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PERSONAJE: Confucio

Retrato del siglo XVIII derivado del que pintó Wu Daozi en el siglo VII d.C. La imagen se conserva en la Biblioteca Nacional de París.
Descendiente de una familia noble venida a menos, Confucio, al convertirse en funcionario del Estado de Lu, llevó vida propia de un miembro de la baja nobleza. Aprendió, así, las seis artes de los nobles: la ceremonia, la música, la arquería, la conducción de cuadrigas, la escritura y las matemáticas. Lejos de ser un sabio sosegado y venerable, Confucio era un hombre de acción, experto en el manejo de caballos, en la caza y en la pesca. Él mismo se describía como alguien apasionado y entusiasta, capaz de perder el gusto por la carne tras oír una pieza de música antigua o gritar sin consuelo por la muerte de uno de sus discípulos.


Confucio nació en el año 551 a.C. cerca de la ciudad de Qufu, en el Estado de Lu. Era hijo de Kong Shuliang Ho, un alto mando del ejército de Lu, y de una joven que pertenecía a la familia Yan. El nombre de pila de Confucio era Kong Qiu, y una vez establecido como maestro pasó a ser conocido como Kong Fuzi, el maestro Kong. 

“Confucio es la latinización de su nombre chino, que llegó a Europa de la mano del jesuita Matteo Ricci (1552-1610).”

MATEO RICCI. Detalle de una pintura conservada en la catedral de Shangai

Su infancia fue difícil. Confucio quedó huérfano siendo niño y hubo de desempeñar oficios manuales para sobrevivir. A los 19 años se casó con una joven que le dio pronto dos hijos. Por aquel entonces ingresó en la administración del Estado de Lu. Su encumbramiento llegó cuando fue nombrado ministro de Obras Públicas y, poco después, ministro de Justicia. Aunque Confucio podía asistir a algunas audiencias del príncipe de Lu, en realidad era un subordinado del primer ministro.

“Como funcionario, Confucio concibió la esperanza de llevar a cabo un amplio proyecto de reforma del Estado y de la sociedad”.

China vivía entonces el llamado período Chunqiu (”Primaveras y Otoños”, 722-481 a.C.), una época de inestabilidad marcada por el declive de la dinastía imperial de los Zhou, acosada por grupos tribales de la región occidental. Testigo del colapso de la civilización china, Confucio propugnó, desde el gobierno, una política dirigida a restablecer el orden y la armonía social. Su receta era sencilla: retornar a un gobierno que mostrase un escrupuloso respeto por los rituales heredados de las dinastías anteriores, como los Shang, en consonancia con las costumbres ancestrales que formaban el grueso de la cultura china.

“La observancia del ritual era para Confucio una forma de mantener el orden cósmico”

El gobierno de un rey debía estar basado en la virtud y en la estricta observancia del ritual; sólo así podría haber armonía en la sociedad y el universo. Para el gran maestro, si un rey gobernaba desde la virtud, las leyes serían innecesarias porque los súbditos no se atreverían a ser deshonestos.

TRONO IMPERIAL en la sala de la Armonía Suprema de la Ciudad Prohibida de Pekín. En este recinto tenían lugar los exámenes imperiales para acceder al cargo de mandarín.

UN ERUDITO VIAJERO
La insistencia de Confucio en la observancia de los ritos y sus rígidas exigencias morales hicieron de él una figura incómoda para los gobernantes del Estado de Lu. Sus propuestas políticas fueron sistemáticamente rechazadas.


Confucio decidió alejarse de Lu, su país natal. Tenía 54 años y corría el año 497 a.C. En los trece años siguientes viajó de un Estado a otro, en busca de un soberano que apreciara sus capacidades. Iba acompañado de una serie de discípulos que se distinguían por su excelente formación en especialidades tales como la diplomacia, economía, administración o defensa. Se ha llegado a pensar que su objetivo era crear un gabinete administrativo que le ayudara a gobernar algún territorio siguiendo el camino de la virtud.


Sin embargo, Confucio no tuvo mucha fortuna en su búsqueda. En Wei tropezó con una princesa despótica; en Song trataron de matarlo derribando un árbol sobre él; y en Chen, él y sus amigos se quedaron sin provisiones.

En el curso de estos viajes, un hombre mayor le preguntó una vez: “¿Por qué eres tan inquieto? ¿Vas de un lado a otro para poner a prueba tus dotes de persuasión?”. Confucio lo negó: “Simplemente me preocupa que el mundo se empeñe en ser tan ignorante”. Al final renunció a la esperanza de influir en la política de su tiempo: “¿Por qué os preocupa que no tenga un cargo? El mundo lleva viviendo mucho tiempo sin un comportamiento moral”, dijo una vez a sus amigos, a lo que añadió: “El cielo está a punto de utilizar a vuestro maestro como el badajo de madera de una campana de bronce”. Con esta imagen de la campana se refería a la misión que le importaba más, una misión filosófica y moral: la de despertar a sus contemporáneos a la auténtica vida moral.


UNA FILOSOFÍA IGUALITARIA
La doctrina de Confucio no se limitaba al respeto de los ritos tradicionales; también conllevaba una reflexión sobre la vida moral de toda persona, más allá de la jerarquía social. Para Confucio, el hombre noble no era aquel que había nacido en la nobleza, sino el que demostraba tener una conducta moral intachable, aprendida a través de la educación. 

“Un hombre que no era ilustrado era un hombre ordinario, mientras que un hombre ordinario era noble si estaba moralmente cualificado.”

De esta forma, Confucio favorecía el ascenso social según los méritos de cada cual; los intelectuales tomarían el control del gobierno, cambiando la nobleza de sangre por la nobleza de la virtud. Esto explica la atracción que Confucio ejerció entre sus estudiantes y discípulos, que tenían orígenes sociales muy diversos.  Todos ellos le daban el tratamiento de maestro, zi, y se llamaban a sí mismos sus discípulos, tu.

Confucio valoraba la conversación con ellos por encima de cualquier otra cosa. Decía: “No hablar con una persona capaz de absorber lo que uno dice equivale a desperdiciarla. Y hablar con alguien incapaz de asimilar los que decimos equivale a desperdiciar nuestras palabras”. La relación de Confucio con sus discípulos fue muy estrecha. Yan Hui fue sin duda el más apreciado; su temprana muerte trajo un gran desconsuelo al maestro, que gritó cuando supo su fallecimiento: “¡Ay de mí!. ¡El Cielo me está destruyendo!”.

Confucio regresó a su casa cuando tenía 68 años, en 484 a.C., y allí siguió enseñando a sus discípulos. Pero no dejó escrita ninguna obra; las Analectas fueron recogidos por generaciones de discípulos durante los setenta y cinco años posteriores a su muerte. Las aspiraciones políticas de Confucio nunca se tradujeron en hechos, y poco a poco dejó de verse en él a un político ilustrado, pasando a ser considerado un Sabio Supremo.

De esta manera, los emperadores chinos lograron neutralizar el poder subversivo de sus enseñanzas políticas y establecer un confucianismo edulcorado como base de su gobierno, que sobrevivió como “religión” de Estado hasta la abolición del Imperio en China, en el año 1912.

LA PIEDAD FILIAL es una de las ideas principales del pensamiento de Confucio. En esta pintura, del siglo XII, la transmite a sus discípulos.

ODIADOS Y ENVIDIADOS
Tras su muerte a los 73 años (497 a.C.), Confucio tuvo seguidores muy destacados, como Mencio, pero también críticos. Mozi, a finales del siglo V a.C., escribió un tratado contra los seguidores de Confucio donde afirmaba que “corrompen a la gente con sus ritos y músicas vistosas y engañan a los padres con lutos prolongados y una pena hipócrita... Son glotones y gandules... Viven como mendigos, se hartan como machos cabríos y caminan como cerdos castrados”.

Sea como fuere, durante largo tiempo, sus discípulos reunieron sus dichos o sentencias que fueron recopiladas en las Analectas (Lunyu). El jesuita Matteo Ricci introdujo las ideas de Confucio en Europa, donde fue muy admirado en el siglo XVIII.


PARA SABER MÁS
- El auténtico Confucio. Annping Chin. Península Ed., Barcelona, 2007.
- Lunyu (reflexiones y enseñanzas). Confucio. Trad. de Anne-Heléne Suárez. Kairós Ed., Barcelona, 1997.
- CONFUCIO, la lucha de un sabio contra la tiranía. Verónica Walker. Historia National Geographic, nº 94.

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