del 2 de mayo y del día siguiente. VI Homenaje en 1814 a Luis Daoiz y Pedro Velarde, símbolo de la lucha de los madrileños contra el francés.
LOS ESPAÑOLES ANTE LA REVUELTA
Un gobierno paralizado. El infante Antonio de Borbón quedó al frente  de la Junta de Gobierno a la marcha de su sobrino Fernando VII. Pacífico y bonachón, no fue capaz de resistir las crecientes presiones de Napoleón y Murat. Su intervención para poner fin a la revuelta no sirvió para evitar las represalias francesas.
Patriotas revolucionarios. El capitán de artillería Pedro Velarde tenía 29 años en 1808. Inteligente y decidido. De joven había admirado a Napoleón como general y estadista, pero la invasión francesa lo soliviantó. En abril concibió un plan para un alzamiento militar contra el ocupante y el 2 de mayo convenció a Daoíz para luchar.
Luis Daoíz tenía 41 años en 1808. De familia aristocrática andaluza, tenía buena fama como militar, pero no había pasado de capitán de artillería. pese a su sentido de la disciplina, fue casi el único alto mando del ejército español que el 2 de mayo desobedeció la orden de no intervenir en la revuelta popular.


Víctimas de la represión. Manuela Malasaña ena en 1808 una joven de 15 años. Según algunos documentos murió de un disparo mientras llevaba munición a su padre en el parque de Monteleón, pero otros autores creen que fue asesinada por los franceses al sorprenderla llevando escondidas unas tijeras de modista, su profesión.
Burgueses atemorizados. Antonio Alcalá Galiano, importante literato y político desde la década de 1830, tenía 19 años en 1808. En sus memorias recordó cómo durante el Dos de Mayo, no quiso unirse a los "paisanos furiosos" y "clases ínfimas" que alborotaban la ciudad. "Debía temerlos tanto como a los franceses", concluía.
Futuros afrancesados. El poeta Juan Meléndez Valdés tenía 54 años en 1808. Al entrar las tropas napoleónicas escribió poesías patrióticas, entre ellas una sobre el Dos de Mayo, que presenció. Pero luego se convirtió en ministro de José Bonaparte, en quien vio un medio para aplicar la política ilustrada en España.

El 2 de mayo de 1808 en la Puerta del Sol. Grabado Biblioteca del Palacio Real, Madrid.

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