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El Judío Errante

EL JUDÍO ERRANTE. Esta litografía ilustra el episodio dedicado a este personaje en la obra de José Coroleu, Las supersticiones de la humanidad, editada en 1881.
En el siglo XVI se difundió la leyenda de un judío que vagaba desde hacía siglos para expiar su participación en la Pasión de Cristo.

El punto de partida de la historia se encuentra en el Evangelio de Juan, en el que se menciona a ciertos personajes que al presenciar el suplicio de Jesús le negaron la ayuda o le mostraron desprecio. En otro pasaje, también se alude a Malco, criado del sumo sacerdote de Jerusalén, que participó en la detención del Mesías en el huerto de los Olivos.



El judío errante es un mito del cristianismo, una leyenda que relata que durante el penoso camino a la crucifixión con su Cruz a cuestas, bajo los latigazos de los soldados romanos, entre los abucheos de la gente, Jesús siente sed y se detiene ante un abrevadero. Un viejo judío le niega el agua, le da un empujón y le dice que siga andando. "Yo seguiré", le contesta Jesús, "pero tú esperarás hasta que yo regrese", y continúa su marcha hacia el Gólgota. 


A partir de estas referencias, en torno a 1228, el benedictino inglés Mateo París escribió una primera versión de la leyenda. Su protagonista era un tal Cartáfilo quien supuestamente golpeó a Jesús en su camino al Gólgota. Jesús le miró severamente y le advirtió que caminaría sin descanso hasta el día del Juicio Final. Tras la muerte de Jesús, Cartáfilo se convertiría al cristianismo, tomó el nombre de José, y se lanzó a un eterno vagar.

Desde el siglo XIII, varios relatos semejantes se propagaron por Italia, aunque cambiando el nombre del condenado. En cambio, a partir del siglo XVI, la leyenda insistió en presentar al personaje errante como un judío. Esta nueva identidad surgió ligada a un movimiento antisemita. Los judíos fueron considerados los causantes de las desgracias durante las crisis de hambre y epidemias del siglo XIV.

La desconfianza y sospecha condujeron a la aparición de guetos en las grandes ciudades italianas de Venecia y Roma, donde los judíos eran expulsados u obligados a la conversión forzosa en la mayoría de los reinos europeos, entre ellos España, en 1492. El propio adjetivo “errante” usual desde finales del siglo XVII, subraya el paralelismo entre el protagonista de la leyenda y la experiencia de los judíos de la época, condenados a trasladarse de un país a otro.


TENGO 1.800 AÑOS. EN EL SIGLO XIX aún se publicaban coplas y hojas volantes con grabados del judío errante que contaban su historia. En esta de la izquierda, el judío errante explicaba: “Tengo 1.800 años; tenía doce cuan do nació Jesucristo [...] Cielos, qué penosa es mi ronda. Doy la vuelta al mundo por quinta vez; todos van muriendo, y yo sigo con vida”. Luego confiesa el pecado que cometió al maltratar a Cristo en la Cruz.


Apariciones
Durante el siglo XVI empezó a hablarse de un personaje llamado Ahasvero que podía aparecer en cualquier lugar y momento, y que era en realidad un judío que había sobrevivido desde la época de Jesucristo. Los escasos peregrinos europeos que se aventuraban por esos años en Palestina y Jerusalén hallaban siempre de un modo u otro al misterioso testigo de la Pasión.

En Europa se sucedieron las apariciones de este personaje. En 1604 fue reconocido en Francia por dos jóvenes gascones. En este caso, se trataba de un zapatero cuya leyenda se acompañó de un cuarteto célebre que presuntamente recitaba el viajero: “Cuando yo contemplo el universo,/ creo que Dios me hace servir de ejemplo,/ para testimoniar su muerte y pasión,/ en la espera de la Resurrección”. En 1774 hubo una nueva aparición ante dos burgueses de Brabante, a los que se presentó como Isaac Laquedem.

En Hamburgo 1542, el obispo de Schleswig, Von Eitzen, afirmó que Ahasvero fue visto por centenares de personas y que comunicó sombríos detalles sobre los padecimientos de Jesús y las iniquidades cometidas por Judas Iscariote. Un texto lo presentaba así: “Escuchaba el sermón con una devoción extraordinaria, con una atención insólita que sólo interrumpía cuando el predicador nombraba a Jesucristo. Entonces, el personaje se inclinaba, se golpeaba el pecho y suspiraba con fuerza [...] Era un hombre taciturno y reservado, de conversación piadosa, pero que no hablaba si no se le dirigía la palabra. Empleaba siempre la lengua del país en el que se encontraba, comía y bebía poco y jamás se le vio reír. Si se le ofrecía dinero, no tomaba sino dos o tres sueldos que entregaba de inmediato a los pobres. Muchas gentes de varios países fueron a Hamburgo para verlo, y expresaron diversas opiniones. La más común era que a todos les parecía tener un aire familiar, como de un conocido de antaño”.

En una novela, los descendientes del judío luchan contra los jesuítas que quieren robarles sus riquezas. En la imagen UN JESUÍTA MUESTRA UN MAPA DEL MUNDO. EDICIÓN DE EL JUDÍO ERRANTE, DE E. SUE.. 

En el siglo XIX, el mito cobró nueva vida gracias al éxito alcanzado en Francia por la novela de Eugène Sue El judío errante (1845), donde imaginaba al personaje transmitiendo el cólera durante sus interminables viajes a lo largo de los siglos. La obra añadía la intriga de una familia francesa descendiente de la hermana del judío errante, obligada a emigrar a Francia a finales del siglo XVII a causa de su credo protestante.

La novela  narra los episodios de una familia francesa de rancio abolengo y religión protestante descendientes de aquel judío errante. Ciento cincuenta años después solo quedan siete descendientes, únicos herederos de un cuantioso legado: para poder recibirlo, cada uno de ellos debe poseer una medalla de bronce con un par de inscripciones que indican la fecha y el lugar en el que estas siete personas deben reunirse. La Compañía de Jesús, que desea apoderarse de esta herencia, utilizará distintos medios, sutiles y violentos, para intentar eliminar a todos los herederos legítimos (excepto al misionero) e impedir que estén en París en la fecha indicada.


Este folletín, ofrecía una imagen favorable de los judíos, pero fue plagiado y adaptado en otros relatos y monografías posteriores que, en cambio, tomaron un sesgo antisemita. Partes del libro se incorporaron al libelo Los protocolos de los sabios de Sión (1902), en el que el discurso anticlerical se transformaba en un alegato racista contra los judíos y alentaba los pogromos en la Europa oriental.

EL MITO VISTO POR DORÉ. EN 1856, Gustave Doré realizó doce magníficos grabados que ilustraban la leyenda del judío errante. En el que se muestra junto a estas líneas, el judío, vestido con harapos, con un bastón en una mano y una bolsa en la otra, atraviesa un cementerio cristiano. Sobre el cielo crepuscular el artista ha representado el ascenso de Cristo al Gólgota, con la Cruz a cuestas. La sombra del judío proyecta la misma escena, como manifestación del pecado que cometió durante la Pasión de Cristo y de la culpa que lo persigue desde entonces.

Grabado de Gustave Doré sobre el judío errante


Fuentes: “Historia del judío errante”, Jean dÒrmesson, Planeta 1992; “El judío errante”, Eugéne Sue, Akal, 2007.



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