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HITITAS: El gran imperio del Próximo Oriente

El País de Hatti, en la península de Anatolia, dio origen a uno de los imperios más poderosos de la edad del Bronce, en el II milenio a.C. Una temible arma de guerra fue el instrumento de su expansión: el carro de combate.
A comienzos del II milenio a.C., en las altas y extensas mesetas centrales de la península de Anatolia penetró un grupo humano que, tal vez procedente de la región del mar Negro, pronto hizo sentir su presencia en el área conocida como País de Hatti. Sobre la población autóctona de este lugar, los hititas, los nuevos habitantes fueron imponiendo gradualmente su lengua, su cultura y su hegemonía militar. Originalmente se instalaron en el enclave comercial de Nesa (la actual Kültepe); de hecho, las fuentes indican que los hititas se autodenominaban “nesitas”. Hacia el 1800 a.C. emprendieron una expansión bélica y política que culminaría con el establecimiento como capital la plaza fuerte más importante de los háticos, Hattusa, actual Bogazköy, un poderoso baluarte natural desde el que se dominaba una encrucijada de importantes rutas comerciales.


UNA EXPANSIÓN INCONTENIBLE
El País de Hatti se asentaba sobre la fortaleza natural del elevado altiplano anatolio, encajado entre el mar Negro y la cordillera del Tauro. Las poderosas ciudades de Nesa y Hattusa, separadas por la corriente del río Halys, fueron el núcleo irreductible del reino que con el tiempo se convertiría en uno de los imperios más poderosos y temidos de la edad del Bronce. Sus primeros reyes o tabarnas tuvieron siempre como prioridad la idea de afianzar a través de la conquista militar el territorio de Hatti, y así dominar las numerosas rutas comerciales, que unían Anatolia y Siria, vinculadas a la explotación de ricos yacimientos de metales.


Reconstrucción de la antigua capital hitita, Hattusa. Durante la época imperial la capital alcanzó su máxima extensión superficial y se dividió en dos partes aproximadamente iguales: la ciudad interior y la exterior, ambas rodeadas por una muralla construida en tiempos de Suppiluliuma I. La ciudad interior contenía principalmente edificios administrativos y templos, mientras que la exterior destacaba por las elaboradas puertas de su muralla (que incluían guerreros, leones y esfinges, todas rudimentarias) y contenía, además de algunos templos, casas y edificios de uso comercial. En las afueras se situaban los cementerios y las necrópolis. El enclave de Hattusa fue declarado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad en el año 1986, abarcando un área protegida de 268 ha. En el año 1834 un viajero francés, Charles Texier, descubrió las ruinas de Hattusa, la capital del Imperio hitita.

HATTI SE HALLABA rodeado de enemigos: la salvaje tribu de los gasgas al norte, los hurritas del reino de Mitanni al oeste, la formidable cadena montañosa del Tauro al sur y el belicoso reino de Arzawa al oeste. Todos contribuyeron a que las fronteras de los hititas fluctuaran al ritmo de sus derrotas y victorias sobre sus vecinos rivales. Hacia el siglo XIV a.C., los reyes de Hatti eran ya dueños de un vasto territorio que comprendía gran parte de la península de Anatolia, y contaban con una tupida red de reinos vasallos y aliados que se extendía por toda Asia Menor y la franja sirio-palestina. Pero, a medida que avanzaban y se consolidaban sus conquistas, se hizo más fuerte la rivalidad con los otros imperios del Próximo Oriente, en particular Egipto, con el que los hititas se enfrentaron en la batalla de Qadesh de 1274 a.C.


ALAKA HUYÜK, a orillas del río Halys, muy cerca de la capital hitita Hattusa, fue una de las más importantes ciudades del Imperio hasta el siglo XIV a.C. Está dedicada a la diosa solar Arinna. En la imagen, puerta de las esfinges, del siglo XIV a.C.


NACE UNA GRAN POTENCIA
Un edicto atribuido al rey Telipinu del Reino Antiguo hitita (1700-1500 a.C.), en el que se refiere a los reinados previos, nos habla de los dos primeros reyes hititas conocidos, Labarna (1680-1650 a.C.) y Hattusili I (es decir, “el hombre de Hattusa”) , que le sucedió. Es a partir de Hattusili cuando las tropas hititas cruzan la cadena montañosa del tauro y llegan a las fértiles llanuras del norte de Siria en busca de botín y del control de las rutas comerciales. Allí los hititas tuvieron que enfrentarse a unos desafiantes enemigos, los hurritas del reino de Mitanni, quienes hicieron retroceder a los hititas en sucesivos desastres militares de éstos a lo largo de los siguientes 200 años. La situación empezó a mejorar con la llegada al poder de Telippinu (1525 a.C.), el último tabarna del Reino Antiguo, bajo cuyo reinado se llevaría a cabo un programa de reformas políticas destinadas a consolidar el Estado.


LA DIOSA DE ARINNA, DIVINIDAD SOLAR DE LOS HITITAS. ESTATUILLA EN ORO. SIGLOS XIV-XV A.C.

El apogeo del imperio hitita se registra hacia el año 1370 a.C. con la llegada al trono de Suppiluliuma I, un verdadero genio político y militar, que dominaría la historia del Próximo Oriente durante todo el siglo XIV. Amplió y reforzó el recinto amurallado de la capital, para acto seguido penetrar en Siria y enfrentarse a los hurritas de Mitanni. Por aquel entonces, Mitanni y Egipto habían llegado a un cordial entendimiento sobre el control de Siria por lo que Suppiluliuma  se vio obligado a atacar desde el oeste, tomando las plazas fuertes de Amurru, Ugarit y Alepo. Su choque con Qadesh, reino satélite de Egipto, sería el preámbulo del duelo que, en ese mismo lugar, pero años después y bajo el liderazgo de otros soberanos, librarían hititas y egipcios. En esta ocasión, el rey de Qadesh hizo frente a Suppiluliuma , quien lanzó contra las tropas enemigas sus carros de combate conducidos por los legendarios maryannu o “jóvenes héroes”.

La toma de Qadesh dio a los hititas el dominio sobre la franja sirio-palestina. Desde entonces, se consolidó un imperio que se organizó a partir de una red de reinos vasallos, gobernados por hombres de confianza y cercanos a la casa real, pero que gozaban de cierta autonomía. Este éxito se debió , en buena medida, a que Egipto atravesaba una crisis política, social y religiosa con la presencia del faraón “hereje”, Akhenatón, en el poder. Fue mucho más tarde, con Muwatalli asentado en el trono de Hattussa, cuando el faraón Ramsés II hizo una incursión sobre Qadesh. Corría el año 1274 a.C. y fue una de las primeras batallas cuya detallada descripción táctica ha llegado hasta nosotros.



UN ARMA TEMIBLE
Se desconoce la importancia que durante el Reino Antiguo tuvieron los carros de combate. Es probable que fuese mucho menor en la época imperial en la que los hititas llegaron a contar con unos efectivos de miles de unidades y en la que alcanzaron un visrtuso manejo de esta arma en el campo de batalla.

A diferencia de otros ejércitos de la época (egipcios o griegos micénicos), los hititas equipaban sus carros con tres guerreros que se repartían las funciones de conducción, defensa y ataque, de modo que mientras el soldado portador del escudo protegía al conductor, el guerreo encargado de atacar, completamente cubierto de bronce, disparaba su lanza y sus flechas contra las fuerzas rivales; por añadidura, una dotación de tres hombres constituía una clara ventaja en el caso de que, tras la carga, se produjera una situación de lucha cuerpo a cuerpo. Confiados en la superioridad técnica y táctica de sus carros, los reyes hititas asumían personalmente la función de guiar al ejército y buscaban siempre el enfrentamiento directo en una batalla campal, ya que en campo abierto los maryannu eran virtualmente invencibles, como tuvo ocasión de comprobar el imprudente rey de Qadesh.


Reconstrucción de un carro de combate hitita de la época imperial.

En 1274 a.C., durante la batalla de Qadesh que enfrentó al hitita Muwatalli con el faraón Ramsés II, los hititas habían reunido 3.700 carros y 40.000 soldados de infantería procedentes de todos los rincones del imperio. Aunque los egipcios la presentaron como un grán éxito militar de Ramsés II (quien estuvo a punto de perecer en la batalla), los cierto es que concluyó en “empate técnico” y dejó la situación tal como estaba antes de la misma. Finalmente, hititas y egipcios firmarían un tratado de paz reforzado con el enlace entre una hija de Hattusili (sucesor de Muwatalli) y Ramsés II. Era el año 1258 y el gran Imperio hitita vivía sus últimos momentos de gloria.



LOS PILARES DE LA SOCIEDAD HITITA
Gracias al descubrimiento en 1914 de los textos cuneiformes inscritos en las tablillas halladas en la que fuera capital del Imperio hitita, Hattusa (actual Bogazköy, en Turquía), podemos hacernos una idea clara de la organización política, estructura social, economía y religión de los hititas.
EN LA CÚSPIDE de esta sociedad, eminentemente feudal, agraria y ganadera, estaba el rey o tabarna, al que servían un elevado número de funcionarios y dignatarios de palacio, la “Gran Familia”, sobre los que recaía la responsabilidad del buen funcionamiento de las instituciones del país. Pero el tabarna no podía dejar de contar con la nobleza, con la que mantenía un continuo y complejo pulso por el poder. Y aunque ésta a menudo conspiraba contra su soberano, era decisiva a la hora de dotar al ejército hitita de sus poderosos carros de combate.

 EL CONJUNTO DE CIUDADES LIBRES estaba compuesto por campesinos, artesanos (herreros, tejedores, ceramistas, constructores...) y comerciantes, sectores todos ellos, junto con la metalurgia del bronce y del hierro, decisivos en el auge de la economía del Imperio. Aunque existía la esclavitud, los esclavos gozaban de una serie de garantías que protegían su integridad física y vital, y su valor, en términos de compensaciones por algún daño, era la mitad, exactamente, del de un hombre libre.
LA ASAMBLEA DE GOBIERNO

Una de las instituciones políticas más características de la sociedad hitita es el panku, una especie de asamblea general cuyas atribuciones no han sido bien definidas por los estudiosos. Se trataba de un consejo de hombres de armas y servidores del rey a los que éste convocaba para debatir cuestiones de Estado. Aún vigente en el Reino Antiguo, el panku parece haber perdido toda relevancia en época imperial.
ESCENA doméstica con una mujer que sostiene un huso y un escriba. Estela de Marash. Museo Arqueológico, Estambul.
UN SOBERANO DIVINIZADO

El TABARNA, el rey de Hatti, también designado con el título de “Mi Sol”, detentaba todos los poderes del Estado y era, además, el intermediario ante el dios de la Tempestad. Su presencia en las actividades religiosas era necesaria, y a ellas acudía acompañado de la reina, o tawananna, y del primogénito varón, el príncipe o tuhkanti. No era considerado un dios, pero a su muerte se le despedía con la fórmula “Se hizo dios”.


REY HITITA realizando una ceremonia ante un altar. Relieve del gran templo de Alaka Hüyük, en la Anatolia central. Siglo XIV a.C.
UNA RELIGIÓN POLITEÍSTA

La religión de los hititas se caracterizaba por un acusado politeísmo, que hacía que ellos mismos hablaran de los “Mil dioses de Hatti”. En ella confluían divinidades anatolias con otras sirias y hurritas. Entre todos los dioses destaca el de la Tempestad (Teshub), quien, según el mito, habría perdido el corazón y los ojos en su lucha contra un dragón; el dios tuvo un hijo, que se casó con la hija del dragón y recuperó el corazón y los ojos de su padre.


DIOS HITITA en forma de hombre-águila, bajo un disco solar. Relieve de la fortaleza de Azatiwataya (Karatepe). Siglo VIII a.C.

LOS HITITAS Y LA GUERRA DE TROYA
Cuando a principios del siglo XX el arqueólogo alemán Hugo Winkler halló en las ruinas de la antigua Hattusa un archivo de tablillas de barro cocido que revelaba la existencia de la civilización hitita, estaba abriendo las puertas a una de las cuestiones más controvertidas de la antigüedad: la realidad histórica de la guerra de Troya.
ENTRE LOS DOCUMENTOS encontrados había una serie de misivas que ponían en estrecha relación al Imperio hitita con una potencia de la edad del Bronce, designada con el nombre de Ahhiyawa. Los historiadores han querido ver en ella una referencia a los akhaioi (”aqueos”), como denominaba Homero a los griegos de sus poemas.

LAS POSIBLES IDENTIFICACIONES de nombres aparecidos en las tablillas con los conocidos por la leyenda han sido examinadas con creciente interés desde el hallazgo. De este modo, Attarasiya se puede identificar con el mítico rey de Micenas Atreo, Wilusa con Ilión (Troya) y Alaksandu con el príncipe troyano Alejandro (Paris). Los documentos se refieren a un conflicto entre los reyes de Hatti y de Ahhiyawa, cuyo origen se habría localizado en el reino vasallo de Wilusa y en las maniobras desestabilizadoras de cierto noble llamado Piyamaradu, al que es inevitable relacionar con el legendario Príamo, rey de Troya.



EL HUNDIMIENTO DEL COLOSO
Se ha hablado de una letal combinación de desastres naturales, como terremotos o hambrunas, a los que se sumaría la asfixiante presión de una serie de pueblos invasores, llamados “pueblos del mar”,  que fueron penetrando en masa desde 1225 hasta 1150 a.C. Es esta la fecha que, según los datos arqueológicos, se estima que la legendaria Troya fue saqueada y reducida a cenizas, al igual que la capital del reino hitita, Hattusa.

Se trató, en cualquier caso, de una crisis de dimensiones globales que afectó a toda el área del Mediterráneo oriental; ya que en la Grecia continental se presencia el desmoronamiento del mundo micénico, y solo Egipto, de entre otros Estados de la zona, pudo continuar manteniendo una apariencia de civilización.

LOS PUEBLOS DEL MAR
Desde mediados del siglo  XIX, los historiadores han dado el nombre de Pueblos del Mar a un conjunto de gentes, de fisonomía compleja y fragmentada, que se dedicaron a llevar a cabo incursiones al más puro estilo vikingo sobre las costas del Mediterráneo oriental. Entre los nombres que nos han llegado de fuentes egipcias (peleset, tjeker, shekelesh, weshesh...) destaca, puntualmente, el de los akawasha (tal vez relacionado con los ahhiyanna) que, según fuentes hititas, no serían otros que los akhaioi (”aqueos”). Al margen de intercambios comerciales, los aqueos habrían acudido al país de Hatti a recibir instrucción en el manejo del carro de combate.

Ante la presión de la pujante potencia asiria, los hititas perdieron el control de las minas de cobre próximas a sus fronteras, por lo que decidieron apoderarse de Chipre, isla productora de este metal fundamental para la elaboración del bronce, y paso de todas ruta marítima hacia el este. Este bloqueo marítimo daría lugar al desplome de los centros comerciales micénicos y no cuesta mucho imaginar que los aqueos se lanzasen al mar en un intento desesperado por restablecer su anterior red comercial.

Con sus carros de combate haciendo frente a la presión de los asirios, el rey de Ugarit se habría visto impotente para detener en empuje de unos agresivos aqueos, que habrían atacado Troya, ciudad aliada del Imperio hitita y paso clave en la ruta comercial hacia el mar Negro. En este contexto de devastación, la caída definitiva de Hattusa no sería sino el claro síntoma de una época a la deriva. La edad del Bronce había tocado a si fin y sus máximos representantes, los terribles reyes de Hatti, jamás volverían a lanzar sus carros de combate sobre las llanuras de Antigüedad.

Fuentes:
- Historia y leyes de los hititas. A. Bernabe y J.A. Álvarez Pedrosa. Ed. Akal. Madrid, 2000.
- El reino de los hititas. T.Bryce. Ed. Cátedra. Madrid, 2001.
- Los hititas. O.R. Gurney. Ed. Laertes. Barcelona, 1995.
- Sinuhé el egipcio. Mika Waltari. RBA Ed. Barcelona, 2006.

- Rituales hititas: entre la magia y el culto. Juan Manuel González Salazar. Ed. Akal. Madrid, 2009.

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