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LUDITAS, la rebelión laboral contra las máquinas

Entre 1811 y 1816, miles de soldados ingleses combatieron a los luditas, que destruían la maquinaria textil como protesta por la degradación de sus condiciones de trabajo y de vida.
El formidable aumento de la productividad agrícola que  Gran Bretaña experimentó durante el siglo XVIII proporcionó a algunas familias campesinas la prosperidad que necesitaban para disponer de una máquina de hilar en casa y completar con ella sus precarios ingresos. Pero las innovaciones técnicas que habían permitido ese crecimiento de la producción también hicieron que sobraran muchos brazos en el campo, y quienes perdieron sus medios de vida emigraron hacia unas ciudades en continuo crecimiento. Allí, los oficiales y aprendices que trabajaban en talleres y comercios urbanos vieron cómo una avalancha de campesinos desahuciados y en busca de trabajo llenaba los suburbios.


En estas zonas urbanas se devoraban los libros de radicales como Thomas Paine y se mostraba simpatía hacia los jacobinos que entonces tomaban el mando de la Revolución francesa. En 1794, el aumento de la tensión política y social llevó al Gobierno a suspender el hábeas corpus, la garantía jurídica fundamental para los detenidos. Cinco años más tarde, las Anti-Combination Acts prohibieron la asociación de trabajadores, lo que hizo imposible la negociación colectiva. No tardaría en estallar el conflicto entre los obreros y los patronos, apoyados por un Estado que temía la unión de radicalismo político y reivindicaciones laborales.

El ritmo de las máquinas
Algunos artesanos y campesinos que habían podido comprar una máquina llegaron a acumular pequeños excedentes de capital y los invirtieron en la incipiente industria, adquiriendo nuevas máquinas. La competencia entre estos primeros industriales exigía mejoras técnicas que permitieran fabricar más rápido y barato. Esa demanda provocó una cascada de inventos que multiplicó la capacidad productiva, destacando especialmente el uso de la máquina de vapor en aquellas primeras fábricas, despertando la hostilidad de hiladores y tejedores porque reducía la mano de obra necesaria.
“Las nuevas máquinas acabaron con la concepción tradicional del trabajo”.
Ya en 1778 se había producido en la región de Lancashire algún episodio de destrucción de las máquinas hiladoras más grandes, las que abarataban sueldos y desmerecían la cualificación de los artesanos que conocían bien el oficio; éstos últimos, veían cómo el conocimiento adquirido no servía para nada a la hora de competir con máquinas que multiplicaban la producción. Los nuevos obreros aún tenían presente la vieja concepción del trabajo propio de los campesinos y los artesanos de los gremios, que mantenían su propio y distendido ritmo de trabajo, algo imposible para operarios que se hacinaban en la fábrica bajo la atormentada voluntad del capataz, sometidos a duros reglamentos, a severas penalizaciones por contravenirlos, al control del tiempo que marcaba la sirena de la fábrica, al ruidoso ritmo de la maquinaria.

EL JEFE DE LOS LUDITAS, GRABADO COLOREADO DE AUTOR DESCONOCIDO, PUBLICADO EN 1812.
NED LUDD, EL CAUDILLO
LOS LUDITAS recibieron esta denominación por el General Ludd, personaje que supuestamente firmaba las amenazadoras cartas que los fabricantes empezaron a recibir en 1811. Al parecer, su nombre evoca el de un aprendiz de tejedor de medias de Leicester, Nedd Luddlam, que rompió a martillazos el telar de su maestro en 1779. Los líderes anónimos que organizaron las primeras protestas en la región de Nottingham adoptaron el nombre del aprendiz y firmaron con él las misivas que dirigían a los patronos. Querían crear una figura emblemática, capaz de inspirar terror a ricos y poderosos enemigos.

La revuelta
A los duros cambios en el entorno laboral y a la restricción de las libertades políticas, se sumó en 1806 el bloqueo del comercio entre los puertos británicos y los europeos ordenado por Napoleón Bonaparte, en guerra con Gran Bretaña, lo que privó a los ingleses de muchos mercados, dejó a muchos obreros sin trabajo y obligó a muchos empresarios -desprovistos de buenas materias primas por el bloqueo- a producir mercancías de menor calidad.

Entonces explotó todo. Sucedió en Arnold, un pueblo cerca de Nottingham, la principal ciudad manufacturera del centro de Inglaterra. El 11 de marzo de 1811, en la plaza del mercado, los soldados del rey dispersaron una reunión de obreros en paro. Aquella misma noche, casi un centenar de máquinas fueron destruidas a golpe de maza en fábricas donde se habían bajado los salarios.

Se trataba de reacciones colectivas espontáneas y dispersas, pero que no tardaron en adquirir cierta coherencia. En noviembre, en el cercano pueblo de Budwell, hombres enmascarados que blandían mazas, martillos y hachas destruyeron varios telares del fabricante Edward Hollingsworth. En el transcurso del ataque se produjo un tiroteo que acabó con la vida de un tejedor. La presencia de fuerzas militares evitó que la región se incendiara, pero el ambiente se podía cortar.


Fue entonces cuando los fabricantes empezaron a recibir misteriosas misivas firmadas por un imaginario General Ludd. Este personaje dio nombre a un movimiento de protesta que no estaba centralizado, pero sí era fruto de esfuerzos coordinados, quizá sugeridos por antiguos soldados, que -además de cartas anónimas intimidatorias y pasquines llamando a la insurrección- prepararon expediciones punitivas nocturnas.

El 12 de abril de 1811 se produjo la primera destrucción de una instalación industrial, cuando trescientos obreros atacaron la fábrica de hilados de William Cartwright en Nottinghamshire y destruyeron sus telares a mazazos. La pequeña guarnición encargada de defender el edificio hirió a dos jóvenes atacantes que fueron capturados y fallecieron sin revelar los nombres de sus compañeros.

LOS TELARES MECÁNICOS comportaron la degradación de las condiciones de vida de los antiguos tejedores manuales, que vieron cómo sus ingresos caían de 21 chelines en 1892 a 14 en 1809. En 1807, más de 130.000 de estos trabajadores firmaron una petición an favor del establecimiento de un salario mínimo.
CARTEL CON RECOMPENSAS POR INFORMACIÓN DE ATAQUES A TELARES (1808).

Pena de muerte
En febrero de 1812, el Parlamento aprobó la Framebreaking Bill, que castigaba con pena de muerte la destrucción de un telar. La oposición fue mínima. Lord Byron, en el único discurso que pronunció en toda su vida en la cámara de los Lores, preguntó: “¿Es que no hay suficiente sangre en vuestro código penal?”. La represión siguió adelante: hubo 14 ejecuciones y 13 personas fueron deportadas a Australia. Sin embargo, la mano dura no detuvo a los luditas, hasta el punto de que para perseguirlos se armó un ejército de doce mil hombres, en un momento en que apenas diez mil ingleses luchaban contra Napoleón en el continente.

Este hecho no sólo demuestra el terror que los luditas despertaron entre las clases dominantes, también habla de las dimensiones de aquella especie de guerra civil que enfrentaba el capitalismo ascendente -basado en la fábrica, la disciplina laboral y la libre competencia- con los luditas, que reivindicaban el precio justo, el salario adecuado y la calidad del trabajo.

Al denunciar el aumento del ritmo de trabajo que los encadenaba a la máquina, los luditas ponían de manifiesto la otra cara de la tecnología. Cuestionaban el progreso técnico desde un punto de vista moral, defendiendo la cooperación frente a la competencia, la ética frente al beneficio.

ASESINATO DE WILLIAM HORSFALL, GRABADO POR “PHIZ” (HABLOT KNIGHT BROWNE), PUBLICADO EN 1887 EN THE CRONICHLES OF CRIME.
GUERRA ENTRE PATRONOS Y OBREROS
WILLIAM HORSFALL, propietario de una factoría textil con 400 trabajadores en Marsden, había prometido que la sangre de los luditas llegaría hasta su silla de montar. En realidad, fue suya la sangre que manchó su silla, ya que en abril de 1812 cayó malherido cuando le dispararon unos luditas emboscados. Éstos reprocharon al caído haber sido  “el opresor de los pobres” y lo dejaron en el camino; otro fabricante lo recogió, pero el empresario murió al cabo de 38 horas. En enero de 1813, tres luditas acusados del asesinato fueron ahorcados en York. Jamás admitieron su participación en los hechos.

Por eso sus ataques eran precisos: rompían las máquinas que pertenecían a patronos y que producían artículos baratos de mala calidad y con peores salarios. Vistos así, podría verse a los luditas como activistas de un movimiento crítico que reclamaba una aplicación de la tecnología de acuerdo a las necesidades humanas.

La represión gubernamental culminó en un aparatoso proceso celebrado en York y la ejecución de 17 luditas en enero de 1813. Meses antes, una serie de procesos en Lancaster habían terminado con ocho ahorcados y 17 deportados a Tasmania. Los durísimos castigos y la recuperación económica que llegó tras las guerras napoleónicas pusieron fin al movimiento ludita en 1816, pero su tragedia encierra una pregunta inquietante: ¿Hasta dónde nos debe llevar el progreso?.

El 16 de agosto de 1819, las fuerzas obreras celebraron un mítin en el campo de San Pedro. Las fuerzas de caballería pusieron fin a la vida de once personas y cuatrocientas resultaron heridas, pero lograron un éxito: derogar la ley que impedía las coaliciones obreras. Por ese entonces, surgieron los movimientos sindicales (Trade Unions) y los Partidos Socialdemócratas, que redujeron hasta casi hacer desaparecer el ludismo, que en realidad, no atacaba las causas reales del problema. La lucha estaría dirigida a partir de entonces, contra los dueños de las fábricas. En 1836 se fundó la Asociación Obrera de Londres, que inició una lucha llamada cartismo, realizando peticiones al gobierno que fueron rechazadas.

Actualmente se ha puesto en boga el término ludista, designando a quienes se oponen al gran crecimiento tecnológico, acusado de deshumanizar a la población, contaminar el ambiente y alejarnos de la vida natural.


Fuentes:
“La cólera de Ludd”, Julius van Daal, 2015
“Luditas, la gran rebelión contra las máquinas”, Ferrán Sánchez, 2017.

“El ludismo”, www.laguia2000.com, 2017


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