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Secretos de la naturaleza: Desiertos "floridos"

Imagen: Guy Tal
Hablar de desierto, para muchos, es hacerlo de paisajes desolados marcados por la falta de vegetación, agua y vida. Sin embargo, en todos los desiertos del mundo, independientemente de su latitud, puede florecer en algún momento. Cuando lo hacen, un inusitado y mágico esplendor transforma las tierras baldías en un fecundo manto floral. Se trata de la ley del desierto más extraordinaria que conocemos.


La diversidad de los desiertos es muy grande. En los desiertos arenosos se les conoce por la palabra árabe erg , pero junto también están los altiplanos rocosos o hamadas. Hay desiertos tropicales, como el Kalahari o el mismo Sáhara, el más extenso de todos; desiertos de latitudes medias, con variaciones térmicas agobiantes, como el desierto del Gobi; desiertos costeros, como el de Namibia, en los que las lluvias quedan bloqueadas por la diferencia térmica entre el continente y el océano; sabanas abiertas del centro de Australia e incluso existen los desiertos fríos del Ártico, la Patagonia y la Antártida. Todos se definen por la escasez de lluvias (típicamente menos de 250 mm anuales) o por períodos muy largos de sequía, pero no es cierto que sean lugares desprovistos de vida. En realidad, algunos desiertos como los del suroeste americano o el interior de México, tienen una vegetación dominada por cactus y yucas, que supone una importante biomasa en comparación con otros tipos de desierto. Pero en todos los casos, el desierto es un lugar donde la vida sólo es apta para los especialistas.

Desierto de Atacama (Chile)

En general, las precipitaciones suelen ser estivales o invernales y esos momentos de bonanza son aprovechados por las plantas que allí viven para florecer de manera sincronizada, ofreciendo un espectáculo inesperado. De todas las floraciones de desiertos la más famosa es el llamado desierto florido, que se produce en uno de los lugares más secos del planeta, el desierto de Atacama, en Chile. Lo que allí ocurre es único por su intensidad y se produce una vez en un periodo de entre 15 y 40 años. Sin embargo, en los últimos años se ha producido con más frecuencia, así que muchos lo relacionan con el fenómeno atmosférico de El Niño y el calentamiento de las corrientes marinas, que genera más cantidad de lluvias capaces de hacer germinar semillas y brotar los bulbos que se encuentran en estado de latencia durante años. Si las condiciones meteorológicas son propicias, unas 200 especies de plantas florecen, aunque sólo por unos días, dando un espectáculo breve y único que afortunadamente las cámaras pueden captar.

Pero más allá de este florecer espontáneo y mágico de los desiertos, cultivar en estos parajes no es sólo una utopía que los científicos ansían conseguir sino que es una necesidad a la que muchos pueblos cercanos a los desiertos se enfrentan cada día. No hay que olvidar que los recursos hídricos disminuyen, que los suelos se hacen más áridos y que, de una u otra forma, dos tercios de la Tierra están condenados a convertirse en desierto si las cosas no cambian. La situación crítica de los recursos del planeta hace prever que saber aprovechar con mucha conciencia las tierras secas es una garantía de futuro y de vida. Si aprendemos a cultivar en los desiertos los suelos se volverían cada vez más fértiles y asequibles para nosotros, se mitigarán los efectos del calentamiento global y se reducirá la erosión. Los avances en este sentido son indispensables para favorecer a las comunidades locales y garantizar su desarrollo para frenar el éxodo a las grandes ciudades que tienen sus recursos bajo mínimos. Tal como explicó el biólogo y filósofo japonés Masanobu Fukuoka, padre de la agricultura natural, el desierto puede ofrecer los recursos necesarios si se siguen unos métodos agrícolas sencillos y lógicos.

Badlands, en Dakotadel Sur (EE.UU.)


A lo largo de los siglos las comunidades han sabido sacar partido, de una u otra manera, de lo que el desierto podía ofrecerles. Muchos pueblos con condiciones de aridez poco aptas para la agricultura han sido capaces de evolucionar adaptándose a sus circunstancias. Por ejemplo, los indios nativos del Desierto de Sonora (frontera natural entre EEUU y México) basan su agricultura desde hace siglos en un sistema natural de riego que aprovecha las inundaciones estacionales y las laderas para los cultivos. Muy cerca de allí, en el Valle de Salt River (Arizona), los primeros pobladores crearon hace quince siglos un sistema de canalización de riego basado en la rueda, que no usa metales, que a día de hoy es el ejemplo a seguir los ingenieros agrónomos que trabajan en la zona. Egipto y su sistema agrícola organizan en torno a las crecidas del Nilo es otro ejemplo de cómo establecer la agricultura cerca del desierto.

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