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SALUD: El VIH-SIDA, una epidemia silente


VIH y la respuesta inmune
Tal vez no todo el mundo identifique las siglas VIH (virus de la inmunodeficiencia humana), pero sin duda nos sonará más familiar el término SIDA (síndrome de la inmunodeficiencia humana). A lo largo de los años nos hemos acostumbrado a utilizar ambos términos como sinónimos y, a pesar de su estrecha relación, es necesario entender primero qué es el VIH si queremos después profundizar en lo que implica su evolución a SIDA, así como los tratamientos que se aplican a esta enfermedad y los últimos avances científicos que en la actualidad buscan ya una posible cura.

Para comprender qué es el VIH hemos de dar unas breves pinceladas sobre el significado de inmunidad o sistema inmune, así como de las células y proteínas que lo componen, ya que serán estas las que jueguen un papel clave en el desarrollo de la enfermedad. Este sistema es el encargado de combatir la entrada en nuestro cuerpo de cualquier tipo de agente extraño, bien sean gérmenes (virus, bacterias, parásitos, etc.) o tóxicos. Cuando se produce algún tipo de agresión, el sistema inmune genera una respuesta inmediata, la llamada respuesta inmune.

Sin embargo, el tipo de respuesta inmune que genera nuestro organismo puede ser de varios tipos: la llamada respuesta inmune celular (que, como su nombre indica se lleva a cabo a través de células) y la respuesta inmune humoral (realizada por unas proteínas de defensa que circulan por nuestra sangre y fluidos denominadas anticuerpos). Esta mención es necesaria ya que, si bien los anticuerpos nos resultan más conocidos, la importancia del sistema inmune en la infección por VIH se centrará en la respuesta inmune celular.

Las células que forman la respuesta inmune celular se denominan leucocitos, más conocidos como glóbulos blancos. Estos términos engloban a su vez un conjunto de células diversas, entre las que destacaremos los linfocitos no solo por su relevancia en esta patología sino por jugar un papel fundamental en la inmunidad (protegen de infecciones frente a virus, ayudan a otras células a luchar contra infecciones por bacterias y producen anticuerpos, entre otras). Por último, estos linfocitos tienen dos subtipos principales, de los que de nuevo seleccionaremos los linfocitos tipo CD4, siendo realmente este tipo concreto de linfocitos a lo que comúnmente denominamos “defensas”.

El avance del VIH: cuándo hablamos de SIDA
De esta forma, y por sintetizar lo anteriormente expuesto, ante cualquier agresión externa, se produce una respuesta inmune mediada bien por células o bien por anticuerpos. Y es precisamente este funcionamiento lo que hace potencialmente mortal al virus VIH, puesto que su objetivo una vez producida la infección es destruir de forma específica los linfocitos tipo CD4, debilitando así progresivamente las defensas del organismo y exponiéndole a todo tipo de infecciones que el sistema inmune sano sí sería capaz de combatir en condiciones normales.

Una vez el virus ha infectado el organismo, este pasa por un tiempo variable de lucha para destruirlo, tiempo en el que generalmente no se suelen expresar síntomas. En ese proceso el virus usa las células del cuerpo para multiplicarse y ampliar su carga viral (número de copias del virus por mililitro de sangre) y va destruyendo progresivamente linfocitos CD4, debilitando así el organismo poco a poco. Cuando el cuerpo pierde su capacidad defensiva por este constante ataque aparecen los síntomas clínicos, y es a la expresión de estos síntomas a lo que denominamos SIDA, siendo esta la fase final de la enfermedad. En este punto el recuento de CD4 (que normalmente debe oscilar entre 500 y 1600 células por mm3), disminuye a menos de 500, siendo los síntomas especialmente graves si el recuento es inferior a 200.

La evolución del VIH-SIDA en el tiempo
A pesar de que la infección por VIH tiene una historia corta (menos de 40 años), la evolución en su diagnóstico, pronóstico y tratamiento ha experimentado enormes avances, especialmente desde la introducción de los tratamientos antirretrovirales. Los datos globales sugieren que la epidemia actual se inició en la década de 1970, y el desconocimiento que rodeaba sus mecanismos de actuación junto con su letalidad, llevó a una situación de alarma social, miedo y estigmatización extrema de los pacientes que padecían la enfermedad. 


Afortunadamente, a día de hoy, y gracias a los avances de la ciencia, podemos decir que la esperanza de vida de los pacientes que viven con VIH se acerca a la de aquellas que no lo padecen, convirtiéndola así es una enfermedad crónica.

Sin embargo, a pesar de todos los avances en la prevención e información sobre esta epidemia, el VIH sigue siendo un grave problema de salud pública. El SIDA se ha cobrado más de 34 millones de vidas humanas en todo el planeta y en países desarrollados como España se diagnostican alrededor de 3500 casos nuevos al año, casi 10 casos nuevos cada día. La Comunidad de Madrid es además una de las zonas más afectadas, donde se estima que un tercio de los infectados por VIH están sin diagnosticar. La Organización Mundial de la Salud ya advirtió hace un par de años que la región europea tiene una tendencia al alza de nuevos casos, por lo que la prevención de nuevos casos, así como la información y la detección precoz de la enfermedad juegan un papel fundamental a día de hoy.



Transmisión del VIH y mecanismos de prevención
A pesar de la gran cantidad de mitos y bulos sobre la transmisión del VIH, hay que destacar que las principales vías de infección son la sangre, el semen y secreciones vaginales y la leche materna, ya que todos estos fluidos almacenan grandes cantidades del virus. Heridas o pinchazos son los mecanismos más reconocidos, si bien el contacto directo de los fluidos mencionados con las mucosas corporales de la otra persona (vaginal, anal, conjuntival u oral) tiene un poder elevado de infección aunque éstas no tengan ningún tipo de herida.

Algunos de los mecanismos de transmisión más comunes, por tanto, son las relaciones sexuales sin preservativo, el intercambio de jeringuillas o agujas, pero también instrumentos de tatuaje o piercing, así como utensilios de higiene personal como cuchillas de afeitar o cepillos de dientes, que han podido estar en contacto previo con la sangre del paciente infectado (es muy frecuente el sangrado de dientes y encías, por lo que habrá que tener mucho cuidado con cualquier tipo de  utensilio en contacto con la cavidad bucal del paciente). Especial atención merece también la vía materno-infantil, puesto que una mujer infectada con VIH sí que puede transmitir el virus a su hijo durante el embarazo, el parto o la lactancia, sobre todo si la mujer no está en tratamiento de la infección o su carga viral es elevada.

Por lo tanto, las principales medidas de prevención para personas que tienen un estrecho contacto con pacientes infectados con VIH incluyen:
- El uso de preservativo en las relaciones sexuales.
- No compartir agujas, inyectables o cualquier utensilio que haya podido estar en contacto con la sangre de los pacientes.
- Cubrir cortes, llagas o cualquier lesión en la piel con un vendaje correcto y proteger las mucosas como boca, nariz y ojos con mascarilla y gafas ante posibles salpicaduras o vómitos del paciente infectado.
- El uso de guantes en presencia de los fluidos mencionados es indispensable, además de para limpiar cualquier utensilio manchado con productos de desecho del paciente (como orina, heces o vómito).
- Por último y más importante, ante cualquier duda de actuación cercana a un paciente con VIH, acudir al servicio de referencia más cercano y consultar el protocolo es siempre la mejor opción. Por supuesto, si se produce algún tipo de accidente que haya supuesto un posible contagio es vital acudir al hospital con urgencia para valorar si se debe recibir la profilaxis post-exposición.

El tratamiento del VIH
Una vez diagnosticado un paciente con VIH y hechas las pruebas pertinentes, es muy importante plantear el inicio del tratamiento de la infección. Esta se lleva a cabo a través de la llamada terapia o tratamiento antirretroviral, que consiste comúnmente en una combinación de tres fármacos (triple terapia) que se toman en 1-2 pastillas al día. El tratamiento tiene pocos efectos secundarios y su objetivo es mantener la carga viral indetectable, aumentar las defensas y mejorar la calidad de vida. La toma adecuada de los fármacos junto con una dieta equilibrada es fundamental para el éxito del tratamiento. Una toma irregular puede llegar a hacer resistente al virus frente a estos fármacos, por lo que una concienciación previa del paciente es clave.

Con mucha frecuencia se plantea el posible uso de productos de herboristería para ayudar a luchar contra la infección. Hay que tener especial cuidado con estas terapias en esta patología, ya que no hay evidencias científicas que demuestren su utilidad y algunas plantas como la “hierba de san Juan”, la equinácea, el ajo, el ginseng, la uña de gato o el zumo de pomelo pueden llegar a ser peligrosas, puesto que interaccionan con los antirretrovirales y disminuyen su efectividad. Se recomienda, por tanto, consultar al médico de referencia antes de comenzar a tomar cualquier producto de este tipo.

Los últimos avances en el tratamiento: hacia una posible cura
A pesar de que la eficacia de los tratamientos antirretrovirales ha conseguido estos años convertir la infección por VIH-SIDA en una enfermedad crónica, los investigadores estudian sin descanso cómo romper la última barrera para buscar una posible cura. El principal escollo consiste en el llamado reservorio final, esto es, un grupo de células infectadas por VIH que permanece en estado latente en el organismo a pesar de que la carga viral sea indetectable gracias a los fármacos. Este estado les permite sobrevivir sin que los antirretrovirales los ataquen y sin que el sistema inmune pueda destruirlos.

Algunas de las estrategias para combatir el reservorio han pasado por la creación de anticuerpos específicos contra él o la potenciación del sistema inmune y señalización para que ataque a dichas células latentes, entre otras. Recientemente ha sido publicado un estudio prometedor llevado a cabo por investigadores españoles y en colaboración con el Hospital  Gregorio Marañón de Madrid. En dicho estudio a seis pacientes con VIH les fueron trasplantadas células madre de ombligo o médula ósea según cada caso, consiguiendo que el virus fuese indetectable en sangre o tejidos. Uno de los pacientes además, carece de anticuerpos para la enfermedad, algo que podría indicar la desaparición completa del virus de su cuerpo. 

A pesar de que este estudio representa tan solo un primer paso en la búsqueda de la cura, la terapia con células madre lleva siendo motivo de debate científico desde hace una década. En el año 2008, Timothy Brown se convertía en la única persona en el mundo curada del VIH. Este paciente, infectado por VIH, fue sometido a un trasplante de células madre para tratar una leucemia. Además él tenía una característica adicional: poseía una mutación llamada CCR5 Delta 32, lo que traducido significa que sus células sanguíneas eran inmunes al VIH, puesto que impedían la entrada del virus en ellas. Tras el trasplante y ante los resultados dejó de tomar los antirretrovirales y, a día de hoy, no queda rastro del virus en su sangre.

La terapia con células madre sólo está recomendada, hoy por hoy, para enfermedades hematológicas (sanguíneas) graves. Sin embargo, el caso de Timothy redobló los esfuerzos de los investigadores en todo el mundo por comprender como ambos factores (mutación y trasplante de células madre) habían hecho posible la remisión del VIH y en qué proporciones. Por tanto, los estudios científicos recientemente publicados, así como la coordinación de la comunidad científica mundial, hacen que encontrar una cura definitiva a esta epidemia esté cada vez más cerca.


Fuentes: 
• Sociedad Española Interdisciplinaria del SIDA
• CDC: Centro para el control y prevención de 
   enfermedades de EE.UU.
• Science Daily 

• https://infosida.nih.gov

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