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MAKEDA y el reino de Saba

La reina de Saba en el interior de un templo rodeado de agua. Miniatura de un manuscrito etíope datado en el siglo XVII.
La reina de Etiopía. LA FIGURA de la reina de Saba, y la certeza de la veracidad histórica de su visita a Salomón ocupan un lugar importante en la identidad etíope que incluso la primera constitución de Etiopía, promulgada en 1931, declaraba este principio en su artículo 3, donde se decía los siguiente: “QUEDA ESTABLECIDO por la ley que la dignidad imperial pertenezca exclusivamente a la línea de Khayle Sellasi I, nacido de la estirpe del rey Sahla Sellasi, descendiente de la dinastía de Menelik I, nacido a su vez del rey Salomón de Jerusalén y de la reina de Etiopía, llamada reina de Saba”. Este artículo se repitió de modo literal en la constitución promulgada por el negus (título de los reyes etíopes) en 1955, que permaneció en vigor hasta el derrocamiento de la monarquía tras la revolución de 1974.


Conocemos a la reina de Saba gracias a la Biblia hebrea. En el Primer Libro de Reyes y en el Libro Segundo de Crónicas se explica sucintamente que la reina viajó a Jerusalén con productos exóticos de Arabia, camellos, especias, oro y piedras preciosas, con el objetivo de encontrarse con el sabio rey Salomón. Gracias al relato bíblico, la visita de la reina de Saba a Jerusalén acabó convirtiéndose en uno de los más imaginativos y fértiles ciclos de leyendas y cuentos de Oriente. 
Una capital modesta. La parte contorneada de la imagen indica la extensión de Jerusalén en tiempos de David, padre de Salomón
Al contrario de lo que ocurre con el reino de Saba, no hay pruebas arqueológicas incontestables ni testimonios epigráficos relacionados con el reino de Salomón. La única información procede de la Biblia que lo situaría en el siglo X a.C.

Tal es así, que los árabes, conocedores de los detalles de esa narración, la adaptaron y la incorporaron al mismo Corán. Aunque los más probable es que nunca se produjera el encuentro entre Salomón y la bella Reina del Sur, es muy verosímil que la Biblia se hiciera eco de la existencia y la fama del reino de Saba, del cual tenemos abundante información gracias a las inscripciones encontradas en el sur de Arabia, algunas de las cuales pueden remontarse al siglo VII a.C.

ESCRITURA SABEA. Junto a estas líneas, texto conmemorativo sabeo del siglo V a.C. El sabeo, como el hebreo, es una lengua semítica. Museo del Louvre, París.


Los sabeos dominaron buena parte del actual Yemen, permaneciendo durante largos períodos de tiempo a la cabeza de una coalición en la que participaban otros pueblos culturalmente semejantes a ellos, los Main, Qataban y Hadramaut.

MAKEDA y Etiopía
Fue en los altiplanos septentrionales del Cuerno de África donde la historia bíblica acabaría inspirando las leyendas fundacionales y las tradiciones literarias y folklóricas más ricas acerca de la relación entre Salomón y la reina de Saba. Allí, la identidad etíope se fue formando gracias a tres elementos. El primero fue el cristianismo, que se había convertido en la religión del reino de Aksum (origen de la actual Etiopía) a mediados del siglo IV d.C. Poco después, esta religión incorporó elementos de origen judío y se desarrolló de forma autóctona y original. El segundo rasgo fue su origen semítico que probablemente procedía de su estrecha relación con el Yemen y, más concretamente, con el reino de Saba. Por último, la relación de Etiopía con la reina de Saba permitió que su dinastía quedara legitimada y santificada gracias a los relatos sagrados de la Biblia. De hecho, la relación entre la reina de Saba con Etiopía debía ser muy antigua, pues ya el historiador Flavio Josefo (siglo I d.C.) se refiere a ella.

Ruinas de Marib situada al sur de la actual ciudad del mismo nombre, construida sobre el emplazamiento más antiguo de la capital de Saba.

El desarrollo de la leyenda aparece en el Kebra Nagast o Libro de la Gloria de los reyes de Etiopía (siglo XIII), donde la Reina del Sur (como se la menciona en los evangelios de Mateo 12,42 y Lucas 11,31, se la identifica con la reina de Etiopía. Makeda supo un día por un súbdito comerciante llamado Tamrin que existía un reino gobernado por Salomón, que destacaba en el mundo por su riqueza y sabiduría. Movida por la curiosidad, la reina Makeda viajó a Jerusalén donde quedó admirada por la justicia y sabiduría del monarca bíblico. Mediante una treta, Salomón, prendado de la reina, obliga a Makeda a quedarse en Jerusalén para yacer con ella. De esa unión, nació un niño llamado Bayna Lehkem, que fue reconocido por su padre. Los sacerdotes de Jerusalén lo consagraron con el nombre de David y le permitieron volver a Etiopía como rey, llevándose consigo el Arca de la Alianza.


El reino de Saba
La primera mención del reino de Saba data del siglo VIII a.C. y procede de fuentes asirias. En ellas se nos describe un pueblo comerciante “cuyo hogar está lejos” y que consigue su riqueza gracias a la exportación de especias e incienso. Sabemos, incluso, que los sabeos emprendieron alguna misión diplomática y comercial llevando embajadores y regalos a la corte asiria. Desde esta perspectiva, es posible que la Biblia se hiciera eco de alguna visita oficial para establecer o fortalecer relaciones diplomáticas y comerciales, semejante a las que describen los textos asirios refiriéndose a enviados a las cortes de los reinos de Israel (entre los siglos IX-VIII a.C) y de Judá (IX y VI a.C.).


En las inscripciones sabeas más antiguas, escritas en árabe meridional con un tipo de alfabeto totalmente diferente del árabe clásico, se menciona a sus reyes, entre los que el poder se transmitía por vía materna.

Salomón y la reina de Saba. En el siglo XIX, el pintor francés James Tissot, autor de numerosas evocaciones de la Biblia, recreó de este modo el encuentro en Jerusalén entre Salomón y la reina del sur de Arabia.
La capital del reino era la importante ciudad de Maryab, a la que los árabes llamarían más tarde Maarib, situada en un fértil oasis al borde del desierto. El primer florecimiento de la cultura sabea duró hasta aproximadamente la mitad del I milenio a.C., momento en que el dominio de las rutas comerciales de incienso pasó a manos de otros pueblos del sur de Arabia. De esa época hay evidencias que demuestran que los sabeos mantuvieron colonias comerciales en el Cuerno de África, en el área que luego se convertiría en Etiopía, mezclándose con las poblaciones locales.

Más tarde, mil años después de Salomón, entre los siglos I y III d.C., Saba volvió a ocupar un lugar preeminente en el panorama político y económico del sur de Arabia. Durante ese período sus soberanos mantuvieron la capital en Zafar y ostentaron el título de reyes “de Saba y de Raydan, de Hadramaut y de Yemen”, para demostrar que gobernaban sobre diferentes pueblos del sur de Arabia.

El Templo construido por Salomón en Jerusalén, o primer templo, en una recreación obra de Balogh Balage, siglo XX.

La prosperidad de Saba descansó en su maestría en aprovechar sus recursos hidráulicos y en su dominio de las rutas comerciales del incienso y las especias. Su colapso llegó con la destrucción de la presa de Maarib en el siglo VI d.C. Unas décadas más tarde, la conquista musulmana terminó por oscurecer el glorioso legado de los sabeos.


El recuerdo de su antiguo esplendor y de la reina de Saba perduró en la leyenda a través de la narración bíblica recogida en el Primer Libro de Reyes.

Estela funeraria Sabea con la imagen de un hombre arando. Siglos I-III d.C. Louvre, París.

Para saber más:
- Más allá de la Biblia. Historia antigua de Israel. Mario Liverani, Crítica Ed., Barcelona 2003.
- La Biblia desenterrada. Israel Finkelstein, Neil Asher Silberman, Siglo XXI, Madrid 2003.
- Kebra-nagast, la Biblia secreta del rastafari. L. Mazzoni (trad.). Corona Borealis, Málaga 2010.

- MAKEDA. La fabulosa historia de la reina de Saba. Jakoub Adol Mar, Edaf 2002.

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